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  Año Nuevo

  En Brasil, millones se prepararon para ir saludar a las diosas de las aguas. Yemanja, diosa suprema de los océanos y mares. La otra, madre de las aguas dulces, se llama Yará y viene del tupí.

Viernes 4 de enero de 2008

Estoy en un pueblito a cien kilómetros de Brasilia. Su nombre es Cristalina. En los viejos tiempos, uno escarbaba en la tierra y encontraba cristales al por mayor, además de centenares de piedras semipreciosas. Durante casi dos siglos el pueblo vivió de esto; hoy lo hace de las inmensas plantaciones de soya. Yo vine aquí con mi madre para visitar a su hermana, mi tía Eva, que ahora tiene 86 años de edad.

Ellas emigraron juntas hace sesenta años y cada vez que leo la palabra hermanas, ellas dos surgen de inmediato en mi cabeza. Se aman, se respetan y también discuten pero jamás han dejado de quererse y de apoyarse. Han sido dos mujeres importantes en mi vida. Paso las fiestas de fin de año con ellas.

Mas una vez, ese invento tan necesario para ponernos en un espacio tiempo llamado horas le da, a todo el planeta, la luminosa sensación de poder reconstruirnos, aunque en la realidad nada cambie. En Brasil, millones de personas se prepararon para ir saludar a las diosas de las aguas. La primera, Yemanja, la diosa suprema de los océanos y mares; 74% del agua del planeta, es voluptuosa y seductora. Llegó a Brasil acompañando a los esclavos africanos y es la mujer del panteón de los dioses Yorubá. La otra, madre de las aguas dulces, 1% del líquido del planeta, se llama Yará y viene del tupí. Ella es parte del panteón indígena brasileño. Es seductora, dulce y emotiva.

Estas diosas son la representación más pura de la brasilidad, encargadas de limpiar nuestras fallas, de representar nuestras esperanzas, y eso no deja de tener sentido: ellas comandan el agua, el elemento vital para la vida; además, nos llevan inconscientemente a nuestro mundo primero, al útero materno, al lugar seguro, abrigador, nutriente y amado. Así, sin rebuscamientos lógicos, el pueblo busca encantar su vida cotidiana. En una hora mágica, la media noche, iluminamos, según las diferencias de horario, nuestros miedos y fantasmas y llenamos de energía positiva nuestro planeta. Una hora en la cual deseamos a nosotros y a los demás puros buenos deseos. ¿Será, en esta precisa hora, más luminoso el planeta visto desde lejos?

Pero pasado el momento mágico, el tiempo y el espacio siguen iguales. En algunos la soledad pesará más, en otros menos. El cansancio del día siguiente será igual para todos los que se ultrapasen de sus límites. Algunos dejarán este mundo, otros llegarán. Amores renacerán, otros terminarán. Los que sufren seguirán sufriendo y los que no ni siquiera se darán cuenta de su bendición. Miles, millones, volcarán sus energías a creer que serán más felices en los siguientes 366 días venideros. Porque miles, millones, saben que la vida se construye paso a paso, hora a hora, con avances y retrocesos, con dolores y alegrías, con esfuerzo y dedicación.

A todos yo deseo que 2008 sea el inicio de una etapa de reflexión sobre uno de los bienes más escasos y poco valorados del planeta: el agua. Este 1% que es la fuente de la vida de todos nosotros. Sin ella no habrá muchos años nuevos más para celebrar.

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