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  El Llaima, el cotillón y Jota Eme

  En el país real, la gente sigue desfilando ante la urna del periodista que la hizo lloriquear mientras pagaba letras de la casita propia y guardaba unas monedas para brindar.

Viernes 4 de enero de 2008

El año entró con los alardes histriónicos del Llaima, anunciando la partida de Julito Martínez, un episodio que los vulcanólogos aún no han descifrado en toda su dimensión. No se trataba de erupciones de lavas, sino de los magmas que este periodista autodidacta había ido urdiendo en las capas tectónicas de una sociedad que adora a la gente sencilla, normal, defectuosa y residente del lugar común. Esas explosiones del Llaima, según me han contado, eran el pistoletazo de salida para el viaje de un tipo excepcional por común, un pelado entrañable que caló hasta el tuétano de una sociedad errática y huérfana de amores incondicionales.

En Santiago las cosas del nuevo año iban por otro lado, obvio. Durante la noche del 31 al primero hubo apagones en 28 comunas y medio mundo pasó las doce a oscuras, porque el gentío tiene copete encaletado, pero no tiene preparadas las velas para esa hora. Lo más chileno del Año Nuevo no fue la muerte de Julio Martínez, que entra en el limbo de lo intemporal, sino la explicación científica de Chilectra sobre la causa del apagón. Es culpa del cotillón. La gente sopla y los tendidos eléctricos colapsan "por recalentamiento", dijo uno de sus emisarios. Ahí hay una noticia para hincarle el diente. Y que no la escuchen en el Pentágono. La empresa se defiende porque hay recalentados que la sindican; uno de ellos, una abuela que perdió toda la carga de su frigidaire por el apagón, se quejaba desolada. El pavo y las pantrucas del primero escurridos en el deshielo. Entonces, el año entra en el Chile límbico de una.

Ante las preguntas periodísticas, un par de ejemplares de las relaciones públicas de la compañía europea explica, científicamente, mirando a los ojos de la cámara, que la culpa es del cotillón: imposible que Chilectra sea responsable si la gente, loca y terrorista, embriagada de abrazos y burbujas, lanza papelitos picados al cielo para celebrar. Y así colapsa la red. Debe ser el razonamiento más chanta en lo que va del año inaugurado recién y pone el listón muy alto. Me imagino si tuviéramos una emergencia, si el Llaima estuviera a 5 mil metros de Plaza Italia y empezara a tronar. Estos mutantes huirían despavoridos hacia su confortable manual de relaciones públicas, y la gente sin velas. Lo positivo -una evolución sustancial- fue que Chilectra no culpó al Transantiago de su rendición ante el peligroso ejército cotillonero. Si el vocero de la compañía fuera el diputado Monckeberg, la culpa sería entonces del Gobierno y él estaría a la cabeza de la cruzada para interpelarlo, como volcán lleno de lava maldita, aturdido por sus minutitos de fama.

En el país límbico, el Llaima suelta sus truenos para saludar al hombre sencillo que se va de viaje, Chilectra culpa al cotillón de Año Nuevo de sus apagones y el vocero de turno en la derecha -¿cuántos se han inmolado gracias a ese lenguaje mezquino?- muere de amargura estéril. En el país real, la gente sigue desfilando ante la urna del periodista que la hizo lloriquear mientras pagaba letras de la casita propia y guardaba unas monedas para brindar. Jota Eme recorría la geografía con su discurso sincero, amoroso y cursi, como el corazón de esta tribu.

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