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  ¿Cuestión de estilo o de poderes?

  ¿Cuestión de estilo o de poderes?

Domingo 6 de enero de 2008

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Si la política fuera una actividad regida sólo o preferentemente por la "racionalidad pura" y, por ende, precedida siempre por la reflexión desapasionada, entonces la renuncia del ministro Belisario Velasco no tendría mucha más importancia que la que se le asigna a un acto imprevisto ni más consecuencias que el aceleramiento de decisiones que de todas maneras se iban a adoptar.

Pero ni la política ni ninguna actividad humana se ciñe estricta y principalmente a esas encomiables y aburridas normas. Todas las actividades humanas están inmersas en un sinfín de emociones y relaciones, las cuales, a su vez, se manifiestan a través de formas y ritos comunicativos.

La renuncia del ministro debe ser pensada en ese contexto para apreciar que sí es un hecho trascendente y de secuelas relevantes.

Es un acto de envergadura, antes que todo, porque, probablemente de los varios que ha recibido , ha sido el gesto más lesivo a la autoridad de la Mandataria, habida cuenta que proviene de un fiel adherente a la Concertación y de un abnegado funcionario de su Gobierno. A lo que habría que sumarle que, siendo Belisario Velasco quien es, no cabe duda que recurrió a ese gesto con la predisposición de hacerle ver sus debilidades en cuanto a poder.

Y una segunda cuestión de trascendencia radica en el mensaje implícito (o quizás no tan implícito) que encierra la renuncia intempestiva: en personalidades de la Concertación hay cierta dosis de cansancio con el estilo presidencial de toma de decisiones y con el tratamiento que la Presidenta le da a la institucionalidad intra Gobierno. Un cierto cansancio que, como en este caso, puede llegar al hastío.

Desprolijidades, informalidades, desatención a las jerarquías, improvisaciones, despreocupación por el respeto personal, etc., son algunas de las supuestas prácticas de la Presidenta que devinieron en razones acumuladas por Belisario Velasco y que lo condujeron a resolver el abandono del ministerio.

Muchas de estas razones han sido narradas o trascendidas por los medios de comunicación. En consecuencia, pudieran ponerse en duda. Sin embargo, están amparadas en versiones de pasillo por un buen número de funcionarios jerárquicos y dirigentes políticos. Pero, sobre todo, resultan creíbles a la luz de muchos datos de la realidad observable y que denotan un estilo presidencial como el descrito.

La Presidenta nunca ha ocultado su interés por imponer no sólo su propio estilo, sino también un "nuevo" estilo de gobernar. Tal vez ese cambio incluya una mayor espontaneidad, grados de irreverencia con los rituales de la política, más soltura en los vínculos entre autoridades, disposición superior a la experimentación, etc.

El problema no estriba en el cambio de estilo en sí. Estriba en que lo característico del estilo es lo errático y, en momentos, lo contradictorio. A veces lo que opera es un riguroso tradicionalismo e, incluso, un refugio conservador en el presidencialismo. Eso desorienta a cualquiera.

Pero la verdad es que tras los debates sobre el estilo, lo que se encuentra es un inconformismo y hasta una rebeldía con situaciones de poder que se han gestado aprovechando la idea del estilo presidencial.

Lo desaprensivo en la personalidad de la Presidenta ha posibilitado el despliegue de un poder palaciego y ministerial de dudosa calidad y legitimidad política y que, no obstante, merced a la informalidad o fragilidad de los sistemas de toma de decisiones estatuidos, se ha ido concentrando en un pequeño grupo que ha hecho de la política una conspiración versallesca, pero a la manera de los sans-culotes.

En momentos, la Presidenta es víctima de ese grupo de poder. Pero es ella, a su vez, la responsable de su existencia.

Si ese estado de cosas persiste, la Presidenta marcha hacia el aislamiento político. Es difícil que los entes y las personalidades políticas gravitantes acepten un juego de poderes de la naturaleza señalada.

El affaire Belisario Velasco debería servir para sincerar un conflicto de estilos de Gobierno: uno que se basa en la trilogía Gobierno-partidos-parlamentarios y otro que supone que el poder "moderno" requiere de la trilogía Presidenta-televisión-masa. LND

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