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  La peste

  La peste

  En cuanto a las relaciones entre Beijing y las capitales africanas, la famosa cooperación tiene mucho de colonialismo. No hay latigazos como en la época de ingleses, belgas, franceses o portugueses, pero las poblaciones locales ven cómo los nuevos extranjeros llegan a imponer su ley.

Domingo 6 de enero de 2008

En los suburbios de Argel, un grupo de obreros cesantes observa en silencio cómo se construye a gran velocidad un hospital. La apatía de sus miradas no es escepticismo o desaprobación a las obras de infraestructura emprendidas por el Presidente Bouteflika. Es malestar. Los obreros que construyen son chinos. Y son muchos. El asunto es simple. Las empresas Made in China se lanzaron al asalto del mercado africano ofreciendo, llave en mano, hospitales, represas, puentes o lo que usted quiera imaginar. Todo a bajo costo, incluida la mano de obra.

Lo triste es que las condiciones laborales de los cien mil obreros chinos que pululan por África son tan deplorables como en su propio país, comunista con manías capitalistas.

Los asiáticos desembarcan de vuelos chárter y son trasladados a los campamentos hechos especialmente para ellos. Durante toda su estadía viven aislados del resto de la población. Duermen y comen en sus carpas, y raramente salen a pasear por las ciudades que los acogen transitoriamente.

En muchos casos, el dormitorio ni siquiera merece ese nombre, porque no es otra cosa que un cuchitril de 14 metros cuadrados, con camarotes de fortuna, donde se alojan cuatro y hasta seis obreros. Algunas cortinas del tipo tela de cebolla sirven para separar las camas, con el fallido objetivo de resguardar algo de intimidad.

Los africanos no tienen mano de obra cualificada y el Gobierno chino, que debe contener el desasosiego de los olvidados por el crecimiento económico, encuentra allí una excelente oportunidad para exportar sus obreros. Además de precios bajos, los chinos ofrecen la posibilidad de trueque: los africanos cancelan con petróleo, madera o minerales.

En cuanto a las relaciones que se tejen entre Beijing y las capitales africanas, la famosa cooperación tiene mucho de colonialismo. No hay latigazos como en la época de ingleses, belgas, franceses o portugueses, pero las poblaciones locales ven cómo los nuevos extranjeros llegan a imponer su ley. Hagamos una concesión sería más exacto hablar de neocolonialismo.

Hasta ahora los chinos han logrado zafar de la ira de los desempleados africanos. Para ellos, sus propios gobiernos son los auténticos responsables de esta discriminación laboral.

Por otra parte, los gobernantes africanos no tienen muchas posibilidades de elegir. El intercambio desigual, las guerras para modificar las fronteras heredadas del colonialismo, las fronteras, las luchas tribales, la hambruna y la sequía, han frustrado durante varias décadas el crecimiento económico. Y la ayuda internacional también ha sido dilapidada por funcionarios y empresarios corruptos. Todas esas plagas han sido determinantes en el retraso gigantesco que ha tomado el continente en términos de infraestructura. Y por eso, algunos aceptan que se extienda lo que denominan en voz baja la peste amarilla. LND

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