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  Bush y el fundamentalismo islámico

  Bush y el fundamentalismo islámico

Domingo 6 de enero de 2008

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Formalmente, Estados Unidos no participa en acciones bélicas en Pakistán. Pero, en los hechos, está comprometido en una serie de operaciones militares encubiertas. Fuerzas especiales y aviones no tripulados vulneran con regularidad la frontera desde sus bases en Afganistán. Los estrategas occidentales saben que no sólo no es posible una victoria, sino que en territorio afgano incluso una derrota puede acecharles. La Organización del Tratado del Atlántico Norte (OTAN), que inició el envío de tropas en junio de 2006, ha desplegado unos 46 mil efectivos en dicho país. Es una cantidad pequeña si se tiene en cuenta que los soviéticos desplegaron más de 300 mil soldados luego de su invasión en 1979. Una década más tarde, un abatido Ejército Rojo se replegaba, dejando tras de sí al menos 12 mil de sus uniformados bajo tierra.

En la actualidad, el objetivo de las fuerzas de la OTAN es neutralizar a unos seis mil insurgentes talibanes. Esta agrupación fundamentalista fue depuesta del Gobierno en 2001, luego del ataque de Estados Unidos en combinación con los afganos de la Alianza del Norte. Washington sabe por experiencia propia que es imposible vencer a los talibanes a menos que consiga sellar la frontera con Pakistán. Mientras los insurgentes tengan un santuario para reclutar y entrenar nuevos cuadros en el vecino país, experimentarán dificultades similares a las de los soviéticos hace dos décadas. El ejército paquistaní, por su parte, ha mantenido desplegados unos 80 mil hombres a lo largo de la montañosa y escarpada línea fronteriza. Incluso en las circunstancias más auspiciosas, es difícil controlar los vastos territorios que por siglos han estado bajo el control de los clanes locales. Pero las condiciones son adversas, puesto que el Ejército paquistaní cuenta con numerosos efectivos que se sienten más próximos a los talibanes que al Gobierno de Pervez Musharraf. Las deserciones son frecuentes y las órdenes a menudo son acatadas sin celo alguno.

La reciente admisión de que se aprecia "un crecimiento explosivo" de la producción de opio en Afganistán es reveladora sobre quién ejerce el control efectivo del país. El reconocimiento del avance de los cultivos de adormidera corresponde al general estadounidense Dan McNeill, comandante de las fuerzas de la OTAN en el país asiático. Los militares norteamericanos saben que el opio y su derivado, la heroína, equivale a plata en la cuenta para los talibanes. De esta fuente proviene el dinero con el que compran sus armas. Las estadísticas son elocuentes: el año que acaba de concluir mostró un aumento de 32% en relación al precedente. Afganistán es responsable del 94% de la producción mundial de amapola. Ello equivale a un valor estimado de exportación de cuatro mil millones de dólares. Los talibanes devengan del orden del 40% de sus ingresos de la droga.

Luego de los atentados contra las Torres Gemelas, el 11 de septiembre de 2001, el Presidente George W. Bush inició lo que denominó la "guerra contra el terrorismo internacional". Los resultados, en una vasta región que va desde el Mediterráneo al océano Índico, han sido adversos a los afanes de establecer democracias estables y erradicar a los fundamentalistas seguidores de Osama bin Laden. Una enorme franja en la que habitan cientos de millones de personas que atraviesa desde el interior de Turquía, el Líbano y la Franja de Gaza, bañadas por las cálidas aguas del Mediterráneo, pasa por Cisjordania hasta llegar a Irak e Irán, para finalmente desembocar en Pakistán se ha visto convulsionada. El Medio Oriente es hoy una región más violenta y distante de soluciones pacíficas que cuando Bush inició sus intervenciones. Su visita a la región, que comienza el miércoles, será más protocolar que sustantiva. El fundamentalismo islámico fue alentado por la invasión de 2003 a Irak, un país donde Al Qaeda ni siquiera existía pero en el cual inició desde entonces sus operaciones. La confrontación con Irán permanece en compás de espera con, en buena hora, una baja de la tensión militar. Aunque la probabilidad de un ataque militar contra Teherán sigue vigente, hoy aparece menos inminente. Pero el asesinato de Benazir Bhutto y la creciente desestabilización de Pakistán agudizan la incertidumbre en el mundo islámico. Así se reducen las opciones de Estados Unidos, cuyo discurso político a favor de la democracia pierde credibilidad. Washington está obligado a respaldar a los protagonistas que sirven a sus intereses, como Musharraf o la monarquía saudita, que nada tienen de democráticos. El recurso a la fuerza militar en ausencia de un plan político ha debilitado a la OTAN y, por cierto, en primer lugar a Estados Unidos en esta crítica región, que va de Turquía a Pakistán, que alberga 60% de las reservas petroleras mundiales. LND

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