
Viernes 11 de enero de 2008
Los pitonisos del periodismo político, siempre mejor informados que sus propios colegas y que el resto de los mortales, dedicaron las páginas dominicales a informar quién sí y quién no iba a ser parte del nuevo gabinete. Hubo, incluso, algunos que atinaron, pero muchos expertos perdieron esta apuesta, como suele suceder con los tahúres. Apuestan porque creen llevar cartas marcadas, aunque en un mundo de trampas y envites no es fácil tener los dados buenos. Se trata de gente que sabe lo que pasa en reuniones secretas y privadas y que tiene "fuentes" en todos lados, hasta dentro de los floreros que adornan las mesas de esas citas secretas.
Naturalmente, nunca pueden revelar sus fuentes, porque sería traicionar a sus amistades bocazas, aunque sospechemos que a veces no existen tales fuentes, sino más bien operadores, otra fauna gregaria de la política, interesados en poner en la agenda a sus jefes usando a sus amigotes periodistas, que los elevan a ministrables fijos, como bufones modernos de una corte vieja.
El paradigma de los periodistas políticos es Cristián Bofill, director de La Tercera, un periodista que revolucionó la información contando las claves secretas de cosas que saltan a la vista y enfrentamientos entre ministros que sólo ocurrían en su delicioso interés periodístico. Está claro que el verdadero y gigantesco mérito de Bofill ha sido desbancar a El Mercurio en la batalla por la vocería de la derecha dura con un diario disfrazado de pluralista, una hazaña por la que ya está instalado en la historia del periodismo mundial. Desde él en adelante todos los titulares son iguales y una desgracia sintáctica que compite con la desastrosa herencia mercurial. Todos son claves, secretos, trastiendas, informes especiales, revelaciones divinas, que normalmente se ofrecen sin firma, como objeto que los lectores deben consumir con tanta fe como la hostia de la misa dominical.
Los cortesanos de cualquier reyezuelo que los haya puesto en el cargo tratan de colar que el dato es tan duro que no pueden revelar la fuente, pero en realidad el dato muchas veces sale de la oficina de los editores como deseo de alterar un poquito la realidad, o de tapar otra que afecta su posición en la corte, no sea cosa que la realidad les destruya esa historia tan bonita que están contando, y así van construyendo listas de ministrables que les soplan sus operadores, descartando a Pérez Yoma para Interior porque ellos conocen algo que nadie más sabe.
Es la posmodernidad, la época en que la realidad la crean los medios, los lobbystas y los voceros, que vienen a ser lo mismo. Así, Lagos Weber comunicaba informalmente con estilo de feria artesanal, según el chiste de Yerko Puchento, y su Gobierno descendía tenazmente en las encuestas; Francisco Vidal comunica con tal veracidad que si llegas a dudar de su versión te puedes sentir mal y su Gobierno empezará a remontar en las mismas encuestas, porque el problema no era el Gobierno en sí, sino la forma de comunicar lo que hacía. El segundo tiempo lo jugarán titulares de la política y no ciudadanos bien intencionados pero advenedizos en los pasillos del poder, y, curiosamente, a pesar de los augurios del domingo pasado, Pérez Yoma es el nuevo ministro de Interior.