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  Kenia y los kikuyus

  Kenia no vivirá un genocidio como el experimentado por Ruanda. Pero la estela de sangre dejada por la burda maniobra de Kibaki lo inhabilita junto con sus colaboradores para ejercer el poder.

Viernes 11 de enero de 2008

La etnia de los kikuyus, la más importante de Kenia, era regida en sus comienzos por un matriarcado. Las mujeres disponían de las tierras y determinaban los cultivos. Los hombres aceptaban la preeminencia femenina porque les atribuían el secreto de la vida. Así como los árboles, por razones misteriosas, daban sus frutos cada año, de la misma forma las mujeres cada tanto, por motivos que ellos ignoraban, se hinchaban para más tarde dar a luz. Algún kikuyo con vocación empírica convenció al resto de los hombres de su tribu de fornicar en forma casi simultánea para después abstenerse y observar las consecuencias. Al cabo de los nueve meses fueron confirmadas las sospechas. Las féminas ya no eran las causantes únicas de la reproducción. Y ello les valió un largo sometimiento y un patriarcado que continúa hasta nuestros días.

La Kenia actual, con sus 37 millones de habitantes, es un rompecabezas del punto de vista étnico. Existe más de una treintena de grupos, aunque la mayoría se distribuye entre una decena. El más numeroso es el de los kikuyus, con casi ocho millones, o algo más de 20% de la población. Pero no sólo tienen mayor gravitación numérica, sino que como están situados en la región de Nairobi, la capital, ejercen el poder gubernamental y controlan buena parte de los negocios más rentables. Esta condición de privilegios les ha valido un creciente rechazo de otras etnias menos favorecidas. Como suele ocurrir, las odiosidades étnicas y los choques raciales tienen trasfondos económicos y, en la mayoría de los casos, expresan luchas por cómo se ejerce el poder.

Las elecciones celebradas el 27 de diciembre fueron la gota que rebasó el vaso. El Presidente Mwai Kibaki, un kikuyu, se proclamó vencedor en lo que constituyó un audaz golpe de mano. Fue, en realidad, un intento por tapar el sol con un dedo. Todas las encuestas daban favorito a su adversario Raila Odinga. En las elecciones parlamentarias, celebradas al mismo tiempo, los partidarios de Kibaki sufrieron un gran revés, lo que indica las preferencias del electorado. En definitiva todos los observadores internacionales coincidieron en que fueron alteradas las cifras finales de los cómputos. En esta oportunidad, Kibaki no pudo repetir lo que sus congéneres hicieron muchas generaciones antes al desposeer a las mujeres. Una explosión étnico social ha causado más de 600 muertes e incluso, según algunas estimaciones, las víctimas fatales pasan del millar. Cientos de miles de personas han huido de sus hogares y viven en las más precarias condiciones. La estrategia de Kibaki de pedir que primero se calmen las aguas para luego negociar con la oposición es poco sincera, porque ya ha nombrado un gabinete. Es claro que busca consolidar su poder a cambio de concesiones menores.

Kenia vive la suerte de tantas naciones africanas donde prevalecen las pugnas étnicas. Innumerables disputas por tierras y empleos escasos atizan las llamas del tribalismo. Es decir, una situación en que la primera lealtad no es al Estado nacional, sino que a los miembros de la tribu. Una suerte de nepotismo ampliado. Gobernar en estas condiciones exige no sólo respetar en forma escrupulosa las normas de convivencia. Es necesario además desplegar cuidados especiales para no vulnerar las sensibilidades de las diversas minorías. Por ese motivo cualquier solución duradera a la crisis keniana debe considerar la pronta salida de Kibaki del Gobierno. Kenia no vivirá un genocidio como el experimentado por Ruanda. Pero la estela de sangre dejada por la burda maniobra de Kibaki lo inhabilita junto con sus colaboradores para ejercer el poder.

 

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