
Viernes 11 de enero de 2008
Tengo fiebre y un poco de susto, porque existe un brote de fiebre amarilla en la región. Todos los que viven acá se vacunan cada diez años. Ahora hay una corrida a los puestos de prevención. En mi caso hace más de diez años que no he sido vacunada, por eso la medicina tardará diez días en inmunizarme. Entre la obediencia civil ejemplar y el miedo, voy mañana mismo a ponerme a la fila. Y en medio de este estado febril intento leer las noticias. Un diario publica un close up de la senadora Hillary Clinton con una carita de 80 años. ¿Importaría el acercamiento si fuera un hombre? El senador Barak Obama va de favorito. Me encanta él, pero el imperio no me parece confiable para un hombre negro y noble. Temo que acabe víctima de algún fanático, como tantos otros hombres buenos.
Por acá la cosa empezó movida. Todos asustados con una posible inflación, la que comparada a la de Chile no es tan terrible. Vamos juntos hacia el abismo, como todo en este mundo tan globalizado, donde no hay forma de estornudar sin incomodar al vecino. El Presidente y la oposición van a más de un round por el presupuesto. Todos van a atacar a todos en busca de apoyo para las elecciones estaduales que vienen. Como ven, nada nuevo en la viña del Señor. Lo nuevo y positivo es que, a diferencia de cuando recién empecé a vivir en Chile y acá todos se preocupaban únicamente de la situación política de nuestro terruño, hoy todos quieren ir a vivir allá. Compatriota que encuentro y sabe que vivo en Santiago exclama: me encanta Chile. Variaciones: Tan lindo el sur. Qué país más agradable. Qué gente tan educada. Qué ciudades tan limpias. Qué delicia de frutos del mar. Santiago, ah, los vinos y la nieve.
En fin, diferente de lo que comentan sobre Buenos Aires: linda ciudad, tan bueno para comprar, pero los porteños... En Chile, los brasileños encuentran cosas que les hacen sentirse cómodos, seguros, contentos, además de queridos. Pero hay más: lamentan la falta de infraestructura en turismo. Encuentran muy estrecha y arriesgada la subida a La Parva y el Colorado. No entienden por qué no hay más gente que hable portugués (no ven que somos regalones, digo yo) y mejor atención y difusión de puntos turísticos de Santiago. Encuentran que hay tanto que podría explorarse más y se emocionan con Valparaíso, la hermosa Viña del Mar y recién están entendiendo las maravillas del norte.
Muchos opinan que los chilenos son demasiado formales, contenidos y distantes, incluso yo, después de 33 años en el terruño, lo comparto. Es más, hasta ya me siento así, porque de brasileña, para los brasileños, ya no me queda mucho. Reconocen que son educados, informados y cultos, aunque resientan la espontaneidad que caracteriza a nuestro Brasil.
Lo bueno es que Chile es hoy el destino predilecto de los brasileños en América Latina. Tengo tal lista de invitados y autoinvitados que me parece adecuado ir pensando en abrir un hostal. Sobrinos, amigos, hijos de amigos, padre... en fin, todos quieren saber qué tiene Chile. Yo, misteriosa, sólo digo que vale la pena.