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  Réquiem por la privacidad

Viernes 11 de enero de 2008

Los humanos ya no tenemos secretos, ni intimidad, ni siquiera antes de nacer. Incluso en el vientre nos pueden ver, oír, filmar, examinar hasta el más mínimo movimiento. Este es sólo un preámbulo de lo que es el espionaje permanente que soportará el niño por el resto de su vida. En la época en que vivimos, cuando un niño nace ya se conoce su sexo, sus medidas y su peso. Desde antes del nacimiento se comienzan a acumular datos sobre cada persona. Y la cosa continúa, queda el registro de qué vacunas y cuándo se las pusieron, de todas las visitas y remedios que recibió desde su nacimiento, al igual que las calificaciones del colegio. Una vez que el niño llega a la adolescencia y su padre le regala una tarjeta de crédito u obtiene su primera licencia de conducir, o su primer trabajo, toda la información sobre sus actividades comienza a acumularse en toda clase de bases de datos gubernamentales y privadas.

Las centrales de datos manipulan su información, la compran, la venden o la canjean con compañías de crédito, bancos, seguros, hospitales, partidos políticos. Poco a poco esa persona se convierte en un número más, de quien se conoce todo. Dónde vive y trabaja, cuánto gana, cuántos impuestos paga y cómo, cuales son sus hábitos de compras, sus preferencias, dónde y cómo gasta su tiempo libre, cuánto gasta, por quién vota, a quién llama por teléfono, dónde come, cuál es su estado físico, por cuánto tiempo se espera que viva En fin, nada queda oculto. Ya nada es privado y no hay escapatoria. Así que ¡pórtense bien o aténganse a las consecuencias!

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