
Viernes 11 de enero de 2008
Por nada del mundo quisiera ser jurado. La idea de decidir sobre la inocencia o culpabilidad de alguien me enferma. Puede que venga de la última vez que ejercí de ello en un concurso de belleza. Ganó una moza esbelta que respondía al promedio de los gustos. Hubo revuelo, y cuando nos llevaban a un privado, al pasar por un pasillo ligeramente protegido por empleados de la sala, fuimos golpeados por los familiares de una de las concursante que había quedado finalista. Nos dieron con paraguas y con las manos en la cabeza, al punto de que nos sacaron por una puerta lateral donde nos esperaba un auto. Desde entonces no he querido saber nada más de esas colaboraciones.
Por eso, no entiendo cómo los concursos televisivos proporcionan tantos jurados (previo pago), que no tienen pudor en llegar a la humillación para imponer su criterio. Vale que todos los concursantes sean voluntarios y que la idea de salir en la tele para ganarse la vida sea tan loable como cualquier otra, pero de ahí a aceptar vejaciones, casi insultos y recibir en la cara una lluvia de despropósitos sin otra justificación que ser la opinión de unos pretendidos expertos, hay un abismo. Ahora la profesión de concursante es la más apreciada, porque puede accederse sin estudiar. Como los jurados, aunque aquí la edad juega a su favor, les da la experiencia para opinar de cualquier manera. He visto llorar a aspirantes a modelos, las que han hecho de todo para ganar. Vestidas, desnudas, pasadas por agua, con frío o calor, las chicas han aceptado todo, y de todas, sólo una ha ganado. Pero, ¿qué es lo que ha conseguido? Pues sobrevivir a unos ejemplares que, al parecer, no pueden dar salida a sus impulsos más que en la TV.