
Domingo 20 de enero de 2008
Roberto entró en contacto conmigo en el año 1999. Por Jorge Herralde y Juan Villoro se había enterado que yo preparaba un libro sobre el tema de los asesinatos contra mujeres en Ciudad Juárez, cuestión sobre la que he escrito desde 1996. Mediante una consulta sistemática en internet, por lo que pude entender a partir de sus preguntas, Roberto estaba muy al tanto del asunto.
Se inclinaba, como otras personas en ese tiempo, a pensar que los asesinatos provenían de un asesino en serie, como los que Robert K. Ressler, ex agente del FBI, había estudiado. Quería conocer todo tipo de detalles acerca del contexto de violencia y el narcotráfico en aquella ciudad. Recuerdo en particular que me solicitó le enviara información extraída de algún expediente sobre el modus operandi criminal y la situación al respecto. Pude enviarle la información que me solicitaba en la medida de lo posible, no hay que olvidar que, por ley, la información policíaco-judicial en expedientes es reservada. Intercambiamos una serie de mensajes electrónicos que, como él mismo pudo comprobar, solían ser sujetos a intervención en mi correo electrónico, que asimismo comenzó a manifestar fallas inexplicables.
Juan Villoro ha contado alguna vez este detalle de mis comunicaciones. Después de leer mi libro sobre el caso, titulado "Huesos en el desierto" (Anagrama), Roberto se sintió muy acompañado en nuestros empeños de detectives salvajes, y tuvo la gentileza de escribir una nota muy elogiosa de mi obra. En noviembre de 2002 lo visité en Blanes y conversamos mucho. En algún momento, Roberto me adelantó que me incluiría como personaje, con mi nombre, en la novela que preparaba, cuyo título sería "2666". Me dijo: "He plagiado la idea de Javier Marías, que ya te incluyó como personaje con tu nombre en Negra espalda del tiempo ". En efecto, allí aparezco en otra indagatoria más o menos imposible: el homicidio, al parecer accidental, del escritor inglés Wilfrid Ewart en Ciudad de México a principios de los años veinte. Nos reímos.
Cuando al fin leí el libro, muerto ya Roberto, sufrí un impresión extraña y hasta incómoda: en la escritura de Roberto Bolaño el tema me resultaba más trágico aún que como lo había yo vivido. Tal es la fuerza de la literatura en manos de un narrador excepcional. He releído la parte de los crímenes en "2666", y no me hace mucha gracia verme dentro de semejante trama. Ha sido una broma genial que tiene bastante de macabra del gran Roberto.