
Domingo 20 de enero de 2008
La oligarquía chilena esconde celosamente un secreto. Una traumática experiencia que la historiografía oficial oculta y que quizás explique en parte la jodida forma de ser de sus descendientes. En 1905 se crea en Santiago el Colegio de San Jacinto, consagrado a entregar una educación cristiana de excelencia a los hijos de la flor y nata de nuestra sociedad. Hijos de las familias más distinguidas de Chile y, por tanto, abuelos y bisabuelos de quienes hoy capitanean la empresa y las finanzas en el país. Los fundadores del prestigioso colegio fueron los "hermanos de las Escuelas Cristianas", congregación tenida por una de las más pías que pudieran existir sobre la tierra. Los jacintos se forjan una sólida reputación de educadores serios y grandes jardineros del alma infantil. Todo iba miel sobre hojuelas hasta que un niño de ocho años llega a casa de sus padres, ubicada en un selecto sector del barrio cívico, hecho un mar de lágrimas. Entre gemidos de dolor y de vergüenza el muchachito acusa a los santos curas jacintos de haberlo violado a él y a todos sus compañeros en forma reiterada, brutal y sistemática. Se cuenta que el hermano mayor del niño abusado habría corrido hasta el colegio y dado una paliza de proporciones al padre rector. La noticia es hecha pública por la prensa radical y la policía allana y detiene a los integrantes de la congregación. Se abre un escandaloso proceso, donde centenares de niños, miembros de la más rancia aristocracia relatan con lujo de detalles los horrores vividos al cuidado de los intachables sacerdotes y frailes. Colonia Dignidad queda pálida al lado de esas historias de pederastia y esos escalofriantes episodios de abuso y bestialidad clerical. Entre llantos infantiles, la sociedad chilena se entera, en los tribunales, de los escabrosos pormenores ocurridos tanto en las instalaciones del colegio como en un fundo triguero que los jacintos poseían cerca de la capital, campo donde, lejos del mundanal ruido y de las tentaciones del demonio y sus pompas, estos santos varones y sus pupilos acostumbraban realizar sus edificantes y muy frecuentes "retiros espirituales".
Rápidamente surgen acusaciones que apuntan también a otros colegios e instituciones de Iglesia, de la que sólo se libra la Compañía de Jesús. La enseñanza cristiana se había convertido, de golpe, horror de horrores, en un verdadero renacer de Sodoma. El pueblo espera ver a los culpables sentados en la pica. Demócratas y radicales se desgañitan gritando en el Congreso contra esta situación nefanda. La gente de la calle clama por castigos ejemplares. Las depravaciones consignadas por el fiscal son aquí irrepetibles, y más se asemejan a las páginas de un libro del marqués de Sade que a un libelo legal.
Misteriosamente, y con la ayuda de grupos conservadores y redes de protección, los depravados logran escabullirse y eludir la acción de la justicia, huyendo algunos del país y pasando la mayoría de ellos a integrar otros colegios y congregaciones que los acogen. Pese a las quejas vehementes de algunos tribunos y plumas periodísticas, una espesa cortina cae sobre este episodio, hoy completamente olvidado.
Pero con seguridad en el ADN, en la genética de nuestros grupos directivos, pervive ese sentimiento, esa memoria terrible de lo ocurrido a sus antepasados allá en los remotos albores del siglo XX. Muchas de sus actitudes actuales delatan ese trauma. Se trata, a fin de cuentas, y en buen chileno, de una herencia muy culiada. LND