
Domingo 20 de enero de 2008
La Concertación es, a todas luces, muy proclive a los cambios ciclotímicos. En estos días, buena parte del mundo concertacionista pareciera hallarse en un ciclo de ascenso hacia la excitación y la recuperación de autoconfianzas y expectativas. El cambio de gabinete y, sobre todo, el arribo de Francisco Vidal y de Edmundo Pérez Yoma, tienen mucho que ver con esas mejorías de ánimo.
Las señales de mayor positividad en dirigentes y bases concertacionistas resultan especialmente significativas por el hecho de que se está ad portas de la apertura de un largo período de elecciones. Para cualquier fuerza política es más saludable llegar a ese período con un entusiasmo ya instalado que tener que generarlo durante el período mismo. Por otra parte, las etapas electorales son un potente factor coadyuvante para el mantenimiento del entusiasmo, ergo, para evitar la curva depresiva del ciclo.
En las expectativas está el principal nutriente del ánimo más elevado. Y, en el contexto actual, las expectativas que más importan son las que se ponen en las elecciones presidenciales.
Si lo anterior es correcto, cabe preguntarse: ¿para el mundo concertacionista, qué es lo más estimulante en una presidencial: ganar para seguir gobernando o ganar para que la derecha no gobierne?
Hasta hace algún tiempo esa pregunta era vana, porque la respuesta esperable era una síntesis o fusión perfecta de ambas alternativas. Pero hoy cobra valor porque el acto de gobernar ha perdido relevancia para sectores del concertacionismo, al menos en cuanto "mito" e hito realizador de ideales. Aunque no sea mensurable, es percibible que universos considerables de la centroizquierda han absorbido una suerte de frustración histórica que se manifiesta (u oculta) en infinidad de maneras. Frustración histórica respecto de sus propios y ancestrales idearios e imaginarios de sociedad, y que se proyecta en grados de indiferencia hacia las opciones de gobierno y hacia los asuntos programáticos.
Para estos conjuntos, sumidos en esa suerte de subcultura de la frustración subcultura que, ¡cuidado!, no deja de engarzarse orgánicamente con ciertas ideologías "espontáneas" radicadas en el ciudadano común , el impedir que la derecha vuelva a gobernar es tal vez la única causa "sublime" que aún los moviliza.
La gravitación de este fenómeno no debería ser subestimada, porque refleja, reproduce y simboliza un aspecto esencial del alma fundante de la Concertación: ser la antítesis de la derecha. Y gravita, además, porque cohabita con otro fenómeno que, teniendo orígenes contrarios, coincide en lo medular con el primero. Se trata del minimalismo programático que profesan sectores tecnopolíticos y tecnoburocráticos de la Concertación. Para estos sectores, las diferencias sustantivas con la derecha se habrían ido extinguiendo puesto que, en las sociedades modernas, las conflictividades más trascendentes no serían de orden fundamentalmente político-cultural o conceptual, sino, principalmente, técnicas y, por ende, mitigadas por la relativa uniformidad de esas variables.
En tal sentido, las supuestamente menguadas divergencias conceptuales y programáticas entre derecha y progresismo serían escasamente motivadoras para los públicos masivos convocados a un evento electoral al que concurren para expresar categóricamente dos definiciones: una a favor y otra en contra de determinadas candidaturas.
Vistas así las cosas, también los conjuntos tecnopolíticos concuerdan con la necesidad de erigir discursividades que apelen a desarrollar aversiones prejuiciosas o emocionales contra la derecha. No visualizan que, en el plano de la racionalidad política y programática, pudieran encontrarse discursos movilizadores.
Pero la subcultura de la frustración histórica y promotora del objetivo de ganar para hacer perder a la derecha, también encuentra respaldo en la torpe reedición del Sí y el No que hizo Andrés Allamand con su figura del desalojo. Allamand reavivó y ha ayudado a reactualizar el espíritu antiderecha de la Concertación. Hizo rememorar la soberbia y la prepotencia de la que es capaz su mundo político y fáctico. Simplificó el programa unificador de la Concertación: que ese mundo no gobierne.
En definitiva, el problema o dilema que aquí se plantea y que está más presente y activo de lo que habitualmente se piensa repercutirá prontamente en el devenir de la Concertación. Para las prácticas de la política, no es lo mismo una concepción estratégica animada fuertemente en la voluntad y convicción de gobernar para transformar, que una estrategia desmotivada o inerte programáticamente y cuyo objetivo último es negarle el Gobierno a la derecha. Pero el asunto esencial se puede sintetizar en otro par de preguntas: ¿el minimalismo y continuismo programático, más la reivindicación de la lógica antiderecha, serán la fórmula idónea para vencer en 2009? ¿Una fórmula tal será la adecuada para la propia autorrevalorización de la Concertación? LND