
Domingo 20 de enero de 2008
Entonces se te ocurre revisar la bodega de tu casa. Y desembalas las cajas atascadas desde la última mudanza. Y abres los armarios. Y revisas. Y sale toda tu vida almacenada. Pedazos completos de amores perdidos. Rostros que ya no son lo que eran. El tuyo propio, trastocado, más flaco y también más gordo. Antes o después de la separación. Aparecen los libros que no has leído y que han recorrido tantas casas. Aparecen las cartas que enviaste y las que no enviaste nunca. Aparecen cartas que eso ya es algo extraordinario en tiempos que todo es mensaje de texto o el sencillo correr del teclado. Aparece tu letra y la letra de la otra y de la otra. Aparece el tierno e impúdico amor que quedó en una promesa. Aparece la foto que ya habías olvidado que tomaste. Y la que te tomaron en una época en que creías que eras feliz. O cuando supiste que eras profundamente desgraciado. Juguetes de niños que ya no son niños. O juguetes de niños que eran bebés. Tus juguetes también, que aprovechas en separar pues te das cuenta que ha pasado el tiempo y ahora son antigüedades. Estás a punto de celebrar tu cumpleaños y el número te pesa como esas cajas de cartón que la bodega ocultaba. Ha entrado en tu existencia la vejez de tus padres y ahora viene la tuya propia. Tratas de darte prisa para no notar tantos cambios. Sueñas con un hombre, un viejo compañero de curso que te dice que alguna vez deberías ser más decente y vestirte de traje y corbata. Te sientes terriblemente desatinado. Ciertamente no has llevado una vida de traje y corbata. Basta ver tu bodega. Las jaulas de perros de distintos tamaños. Las bicicletas que entraron y salieron casi sin uso. La basura electrónica que es mucha y transforma la zona de aparatos en un verdadero museo. El museo de los aparatos Mac y el museo PC. Descubres que siempre trataste de estar en la última onda y eso te condenó a sentir la velocidad cruel de la obsolescencia. Conservas el primer Mac y luego sus intentos de ir hacia el notebook. Conservas pantallas quemadas, rotas. Restos de PC clonados y de marca. Teclados, mouses que te habitan como parásitos. Accesorios que ya no habría cómo ajustarlos a máquina alguna. Te perturba saber que dentro de las memorias de esos discos duros hay pedazos de vida que no conocieron el internet. Cartas, artículos, reflexiones que por suerte conocieron la imprenta y también descubres en folios y sobres y archivos. La bodega huele mal porque se ha podrido la alfombra persa comprada cuando viviste en el extranjero. Corren los bichos, los gusanos. La máquina de aspirar que nunca aspiró. En cajas que no puedes creer discos de vinilo que nunca más encontraste en CD y que te dijeron que se podían traspasar y te has quedado y el tiempo corre y averiguarás así que mejor embalarlo de nuevo. Casetes. Oh, la cultura del casete. ¿Te acuerdas que tus hijos no podían creerlo cuando vieron los discos de vinilo? Ellos ya no usan otra cosa que MP4 o iPod. La carcasa de un viejo celular que parecía walkie talkie. Nada era plano, nada tenía pantalla al toque. La música de esas épocas que escuchaban en el auto camino a la playa. Otros tiempos. Estás más viejo. La bodega ha crecido. No sabes si es basura o arte. No sabes si tú mismo te estás convirtiendo en una instalación o un papelero. Mejor dejar las cosas en su sitio. Otra bodega. Alguna vez la abriré y escribiré cada una de las cartas de mi existencia que son todos esos objetos. ¿A quién se las enviaré? Ruego a algún dios que no haya tantos nuevos cambios tan profundos. La bodega me mira como una gran cicatriz. LND