
Domingo 20 de enero de 2008
Ventajero es un término que no existe en el lenguaje chileno. Y aunque en el español tradicional se entiende que es sinónimo de tramposo, en la jerga rioplatense se lo usa para referirse a quien aprovecha la más mínima ventaja para tratar de perjudicar a otro. Por ejemplo, Nicolás Monckeberg fue ventajero cuando interpeló a Francisco Vidal y le sacó en cara el trabajo de su hermano, en la época en que él era ministro. Ahora bien, si yo fuera ventajero le preguntaría a la Cancillería chilena de qué le sirvió el gesto de postergar el documental "Epopeya" para complacer a su contraparte peruana. Pero como aquí no se trata de revanchas personales, la pregunta será otra: ¿de qué nos ha servido ser los fenicios de Latinoamérica? Hemos construido y liderado una política exterior basada y destinada a la firma de acuerdos comerciales, a convertirnos en los reyes del comercio. Hoy somos la economía más abierta del mundo y luchamos por llevar ese título a nuestro vecindario y establecer una visión comercial de la diplomacia. ¿De qué nos han servido nuestras inversiones en los países vecinos? De nada. Perú acaba de recurrir a La Haya para solucionar un problema limítrofe que ellos consideran pendiente. ¿Por qué? Simple, porque los problemas pendientes no se arreglan con una invasión de productos chilenos a mejor precio en el mercado del consumo peruano.
Los fenicios construyeron un vasto imperio comercial con bases en todas las costas del Mediterráneo, sus factorías iban desde el Cáucaso hasta España y desde Arabia y Gran Bretaña hasta Senegal. Cartago, fundada por los fenicios, llegó a tener de rodillas a Roma, y los historiadores discuten hasta hoy por qué Aníbal no la arrasó hasta sus cimientos. Pero los fenicios fueron comerciantes. No conquistaron, no establecieron bases ni relaciones perdurables o políticamente importantes en los países con los cuales comerciaban. Su huella se perdió en la memoria de los tiempos a tal punto que su máxima deidad, Astarté o Ishtar, la diosa de la abundancia, terminó convertida en Astaroth, el gran duque de Satanás, gracias a la torcida visión de algún teólogo cristiano.
Y más de tres mil años después, los chilenos repetimos el error, tratando de suplir la labor de una buena diplomacia con los buenos negocios. Quizás eso sea bueno para nuestras empresas, pero los peruanos, que antes fueron el Virreinato del Perú mientras nosotros éramos sólo una capitanía, aún recuerdan que el Ejército chileno ocupó su mayor universidad como caballeriza hace poco más de cien años. Sin hablar de los libros que nos trajimos de sus bibliotecas, de las mujeres que violamos y de los bienes culturales que saqueamos, todo muy acorde a los usos y costumbres de la época, pero para nada en la línea del buen vecino.
Perú, en cambio, tiene una visión diferente. Su reclamo marítimo lleva una veintena de años en preparación. Y no es casualidad que Allan Wagner, que encabeza el equipo que presentará el caso ante la Corte de La Haya, sea el mismo que en el primer Gobierno de Alan García, cuando era canciller, planteó el problema. Eso habla de la continuidad de su visión diplomática. Frente a eso, el equipo de ex cancilleres chilenos sólo habla de lo errático de nuestra diplomacia, que ha pasado de la visión militarista de Pinochet a la monetarista de la Concertación, sin dar nunca en el clavo.
Sigamos con los ejemplos históricos. Fenicia pasó por varias etapas, marcadas por las ciudades hegemónicas: Biblos, Sidón y Tiro. Una reina de esta última fundó Cartago que se enfrentó a Roma en la primera Guerra Púnica. A partir de entonces, la rivalidad se mantuvo y ambos imperios se enfrentaron en la Segunda Guerra Púnica. Después de eso entró en escena Catón el Censor, que convirtió en su eslogan la necesidad de derrotar a Cartago. No importaba cuál era el tema de conversación o de su discurso, Catón terminaba diciendo: "Ceterum censeo Carthaginem esse delendam", lo que significaba: "Por otra parte opino que Cartago debe ser destruida". Cuando finalmente Roma y Cartago se enfrentaron por tercera vez, Roma prevaleció. Y prevaleció hasta tal punto que Aníbal fue perseguido hasta el fin de sus días, cuando, para no caer en manos romanas, se suicidó. Un buen ejemplo de los frutos que rinde la persistencia en materias de política exterior. LND