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  El abrazo de El Padrino

  Me ha tocado escuchar que el viejo Pepe se había convertido en un engreído. Ahí meto mi cuchara y cuento un episodio ocurrido en el período de la dictadura que muestra que tenía corazón para regalar.

Miércoles 23 de enero de 2008

No exageraron los diarios y radios al dar a conocer la dolorosa noticia. A los 84 años, el viejo corazón de José Aravena, dueño y rey de la bohemia santiaguina por más de cuatro décadas, dejó de latir. Su muerte no pasó inadvertida. Más conocido como El Padrino, él se dio el lujo de entretener y divertir a miles, de descubrir a estrellas de talento y curvas que llevó a la fama y de mantener por años exitosas fuentes de trabajo que vieron pasar a más de 4 mil hombres y mujeres.

El cuento es aún más impresionante si agregamos su humilde origen. Hijo de campesinos pobres, nació cerca de Cauquenes y llegó a conquistar la capital a los l8 años. Había muerto su madre y se lanzó a la aventura. Trabajó como chino para lograr éxito. Trajo, según antecedentes de los que disponemos, un pequeño capital: 20 pavos gordos y bulliciosos para vender. Se piensa que como vendió barato y salió airoso de su primera aventura comercial, eso le dio confianza y estimuló su ambición. Ganar dinero y no sufrir derrotas se transformó en un objetivo vital. Le fue bien, no cabe duda. No tenía una gran cultura, pero su tenacidad y ojo para los negocios le abrió camino y de ahí para adelante nada lo detuvo. No podrán olvidar chilenos y santiaguinos boites como La Sirena, el Night and Day, Passapoga, el Teatro Casino Las Vegas, en pleno centro, un edificio de ocho pisos que causó sensación, como la notable recuperación del Teatro Caupolicán cuando llegó a sus manos. Fue para él y su familia -también para sus amigos- una historia de trabajo y esfuerzo. Pero me ha tocado en estos días tristes escuchar que el viejo Pepe se había convertido en un engreído por el éxito y sin el corazón tan generoso de sus primeros duros años. Ahí meto mi cuchara y cuento un episodio muy privado ocurrido en el período convulsivo de la dictadura, que muestra que El Padrino tenía corazón para regalar.

Fui director de Clarín, cuyo último ejemplar fue requisado el 11 de septiembre de 1973; también sus oficinas y talleres de calle Dieciocho fueron clausurados y destruidos. Parte del personal fue detenido y el resto, como era natural, se hizo humo. Contar que los chilenos nos dividimos en dos es insistir en un cuento muy conocido y con el tiempo, desprestigiado. Pero olvidemos eso para llegar al final, donde mi corazón se topó con el del viejo Pepe. Fui detenido por el Gobierno militar y pasé casi dos años en Chacabuco, en el norte salitrero, por mis ideas izquierdistas y libertarias. Como en los juicios nunca nada se pudo comprobar, quedé libre y fui enviado a Santiago. Encontré que todo había cambiado. La amistad estaba en retirada. Hasta los más viejos compinches habían sido borrados del mapa. Me encontré solo en mi vieja casa de El Arrayán. La verdad es que la soledad me aburrió y una mañana decidí lanzarme a la aventura, ir al centro y visitar ese asilo de periodistas de todos los colores que se juntaban en el viejo Haití. Llegué cerca de las 13 horas y caminé por Huérfanos en dirección a Ahumada. Por el frente, un grupo avanzaba en sentido contrario y celebraba las palabras de un varón elegantemente vestido que mandaba al lote. De repente, el grupo se detuvo ante mi. Y una voz conocida me gritó con fuerza: -¡Gato! ¿Qué haces aquí, cuándo llegaste y por qué todavía no te asomas a mi casa para saludar?

Era Pepe Aravena. No dijo nada más. Atravesó la calle entre los autos que en esos años corrían por Huérfanos. Me abrazó con fuerza, palmoteó mis espaldas y gritó una y otra vez: -¡Por fin volviste, por fin vamos a estar juntos, por fin vamos a poder enseñarle a la gente que dos amigos aunque piensen distinto pueden seguir siendo amigos de toda la vida!

Nos abrazamos una y otra vez. No me dejó ir a ninguna parte y con todos sus amigos me invitó a almorzar. Comimos tranquilamente, hicimos los salud de rigor, hablamos hasta por los codos y cada uno, cuando le correspondió su turno, rindió homenaje a la amistad. Todos se dieron cuenta de que Pepe y el Gato eran realmente amigos del alma. Les podría seguir contando más de ese día de felicidad. Me ofreció pega, que firmara el contrato ese mismo día y que su casa era la mía y la mía era la suya. Lo hizo lleno de cariño y felicidad. No trabajamos juntos entonces ni después, porque era lo lógico. Pero supimos mantener nuestra férrea amistad. Después, el mismo cariño me hizo devolverle la mano. El Padrino tuvo problemas y permaneció largo tiempo detenido en el Anexo Cárcel que existía casi pegado a calle San Pablo. Como periodista y amigo, lo visité varias veces. Nos contábamos todo y muchas veces nos dimos fraternales abrazos de amistad y recordamos episodios de nuestras vidas que vivimos casi juntos. Por supuesto, no los olvidaré jamás...

 

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