
Miércoles 23 de enero de 2008
No hay camino, dice un verso famoso de Machado que luego fue cantado, paso a paso, por Serrat, y eso es como decir que el movimiento es su propia huella, lo que no puede ser cierto, o no enteramente, si uno lo piensa bien. Claro que también es posible concebir que todos esos caminos que el caminante anterior al poema (llamémoslo así, en aras de la tradición) percibe frente a sí, antes de dar su primer paso, son caminos de alguna manera ficticios: ahí están, dibujados, pero son el sueño o la mala costumbre de otros viajeros anteriores, seres extraños que acaso hablaban otros idiomas. O la buena costumbre. Es, por supuesto, una paradoja: los caminos ya existen y a la vez no. Sonríe, entonces, y emprende la marcha, hasta que advierte que aquel otro viajero anterior era, quizás, él mismo en una mañana que ya no recordaba, y no se trata aquí de reencarnaciones o vidas anteriores que no sean la misma.
¿Tendrá que ver esta sensación con los tiempos de la edad? Alguien me dice: ¿cuántos años tiene la mayoría de los lectores de este diario? No tengo idea, pero sí sé que toda edad llegará a ser otra, a menos que la muerte las separe. Volvamos al camino: sucede que pasado ya hace un rato el medio del camino de nuestra vida, estamos en una selva oscura, sin duda, pero el paisaje se ve demasiado lleno de senderos, acaso excesivos en su número y en sus revueltas direcciones, y al avanzar se tiene la sensación de retroceder o bien de volver a recorrer esa misma senda que, para bien o para mal, parece que sí se ha de volver a pisar. A otro perro cínico, entonces, con las frases de Heráclito: la memoria repite los caminos -si no, nadie se preguntaría si el río es o no es el mismo- y lo que es un nuevo hueco o forado entre los árboles o los edificios, o entre los autos si uno va al volante de alguno, resulta ser, también, ese mismo dibujo del ocho horizontal que el prisionero insomne, fatigado pero incansable, imprime con sus pasos en la celda para no anquilosarse y tampoco marearse. Y ese ocho, lo sabemos, es el símbolo del infinito.
Digo todo esto en estos días en que me he acercado, aunque sin llegar a entrar en ella, a la remota ciudad donde nací hace demasiados años, una ciudad que no conozco de cuerpo presente sino muy vagamente, a edades inconscientes. Eso a nadie le importa, pero el caso es que durante muchos años pensé que un día iba a "regresar" a esa urbe y que habría de contemplar con alguna emoción su río brumoso. Nada de eso ha ocurrido y hoy (estacionado en sus alrededores) sueño curiosamente con el regreso a ese otro río escuálido, estacional, pedregoso: el Mapocho barroso y pestilente, a cuyas orillas no nací pero que siempre, desde que tengo razones, dividió la que sí ha sido mi verdadera espantosa ciudad en un norte árido y un sur más forestal, unos barrios de plazas y jardines que sin remedio van siendo masticados por el cemento, por los automóviles (dientes y muelas que funcionan con petróleo), por la especulación inmobiliaria.
Es como si soñara con volver a los lugares donde un día no lejano seré viejo (pero una ciudad que no será la misma que recordaba), y esas calles tan largamente odiadas (opresivas, recurrentes, en permanente demolición) me llamarán ahora como sirenas peatonales para que estrelle en sus esquinas toda otra ilusión de paisajes venideros. Creo que todo es "culpa" de que la Tierra sea esférica (o "redonda", como dicen los huasos que la creen plana), o, como me explicó una vez un óptico al que no le entendí del todo, al hecho de que los "ojos" humanos, y de los animales en general, son "redondos" (o "esféricos", como dicen los académicos que aprecian ese matiz), y por tanto hacen que la realidad visible también lo sea. Es decir, como si por las curvaturas del espacio y del tiempo, todo viaje de ida resulta en verdad de vuelta, aunque uno no se dé cuenta sino hasta mucho tiempo después.
El verano, encontrado de pronto en Santiago, parece que hubiera existido siempre. He leído (y también ustedes, sin duda) otros poemas que no hablan de caminos sino de ciudades (como Alejandría) que persiguen al que huye de ellas, o de países "horrorosos" (cómo éste, largo y angosto) de los que nunca es posible salir verdaderamente. Machado, Lihn o Kavafis, todos dicen la verdad y mienten a la vez, pero esto último porque saben que toda mentira esconde una verdad del tamaño de la Tierra entera.