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  El jardín secreto

  Que hay unos poemas visuales en Yutú. Que por estos pagos hay una lentitud electrónica. Más bien se escuchaba una cumbia del chico Trujillo, destellos de Fulano y Los Electrojugos.

Miércoles 23 de enero de 2008

Allí en el pueblo de La Unión, después de subir embalados por las curvas de los cerreríos secos, áridos, con algunos algodones blancos sobre los cerros lagarianos. Livianos. Dejaron los humedales y el vital elemento en el granizo sobre la ruka de Aguilar, el atacameño y la rada de Iquique. Dos jóvenes y una morena y el estrecho asfalto iluminado por la velocidad de los que se conocen el camino a casa. Por la fuerza del veinteañero chileno. Un piño de cinco en el bus en la parte de atrás contrapunteando al chofer. Alegres se hacían humita un cogollo de perejil; en el urgimiento místico del primer viaje ya empezaban a sentir que atrás, en la autopista, a ochenta o 93 kilómetros el archipiélago chileno en flaco y por esos potrillos empieza a removerse la paila hacia maneras de juntarse distintas.

Y apareció Anajata, que el Extrañón no veía hacía 19 años. Hay buenas semillas que se brotan en el de repente de las memorias humanas, en el lugar preciso del azar y el retorno. A poco andar y un par de siglos después, llegué a su casa. Una autoinventada con los materiales del lugar. El adobe de la tierra con el vital elemento. Los vitrales y los gajos de ventanas lejos y cerca del gótico. Dos San Pedros enormes viajaban hacia las nubes blancas, como decía que venían del invierno boliviano.

Ambos se pusieron a filmarse entre ellos. Anajata de blanco y el Extrañón parecía un viajero Belgaymara. Era rebuena la cámara de Papelucho y la bicicleta de Yensen por las polvaredas de La Unión. Simple en dejarle a uno la mirada del cliqueo pa la paleta editora. Recordó que ya no había artesanos en la plaza. Cierta memoria del valle del Paladar les llevó por cementerios en la mera paz de la pantorrilla de los cerros. Elku, estrecho y fértil. Que hay unos poemas visuales en Yutú. Que por estos pagos hay una lentitud electrónica. Más bien se escuchaba una cumbia del chico Trujillo, destellos de Fulano y Los Electrojugos, volviendo a regar el valle del Paladar con jugos de papayas y melones. Le gustaban las frutas y las comidas de la estación. El Verano de Camus lo leía entre Tongoy y Los Vilos. O se quedaban sentados en la nave del poeta Remi Kappattí.

Buena acústica en el caracol gigante de su familia y la cosa era otro oír u oír en tres o cuatro dimensiones del paisaje fónico de copas de álamos vibrando sus hojas, sus tierras de hojas. Una sandía se abrió generosa, como le gusta a la sed y a la sombra. Unos nogales insólitos entre olivares. Un perro negro y lanudo como el viejo Mitsi se alegró con la visita.

Estaban leyendo y creando sus afanes diarios, sus descansos, la sonrisa de los niños al nadar sobre y bajo el agua. Ese lago artificial tenía color turquesa. La necesaria calma para seguir criando y creando. En paz con la tierra de la que formamos parte desde muy atrás, petroglifo, peñi. Lagata Yata, recrea sus juegos de los cuales es capaz de entretenerse con la madre agua. El tío viento vuelve a agitar las crines de los caballos por los estrechos del Horcón. Se escucharon unas percusiones africanas entre Remi y Anajata. Comimos las sandías sin calar, lágrimas alegres de estos días solares.

 

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