
Jueves 24 de enero de 2008
Chile, al igual que todos los países, realiza un esfuerzo económico destinado a crear y mantener las Fuerzas Armadas que estima necesarias para darse seguridad internacional, sea luchando contra fuerzas militares de otros Estados, aportando su acción y presencia en esfuerzos castrenses colectivos que potencien la paz y la estabilidad o apoyando la acción de su diplomacia.
Pero, ¿dónde combatirán sus fuerzas? ¿Cuándo lo harán? ¿Qué características y capacidades tendrá el enemigo? ¿Tendremos aliados o lucharemos solos? ¿Cuánto durará un conflicto? Estas y otras preguntas requieren respuestas que mientras más ambiguas o erróneas, más altas son las probabilidades de que cuando las necesitemos, las fuerzas disponibles sean inadecuadas para lo que se les requiera hacer. Hay pocas tragedias más grandes que perder una guerra y sufrir una derrota.
Los casos de Francia en la Primera y Segunda Guerra Mundial; de Argentina en las Malvinas; de Irak en las dos guerras del Golfo Pérsico y otras innumerables situaciones históricas nos confirman, más allá de toda duda, que este esfuerzo prospectivo es difícil y que las probabilidades de errar son altas. Esta dificultad señala que es una obligación principal de los gobiernos, de la academia y los políticos, trabajar tan arduamente como sea necesario para resolver el problema. La complacencia, la rutina y la falta de espíritu autocrítico son augurio cierto de fracaso.
¿Qué hay que defender y de quién? ¿Qué intereses hay que promover? ¿Cómo lo haremos? Estos son los primeros problemas por dilucidar. Lo segundo es determinar qué tipo de fuerzas, y más todavía, qué capacidades militares se necesitarán para enfrentar lo anterior y cómo combinamos esto con la economía y la diplomacia. Éste es el verdadero problema que debe resolver una política de defensa. Parece conveniente elevar el nivel del debate y las propuestas. Si el mundo es distinto a lo que era hace 20 años y avanza hacia una cada vez más profunda diferenciación, no podemos seguir haciendo y pensando en más de lo mismo.
Con la demanda interpuesta por Perú, estamos entrando en un largo período que, querámoslo o no, es de confrontación. Ya lo experimentamos con Argentina. Podremos ver real y perceptiblemente si es que nuestras Fuerzas Armadas pueden proporcionar las capacidades que se requieren y si es que el Gobierno, a través de su ministerio del ramo, puede utilizar diestramente esas capacidades. Entonces cabe preguntarse en esta materia: ¿las capacidades militares de que disponemos son las idóneas para la ocasión? ¿Pueden apoyar a nuestra diplomacia con la flexibilidad, gradualidad y sutileza que el caso real amerita?
En este último cambio de siglo hemos transitado desde el pesimismo y el temor de la guerra fría, pasando brevemente por el optimismo exultante luego de la caída del muro de Berlín, para volver a sumergirnos en la inquietud y el desasosiego con posterioridad al 11 de septiembre de 2001. Cuatro son las dinámicas que interactúan entre sí y que parecen estar modelando la cuestión de la paz y la guerra en estos días: el sistema formado por la tecnología, los recursos financieros y su influencia en la estabilidad internacional; la evolución de las tendencias políticas; la globalización y la distribución de la riqueza a nivel nacional e internacional, y el imperialismo.
Chile eligió participar en la vida económica y política del mundo; eligió resolver sus diferencias mediante la vía diplomática como herramienta principal; la tecnología y las finanzas internacionales son parte de nuestras vidas y somos parte de la globalización. Nuestra política de defensa debe entonces pensar y actuar en esos mismos términos.