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  Hambre y hierro

  Desde Bobby Sands, las autoridades de todo el mundo le temen a las consecuencias de una huelga de hambre como a la peste, porque son eficaces.

Jueves 24 de enero de 2008

Tras una huelga de hambre de 66 días, el 5 de marzo de 1981 murió Bobby Sands en una cárcel de Belfast, Irlanda del Norte. Poco después compartirían su suerte nueve de sus compañeros, todos militantes del Ejército Republicano Irlandés (IRA). El motivo de esta huelga de hambre era la demanda del status de prisioneros políticos para los integrantes del grupo armado.

La rotunda negativa de la entonces Primera Ministra británica, Margaret Thatcher, a considerar las demandas de los prisioneros -"yo no hablo con terroristas", dijo- le ganó el mote de "dama de hierro" en todo el planeta, de mujer dura e implacable.

La muerte de Sands originó una ola mundial de protestas, y un potente impulso a la causa republicana en Irlanda del Norte. Hoy, todos los analistas consideran que el sacrificio fue decisivo en el proceso que culminó en 1998 en un tratado de paz que establece el cogobierno entre republicanos y partidarios de la corona británica, y el derecho a la nacionalidad irlandesa para quienes lo deseen.

Cuando Sands agonizaba, se realizó una elección extraordinaria en un distrito católico; los republicanos lanzaron su candidatura, y se convirtió a los 27 años en el miembro más joven del Parlamento británico, un cargo que jamás pudo asumir. Esta victoria, y la inmensa popularidad de la huelga, rompieron entre los republicanos el prejuicio contra la lucha política electoral, que consideraban viciada de raíz. Sinn Fein, el brazo legal del movimiento armado, es hoy uno de los principales partidos políticos tanto en la República de Irlanda como en Irlanda del Norte.

Sands "vivió como un guerrero del IRA, pero murió como arquitecto inconsciente de la paz en Irlanda", dice el diario The Washington Post en un comentario.

Los huelguistas irlandeses sabían que debían llevar su causa hasta las últimas consecuencias, porque un intento anterior culminó en un acuerdo ambiguo, que no fue respetado. La actitud dura del Gobierno, además, les indicaba que no habría acuerdos sin muertos.

En la época, el diario norteamericano The New York Times editorializó que la actitud de Thatcher le concedió a Sands "la corona de mártir". El líder cubano Fidel Castro comparó el sacrificio de Sands, católico ferviente, con el de Jesucristo. Desde Bobby Sands, las autoridades de todo el mundo le temen a las consecuencias de una huelga de hambre como a la peste, porque son eficaces. En el campo de prisioneros norteamericano de Guantánamo, por ejemplo, a quienes intentaron el ayuno, les han introducido nutrientes mediante sondas nasales, sin anestesia (incrementando, de paso, el sufrimiento).

En su diario, Sands describió la lucha entre su cuerpo, necesitado de alimentos, y la fuerza de sus ideas: "El cuerpo combate, seguro, pero a la postre todo regresa a la consideración primaria, o sea, la mente ( ) Si no logran destruir tu deseo de libertad, no te van a quebrar".

 

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