
Jueves 24 de enero de 2008
Menos conocidas en Argentina que en el exterior, las catamarqueñas termas de Fiambalá no sólo son un destino exótico. En dos oportunidades Luciano Pavarotti cerró el complejo para curar su voz. A cuatro kilómetros de ese lugar de valles, quebradas y puna, se descubrió una colosal mina de uranio. Los habitantes temen que les arruine para siempre las aguas que nacen del corazón de la montaña con temperaturas que alcanzan los 48 grados. Maruca Ferrer y Pedro Saleme, con viñedos orgánicos en la zona, aseguran que no se oponen a la minería, pero alzan la voz por la posible contaminación y el riesgo de quedarse sin agua para el riego. "Esta zona es un pulmón del mundo, no se debe rifar", sostienen. A 50 kilómetros se observan las vetas amarillas del uranio, en los cerros que rodean Tinogasta.
Aunque afirman que evalúan proyecto por proyecto, desde la secretaría de Minería realzan a esta industria en una Argentina que ya exporta minerales por 2 mil millones de dólares, bastante más que los mil 500 millones de dólares de la carne. Con el oro en el precio más alto en 28 años y cerca de romper la barrera de los mil dólares por onza, se calcula que Argentina tiene 50 mil millones de dólares de reservas en oro y plata. Pero para los pobladores catamarqueños los beneficios de la minería están a millones de años luz de su realidad. Parecen los personajes de Fuenteovejuna. Ellos también justifican su rebelión. Dicen que las minas están demasiado cerca de sus propias casas.
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