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  Cuentos de verano: "Mi tía Carlota"

  Cuentos de verano: "Mi tía Carlota"

Domingo 27 de enero de 2008

Fue un fin de semana que Felipe se había ausentado por motivos de trabajo, creo que era el cierre del año fiscal y la sirvienta había ido al campo a ver a sus padres. Laurita vino a quedarse con tía Carlota y conmigo. Yo estudiaba, encerrado, las nauseabundas asignaturas de geometría y química para los exámenes finales. Era noviembre, la primavera me erizaba los pelos. Mes de calor sublime que la brisa distribuía por los rincones más sombríos y Los Beatles habían sacado un nuevo álbum que estaban tocando en todas las radios y yo amarrado al escritorio repasando a Pitágoras, a Watt y sus caballos, al proporcionalmente gaseoso Louis Joseph Gay-Lussac. A veces descansaba mirando media docena de fotos de fuentes y restaurantes de Roma, distribuidas extrañamente bajo un vidrio al costado del escritorio. Al mediodía, harto de ángulos, bajé a la cocina a estirar las piernas y buscar un vaso de agua fresca. Ahí me encuentro a la tía Carlota con su amiga, muertas de la risa, preparando el almuerzo, rellenando un pollito, bebiendo vino blanco frío. En el umbral quedé abobado. La vista de esas batas de algodón cortas, sin mangas y escotadas que dejaban al descubierto los hombros y la juntura de los senos, que se pegaban a la mitad del muslo, me producía siempre pajarito doloroso. Gotas de sudor les cubrían la frente y sus cuerpos emanaban una laxa energía felina.

Laura se acercó a recibirme con un beso, "señor estudiante", cuchillo en mano. "Se va a quedar ciego de tanto leer, mira qué ojos tan hermosos tienes", su boca tibia cerca de mi boca y su cuerpo rozando levemente al mío. "Tómate un vinito con nosotras, lindo", y ríe alegremente. La tía Carlota, muy seria, "déjalo Laura", cuchillo en mano, "tiene que recuperar seis meses de tiempo perdido".

"Voy a tomarme un recreo", digo yo, sacando hielo del refrigerador. Laura me arrebata un cubito y se lo pasa por la frente y los brazos.

"Vamos a almorzar en media hora, aprovecha ese tiempo y después descansas", dice Carlota mirándome fijo.

"No sea tan estricta, profesora. Déjalo que nos ayude a limpiar las almejas", y le mete una palmada en el trasero. Carlota da un salto. Nos reímos.

"Acabo de terminar un capítulo, tía; no quiero empezar otro ahora".

"Bueno, trae un balde del garaje y ven a ganarte el almuerzo".

"Limpiar almejas es tarea de hombres", dice Laura guiñándome un ojo y pasándome una copa llena.

"Bueno, qué estábamos diciendo", interrumpe mi tía.

"¡Salud!", propongo nervioso.

Laura se ha quedado mirando mis piernas. "Te gustan mis bermudas", pregunto creyendo que admira mis blue jeans cortados y pintados a lo Van Gogh. Ella larga una carcajada.

"¡Qué piernas más peludas tienes! Pareces un macho cabrío".

"¡Laura!". Carlota alza la nariz con un gesto brusco.

"¡Pareces un sátiro! ¿Dónde tienes la colita?".

"¡Laura, estás borracha, mujer!", gritaba mi tía con creciente asombro.

Al principio me quedé un poco tieso, listo para dar un mal paso; después escapé al patio a morirme de vergüenza mientras ellas se echaban a reír parloteando en todo tono; Carlota reprochándole su mala conducta, "eso no es de señoritas", Laura insistiendo que era verdad, que yo era un fauno y ellas ninfas en peligro. Carlota comenzaba a enfadarse, que la cortara, que qué va a pensar de sus amigas que le iba a perder el respeto, y finalmente cuchicheos y risitas reprimidas.

Afuera había puro sol saturando el cielo cristalino. Era un calor bueno que abrazaba todo el cuerpo, árboles plenos y un concierto de pájaros. Había voces de niños cantando: "Juguemos en el bosque, mientras el lobo no está. ¿Lobo, estás?". El aire cargado de olores apetitosos de las cocinas de la vecindad y una radio en la cercanía tocando al potente Santana.

Llené el balde con agua y volví a la cocina. Un gato negro intentaba pasar del techo a los árboles y los pájaros, sumidos en pánico, se aprestaban volar. En la penumbra de la cocina Carlota susurraba algo al oído de Laura y ella torcía el cuello como si le dieran cosquillas. Una bolsa de almejas esperaba junto al lavaplatos. El resto de la preparación y durante el almuerzo se lo pasó Laura dándome miraditas discretas, haciendo bromas de doble sentido y señitas coquetas a espaldas de mi tía. Era como si después de todo el tiempo de conocernos, nos estuviéramos viendo por primera vez.

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Casi a las dos de la tarde retiramos los platos. Mientras Carlota servía el café le dijo a Laura que tenía que ir de compras y si podía acompañarla. Le habían encargado una torta de novia y quería su opinión en los colores. "No sé", dijo la otra con un tonito quejoso. "Creo que preferiría dormir una siesta". "Haz lo que quieras", soltó Carlota después de un silencio y una mirada fulminante de disgusto.

"Tú te vas a tu cuarto a seguir estudiando", me ordenó perentoria. "Ya te has tomado demasiadas libertades".

"Voy a leer un rato", repliqué. "Sigo con Watt de tres a cinco. Quiero terminar de una vez la novela de Conrad que íbamos a conversar".

Ella me miró con sospecha y me tendió una taza de café puro y fuerte. "No te quedes dormido", dijo.

Mientras lavábamos y secábamos nuestras tazas de café, en un momento en que mi tía entró al comedor a guardar una vajilla, Laurita me dijo en un susurro: "Ven a dormir la siesta conmigo". Yo la miré incrédulo y ella, terminando de enjuagar las cucharitas, se pasó el antebrazo por la frente para sacarse el pelo de los ojos e hizo un gesto afirmativo frunciendo el ceño. Para qué voy a contar cómo me dejó la proposición. Subí a mi cuarto para calmar la taquicardia y me tendí sobre las baldosas, con el oído pegado al suelo, a esperar la partida de la tía Carlota. Mi corazón daba toda clase de saltos mortales y los bermudas se esforzaban en mantener discretos los empujones de mi falo. Yo no era virgen, pero siempre era virgen para quien se propusiera desvirgarme. Mi madre solía mirarme raro, como pensando: "Te conozco, pervertido". A mí me sorprendía su sospecha. Yo tampoco tenía mucha experiencia. Ahí, tirado en el piso, esperando que mi tía se fuera, repasaba los consejos de mis pares y las direcciones de mi maestra. Pensaba en Laura que se desvanecía a cada instante de mi memoria y en Sócrates, del sólo sé que nada sé. Entonces sonó el motor del auto y después de rugir amenazante bajo la casa por unos minutos, salió a la calle y se alejó después de cerrada la reja.

Me puse de pie de un salto y me quedé allí, paralizado. El instinto quería verme correr escaleras abajo, cruzar el patio volando y caer como un grifo en la cama de Laurita; la razón puso de pronto en mi cabeza la idea de que la invitación era una trampa y de que Carlota esperaba en alguna calle cercana el tiempo necesario para volver y sorprenderme. ¿Pero por qué querrían hacer eso? La idea, que me aterrorizó al comienzo, se fue tornando excitante a medida que trataba de establecer las motivaciones de un acto de esa especie. Finalmente, sin dejar de sentirme nervioso, me acomodé la erección lo mejor que pude, me eché una peinada con los dedos y salí de mi cuarto, sigiloso.

Laurita había dejado su puerta entreabierta. Del interior salió a recibirme un leve aroma del incienso que ella quemaba por las noches y los hipnóticos sonidos de la cítara de Ravi Shankar. Me quedé observándola desde la puerta, sin atreverme a entrar, pero gozando cada minuto de los leves movimientos de su cuerpo en la penumbra. Estaba tendida sobre la cama y se había desabotonado todo el frente de la bata. La había abierto para exhibirse medianamente desnuda, controlando con la piernas los pliegues suaves del género. Cuando me adivinó espiándola, levantó una mano lenta y me llamó a su lado. "Lindo mío, estoy tan floja con este calor y el vino, que me cuesta terriblemente abrir los ojos". Encantado fui a tenderme junto a ella y la miraba a mis anchas, como a una princesa dormida, su cuerpo de un bronceado natural cubierto de pequeñas gotitas de sudor, sus senos armoniosos, de pezones largos, una suave mata de pelos negros y húmedos coronando la pelvis y unas piernas largas y torneadas que descendían hasta unos pies elegantes y tiernos. "¿Te gusto?", preguntó ella cuando estimó que había terminado mi inspección. "Mucho", dije yo con la voz quebrada, tratando de contener el agudo ese que no hay que usar en el oído de las mujeres en la cama. Ella suspiró. Su mano se posó en mis muslos y subió acariciando hasta el bulto. "¿Qué tenemos ahí, fauno mío?". Ahora comenzaba a masajearlo aumentando la presión de sus largos dedos y a mí se me escapaba el alma entre los dientes.

¡Oh, llama de amor viva, / que tiernamente hieres / de mi alma en el más profundo centro! / pues ya no eres esquiva, / acaba ya, si quieres; / rompe la tela de este dulce encuentro.

¡Ay! Cómo me habría gustado entonces poder decirle todo eso. Pero todavía no era el momento. Tendría que pasar mucho tiempo y mucho dolor y el amor tendría que complicarse de veras para llegar a ese punto. En ese momento, yo sólo trataba de encontrar los tonos bajos de mi voz para decirle al oído: "No, no, por favor". Eso fue todo. Tomé su mano y la besé con pasión. Ella la atrapó y la llevó hasta sus pechos. Me prendí de ellos y jugué a exprimírselos con creciente intensidad, dibujando lunas imaginarias. Pero Laura sabía más y mejor y comenzó a indicarme delicadamente sus preferencias. Con una pequeña maniobra puso sus pezones entre las junturas de mis dedos y me hacía apretarlos y soltarlos con un tenue movimiento de tijeras mientras mis manos se apropiaban del resto de sus senos, entre el monte de Venus y el monte de la Luna, como una araña que succiona una fruta jugosa. ¡Qué sabía yo de la importancia de las uñas en el preámbulo amoroso! No bien había comenzado a acariciar sus piernas, ella me pidió que le rasguñara suavemente los muslos, moviéndome poco a poco hacia su interior sedoso, bajando cada tanto hacia las pantorrillas hasta los pies y de vuelta en un sendero de huellas rosadas. Me aplicaba, mientras ella se mantenía con los ojos cerrados y en un estado cercano al sueño interrumpido sólo por algunos gemidos súbitos y roncos, una caricia brusca, sus manos en mi cabeza. Así, iba incrementando su participación en el juego. Por lo pronto, se las había arreglado para despojarme de los bermudas y se entretenía en clavar sus uñas en mis nalgas como para establecer la fuerza permitida a las caricias. Yo mordía sus hombros y sus brazos, y ella me pedía que lamiera su vientre, que hozara en su ombligo el camino de la ambrosía.

Entonces, creí llegado el momento. Con mis manos rodeando sus tobillos abrí mis brazos en cruz y empujé el pecho hacia adelante. Ella se abrió entera, pero cuando me aprestaba a penetrarla, se despierta con los ojos muy grandes, salta hacia atrás apoyada en sus manos y se sienta sobre la almohada, contra la cabecera de la cama, recogiendo las piernas, cubriéndolas con sus brazos, protegiéndose. "No", dice toda alterada. "No estoy lista para eso".

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"Necesito un acto de amor de tu parte", pone los dedos de su pie en mi boca y entreabre mis labios. "Tu tributo a mi feminidad". Se saca el pelo de los ojos, lo despega de su frente húmeda, me clava sin recato sus ojos amarillos, la pupila se dilata, luego empequeñece: "Quiero que lamas mi sexo". Dejo caer mi cabeza junto a sus pies, aliviado. "No tengas vergüenza", me conforta. "¿Lo has hecho antes?". "No", le miento besando sus empeines suaves. Ella comienza a estirar los brazos aferrándose a la cabecera de la cama. Separa las rodillas de a poco, aún sentada como una diosa india. Ravi Shankar a lo lejos, desde el rincón de la pieza. Vuelvo los ojos y me encuentro en la pared ocre el pequeño espejo marroquí. Siento que me parezco al Dalai Lama. Termina de abrirse y aparece ante mis ojos en trance su perfecta vagina radiante, abriéndose como una flor al alba, cubierta de rocío espeso, transparente como la savia de un árbol sagrado. Cómo poder habértelo dicho, Laurita hierática. Yo el mudo, pensando, qué quieres que haga con mi torpeza, acercando a tu piel mi nariz y mi boca; yo el extático, el arrobado, el embargado. "Lengüetea", murmura. Gime. Pide acompasadamente: "No, no tan fuerte. Hazlo como un gatito tomando leche de un pocillito frágil".

Cumplí con mi parte lo mejor que pude y con plena conciencia de mi impericia. A ella no le importaba, por el contrario, parecía excitarla más. Así que al final me regaló un orgasmo en la boca, agarrada de mis orejas, apretando mi cabeza entre sus muslos, haciéndome sentir en los labios el palpitar maravilloso y expansivo de ese pequeño corazón cremoso y caliente. Luego, levantó mi rostro embadurnado, me miró y a medida que se le caían los párpados, dijo: "Ahora debería arrojarte de mi cama por tonto. Si ya no me puedes dar placer, por qué habría de dártelo yo". Se estiró bostezando. "Quieres que esperemos un rato", pregunté cautelosamente. Ella se rió en mi cara. Luego, besándome en la boca, saboreando mi saliva, dijo: "Ven, todavía queda fuego dentro mío". Entonces recibí la recompensa ansiada. Ahora gritaba con unos gritos ásperos, me salía al encuentro con su pelvis cariñosa y yo luchando por retenerme, mirando el diseño de los almohadones. Con la variante de que, medio segundo antes de estallar dentro suyo, ella, presintiendo la descarga, lo retiró deprisa y, siguiendo el movimiento imparable con su mano lúbrica, lo metió en el momento preciso bajo mi camiseta y allí el glande derramó un par de litros de semen sobre mi estómago y el pecho. El resto aconteció rápido.-


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José Leandro Urbina
Nació en Santiago en 1949. Ha vivido sucesivamente en Buenos Aires, Ottawa y Maryland y publicado el volumen de cuentos "Las malas juntas" y la novela "Cobro revertido", que fue finalista del Premio Planeta Argentina. Este texto pertenece al libro inédito "Las memorias de El Baruni". Actualmente es miembro del comité editorial de Lom.

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