
Miércoles 30 de enero de 2008
Las personas que no pueden o no quieren imaginar a los demás ejercen de egoístas. Su mundo se puebla de seres invisibles. A menudo ni siquiera se ven a sí mismos. Toda imagen nace de lo que se vive. De ahí, la mente toma herramientas. Lo importante es lo que viene después: si hace algo para usar las herramientas o usa las herramientas para hacer algo. Según eso se formará un especialista nomás o un humanista.
La experiencia se forja de casos particulares y oriente las decisiones generales.
Un periodista informa. Aprende métodos para investigar, verificar, narrar, y entrega a sus contemporáneos una visión coherente. O sea, aporta elementos para que ellos formen su visión propia. Si el periodista ha perdido a su padre o a su madre, entenderá mejor lo que les ocurre a otros cuando pierden a los suyos. El paso de la vivencia particular a la concepción general es decisivo.
Patricia Verdugo ha muerto hace unos días. A ella, a su vez, se le murió su padre. Lo asesinaron. En 1976, uno de los años más negros de la dictadura, Sergio Verdugo fue víctima de la llamada campaña contra el comunismo. No era comunista. Era demócrata cristiano, y presidía el sindicato de la Sociedad Constructora de Establecimientos Educacionales. La Dirección de Inteligencia de Carabineros lo capturó y lo encerró por la fuerza para interrogarlo. Parte del procedimiento fue la tortura del submarino: le sumergieron una y otra y otra vez la cabeza en agua del río Mapocho, exigiéndole confesar.
Probablemente ignoraba qué debía responderles.
Murió ahogado.
Su cadáver se fue flotando río abajo. En ese tiempo, el Mapocho era una de las tumbas extraoficiales que mantenía la dictadura. Cientos de detenidos desaparecieron ahí. Patricia Verdugo sabía eso. Saber fue uno de sus pecados, y nunca dejó de cometerlo con rigor y con brío.
La muerte de su padre fue uno de los crímenes que investigó durante su trayectoria. No paró en eso. Otros chilenos sufrieron lo mismo. En el país había miles de hijos que ignoraban si eran huérfanos; esposas que tal vez fueran viudas; padres o madres que habían quedado solos con sus preguntas. Amigos, hermanos... Patricia despersonalizó su experiencia y la traspasó a la de ellos. Los comprendía y, en la medida de sus fuerzas, fue capaz de interpretarlos. Nacieron sus libros y al mismo tiempo creció su imagen.
No improvisaba datos, y menos los inventaba. Es cierto: la amenazaron de muerte si seguía husmeando. Pero siguió, porque era su vida. Algunas de sus sólidas indagaciones se convirtieron en pruebas al someterse a proceso a los delincuentes. Varias condujeron a condenas judiciales. Otras, a la peor de las condenas: la de la historia.
-El periodismo que me enseñaron -dijo en una entrevista que se publicó hace poco-, no me dejó escapatoria.
Cualquiera que la conozca tiene la certeza de que ni buscó ni hubiera aceptado maneras de evadir lo que sintió deber suyo. En una época en que tantos -gente de prensa o no- entienden el periodismo como un auxiliar y a la vez beneficiario de la farándula, es bueno recordar esto. Recordarlo sólo entre paréntesis, porque los méritos de Patricia Verdugo no radican ni se vigorizan a costa de insuficiencias ajenas.
Algún viejo profesor suyo la recuerda, recién llegada a la Escuela, en la Universidad Católica. Tenía cara de niña al aparecer. No fue la única, pero a ella, ese rostro y esa expresión limpia no se los pudo quitar ni la muerte. Ojos grandes, oscuros; sonrisa lisa y llana; un pelo intensamente negro, que se volvió blanco a los no muchos años. Ya entonces escribía bien: ágil, directo al grano (salvo, tal vez, alguna que otra escapada sentimental de su estilo; no siempre supo aguantar las ganas). Desde las primeras publicaciones se le notó el afán de aportar a la construcción de una verdad social. Cualquier comunidad auténtica y sana necesita creer que esa verdad existe y que, además, nunca debe ser propiedad de nadie.
La verdad es aventurera. Quienes se imaginan ser dueños de ella suelen equivocarse, en parte al menos. Siempre contiene ingredientes de paradoja. Llega a ser, incluso, contradictoria. Tiene la espontaneidad de lo extraoficial. Con ella -sin embargo- se pueden construir mentiras dañinas, como las que combatió en vida Patricia Verdugo. Y hay una de esas mentiras que no podrá sobrevivirla: la que permite a algunos que no la tragaban hacer gestos de pésame sin los actos de contrición que serían inevitables.