
Miércoles 30 de enero de 2008
No hay nada mejor que llegar al pequeño hogar a por una buena ducha con heil and others y el líquido mapóchico te va rodeando las patas de Tribilín. La ducha divina. La poeta Cecilia Vicuña baila twist en la playa de Ritoque para que retornen las machas. Es su notable poética del vivir. Por esas playas se paseó su novio Claudio Bertoni, quizás echándola de menos y recogiendo zapatos huachos que arrojaban las olas, las siete u nueve olas reventando en esa orilla larga.
Hay un libro de la Virginia Woolf que se llama como esas montañas de agua que se mueven como el universo de un castillo de arena que el padre ayuda a construir a sus pollos.
El agua a veces sobrepasa las murallas e inunda algunas las calles de la aldea de los millones de granos luz. Xavier y el Extrañón recuerdan cuando ellos eran pequeños y vulnerables. Las lecturas y los juegos de infancia. Se los ve alegres al otro padre con su princesa diaguita capear las olas y hacer tablas humanas. El sol ilumina los paraguas de las gentes enterradas en el casi infinito arenal que queman las patas que llega trotando a la escalera de cemento, allí ante las olas y el viejo pinoaraucaria. Al son del pan de huevo calientito. Al entrañable abrazo playero.
O la pandilla de la calle Los Lirios descansando en la tranquilidad del rito de hace 40 años y viniendo desde la desembocadura del Aconcagua los pelícanos tan antiguos y los toños morenos con los ojos en el salado mar. Ora cerrándolos al sentir la ola pasar por sus cuerpos. Abiertos para ver cómo viene la otragua encrestada y blanca. El oleaje eterno en el verano movido de la orilla.
Los pies y las huellas y las plantas de los pies aullando de placer. Y Claudio Rodríguez pintando el roquerío ritocano junto a su perro Yagán, que habita una de las casas de la ciudad abierta-cerrada, que a veces respira como las olas de esas playas litoraleñas, como cantan Los Jaivas desde la radio a pilas sintonizando Ritoque FM.
Y Cecilia Vicuña teje entre los que fuimos a las dunas hace un siglo y su amigo Jerome va cantando como un sioux. Va entrelazando una lana efímera entre los que sentados escuchábamos mirando el enorme mar de Concón. Contra pensamientos colonizados que nos tienen ahogados en Latinoamérica, va diciendo sin decir. Y como Virginia Woolf, parece ir tejiendo urgente contra la guerra, que es uno de los sinónimos de la muerte que el hombre nos dejara también el XX.
"Las olas rompían en la playa" como las vidas de estas personas citadas. Esas que por la mañana aparecen mansas y súbitamente crecen y presagian atención a los bañistas y parecen advertir que al mediodía se puede nublar y el gris de la garuga atómica podría acabar nuestros juegos a pies pelados.
Las olas son el reflejo de nuestros ánimos de orilla. Son las lenguas de los hombres que vamos lamiendo la existencia agradeciendo el milagro de vivir. Son la respiración de la madre mientras nosotros, cual diminutos astronautas, le ayudamos a pintar su cuarto propio.