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  El abuso del data

Domingo 3 de febrero de 2008

De las extrañas lecciones, las perversas, del último Festival Santiago a Mil está el creciente uso y abuso del data, de la proyección de imágenes y datos cuando no funcionan otros lenguajes.

Es lo mismo que vemos en congresos y presentaciones donde el PowerPoint reemplaza la brillantez, el discurrir intelectual, la inteligencia, cediendo al encanto de las imágenes y permitiendo ser una especie de gran torpedo electrónico para el conferencista que no necesita más que leer lo proyectado.

En las obras del último enero habitó frecuentemente el escenario la proyección luminosa y difusa del data que, ya lo sabemos, es una especie de cuasi cine, y con eso solamente ya compite con el poder del lenguaje teatral y arma un enredo semántico que debilita a ambos mensajes y suele imponer el idioma directo y simplón del data, por ingenioso que sea su contenido e incluso por eso mismo.

Bien hecho, un data expulsa del escenario al teatro y deja expuesto en su precariedad el lenguaje escénico, el cual, por definición, es irrepetible. Como decía un amigo, el único arte que no se puede piratear. Los que hemos intentado seguir la trayectoria teatral de un grupo mítico nos damos cuenta que las filmaciones son un insulto y no dan cuenta sino por aproximación de lo que pudo ser o estar ahí.

El teatro es de vida o muerte. No se reemplaza por nada. Hay que estar en el meollo del asunto, hay que sentir la corporalidad infringida, el peligro del actor, el abismo del salto al foro, el riesgo del patio de butacas, la proeza de la voz. Incluso el micrófono, que alivia mucho y compite menos con el teatro, es un detalle que quizás inhibe la presencia del gran actor, de ese instrumento privilegiado que entrena laringe y músculos para convertirse en el fantasma de Hamlet que se convoca delante de nosotros.

Pero el data enfría, enfría, enfría. Combinado relata bien, informa, es como una señalética de la trama, pero no encanta. Vemos "El pequeño violín", un espectáculo infantil que, por suerte, confía en los disfraces y en la simpatía de sus personajes, sus actores. El data, esa proyección digitalizada, no está por ninguna parte.

Es más divertido el letrero pintado, el gesto teatral confeso. Lo converso con algún amigo y me dice la frase fatal: para allá vamos. ¿Hacia dónde? ¿Hacia convertirnos en un cine borroso donde no hay negro y la definición es pobre? ¿Estamos abandonando el teatro? Me temo que hay algo de cierto.

Pero también confío más en un teatro de riesgo que de espectáculo audiovisual, que parece ser otro género; un híbrido muy recomendable, pero que deja fuera la maravilla de la presencia, de la faena taurina que es la escena, de ese gran salto al fuego que hace el bailarín o el actor y que en la pantalla no tiene el mismo sentido.

El data o la proyección huele a truco. No se puede ver a un mago en el cine, hay que verlo en vivo y en directo. Y el teatro es magia en estado puro. La aparición del personaje, de su emoción quemante. Los mejores espectáculos suelen capturar esa emoción sin necesidad de proyecciones.

Sin PowerPoint el conferencista gana en entrega, en contacto, con el espectador y con la materia que trata. Improvisa como el gran actor, le da peso intelectual y brillo a su trabajo. Piensa en voz alta. No viene ya digerido por la gráfica, tan bonita y divertida, pero al mismo tiempo empobrecedora.

* Director de la carrera de Literatura de la Universidad Finis Terrae.

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