
Domingo 3 de febrero de 2008
"¿Quién vigila a los vigilantes?", se pregunta "Watchmen", la maravillosa novela gráfica de Alan Moore. Obra que deberían leer todos aquellos que subestiman el cómic de superhéroes.
En una sociedad adicta al monitoreo, los chilenos promedio esos que nos provocan un profundo sentimiento de vergüenza ajena cuando responden encuestas han entregado sus vidas y valores a cierta especie de Estado policíaco, al menos a nivel mental.
Desde el crecimiento geométrico de la industria de las alarmas a la negación a relacionarse o saber siquiera quién cresta es el vecino de uno: vivimos tan rodeados de pacos de espíritu que a nadie le alarma aquel titular de que los skinheads odian a los pokemones.
Es más, el tema es el odio a los pokemones odiar es añejo, lo hicieron con los hippies y el rock and roll , no la existencia de cabezas rapadas que imponen su ley en nuestras calles como Pedro por su casa. Toleramos la intolerancia porque la consideramos un juego, pero después andamos quejándonos de la violencia de aquellos crímenes terribles de los que la televisión se alimenta como ave carroñera.
En medio de esta ensalada de valores sin valor, en el extranjero y también en ciertos columnistas de epidermis conservadora aparece el debate sobre los derechos y la privacidad en internet, donde los dardos apuntan a Google y su incapacidad de olvidar.
Todos nuestros errores y vergüenzas registrados en la red desde fotos porno íntimas hasta golpizas entre colegiales que dejan serias secuelas en escolares se están transformando en un verdadero cacho para mucha gente.
En pleno asunto "Wena N.", la mayoría de las discusiones iba por el lado de la inconsciencia y la posibilidad de hacer lo que se me da la gana sin importar lo que se viene.
Pero el registro, la memoria, son valores en casi todas las sociedades desarrolladas, cuestión que en nuestro Chile casi no existe: de elección en elección nos meten el dedo en la boca, de puro olvidadizos que somos, y las dictaduras materiales y espirituales nos imponen la idea de lo importante que es mantener las cosas como están, aunque estemos hechos mierda por dentro.
Cuando los vigilantes espirituales se sienten vigilados, y sus pecadillos y contradicciones quedan a la vista, listos para ser criticados, es cuando sienten miedo de las nuevas tecnologías. Porque nadie es un señor de la verdad y el buen vivir todo el día. Al fin y al cabo, todos tenemos un rincón donde expulsar nuestros impulsos de la forma que queramos.
Y el problema no es que Google guarde los datos, sino el criterio de quienes lo usan. Las calumnias y las mentiras no se pueden filtrar mientras nuestros ciudadanos tengan su seguridad interior y confianza secuestradas por los rottweiler del consumo y el conocimiento.
Por eso nos endeudamos como locos, para poder capturar el momento en que vivimos. Y por eso también nuestras plazas se mantienen vacías, porque no sabemos cómo llenarlas de recuerdos. Por eso me gusta Google, porque vigila a los vigilantes. El que nada malo hace, nada teme.