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  La fiesta inolvidable

  La fiesta inolvidable

  Si el origen de la palabra recordar es "traer al corazón", Gato hace ese ejercicio con un hombre que amaba los atardeceres de Ñuñoa y el rito de tomar té. Habla de sus análisis del plantel de Colo Colo o de la "fidelidad perruna" de Jimena Pacheco, su "mágica" secretaria personal. Gamboa hace una finta a la muerte con el único recurso que tenemos los hombres: la memoria.

Domingo 3 de febrero de 2008


Hace unos días, en el Hospital de la Universidad Católica, no me dejaron entrar a la sala donde Volodia Teiltelboim reposaba y sufría luchando contra la muerte.

Todas las mañanas, a las nueve en punto, llegaba a la clínica para constatar, de cuerpo presente, si este gran hombre, si este gran político y maravilloso escritor había ganado su lucha causada por una gravísima descompensación de salud.

Yo lo miraba con gran cariño y creo que así lo hacían todos, pensando que estas dosis de ternura y amor que entregaban sus amigos le servirían para ganar la batalla por la vida.

Sin embargo, supe que habíamos perdido. Y para no ponerme a llorar empecé a armar y revivir episodios donde nuestras vidas caminaron juntas, donde siempre Volodia llevó el estandarte de la amistad, del talento, de la convivencia y hasta de la discusión, donde sus ideas políticas, por extremistas que parecieran, siempre se afirmaron en cosas reales de la vida.

De ese hombre, de ese político, de ese amigo del alma me voy a permitir pasar revista a algunos recuerdos. No voy a reactualizar los temas políticos. Eso lo hará seguramente ese sartal de expertos comentaristas que han aparecido como nata en estos últimos tiempos. Voy a recordar cosas de la vida, donde siempre Volodia, quisiera o no quisiera, era un indiscutible primer actor.

Dos cosas simples lo apasionaban: conversar y caminar, o si quieren al revés: caminar y conversar. Recuerdo, por ejemplo, que un día lo fui a entrevistar. En ese tiempo recién se había cambiado a la calle Montenegro, en el corazón de un barrio de Ñuñoa. Era invierno y hacía frío en las calles.

Todo cambió cuando llegué y entré a su casa, porque estaba deliciosamente calefaccionada. El living-comedor de su nuevo hogar era bastante grande y lo había llenado de muebles simples y las cuatro murallas las ocultó y tapizó con libros desde el suelo hasta el techo. Los que sobraron le sirvieron para taponear las mesas y repisas y dejó, para su uso personal y de sus visitas, una sola mesa chica y cuatro sillas. Cuando llegué estaba recién empezando a tomar té.

Usted me va a perdonar, don Gato, pero esta ceremonia de tomar té no la cambio ni a balazos. Siéntese a mi lado. Jimena llamó a su secretaria , sírvale un tecito a mi amigo y nos ponemos a conversar.

Le hice caso. Me senté a su lado, saqué mi libreta de apuntes y me dispuse a escucharlo. Le apunté medio a medio. Habló casi todo el tiempo solo.

Me contó el porqué se había cambiado de casa, por qué tenía tanto libro sobrante, dónde y cuándo iba a comprar varios estantes para ordenarlos y después puso el acento en el team de Colo Colo, al que analizó al revés y al derecho para terminar invitándome a caminar, durante el atardecer, por las calles del barrio.

No salimos a caminar ese día, pero nos pusimos de acuerdo para hacerlo en el curso de la semana, porque, felizmente, yo también vivía en ese lindo y tranquilo barrio.

LOS RITOS

Caminar por las calles de Ñuñoa, en los atardeceres junto a Volodia, era otra fiesta inolvidable. Había que cumplir, eso sí, algunos ritos permanentes. Llegar a su casa a la hora exacta, llevarle los diarios de la tarde con todas las copuchas del día y estar muy bien informado del acontecer político, porque ése era su tema predilecto.

Sin embargo, todo eso no pasaba de ser una pose. Durante la caminata, las cosas cambiaban y sólo había que escuchar lo que él decía y comentaba. Se apoderaba del micrófono, por así decirlo, vale decir hablaba solo y no callaba jamás. Sabía de todo, arte, pintura, política internacional, política chilensis, deportes y hasta conocía los nombres de los mejores pingos de la hípica criolla. Valía la pena.

Volodia, para mi gusto, tenía encanto, era convincente, sus argumentos resultaban irrefutables; en resumen, era sabio en todo. Esa caminata, por lo tanto, valía oro puro.

Y vamos a otra cosa. Si hablas de lo que hizo o no hizo Volodia, jamás podrás olvidar ni ignorar lo que hizo o no hizo Jimena Pacheco, esa secretaria mágica que no sólo ha ordenado el trabajo literario de toda la vida del político y literato comunista, sino que en los últimos años fue la guía casi absoluta de su vida.

Jimena lo llevó a la clínica, preocupada por la fiebre y la tos que lo estremeció después de asistir a los funerales de la Pata Verdugo. Ella ha sido la que ha estado a su lado, cada día y noche, con una abnegación que estremece, velando por su mejoría casi sin perder las esperanzas y pensando que, una vez ganada esta terrible batalla, volverían juntos a trabajar en terminar y perfeccionar los libros pendientes para cumplir las metas que se habían trazado.

Jimena cumplió en estos días casi 20 años como secretaria al lado de Volodia. Todos los planes literarios, todas las inquietudes creativas que tienen los literatos, todos los vaivenes y vicisitudes políticas, las compartió y las asimiló. Vivió al lado de su jefe, y sus afanes los hizo casi suyos. Tuvo en ese campo una fidelidad perruna.

Y lo hizo tan bien que se permitió opinar sobre los temas y ordenar las tareas como si fueran propias. Le preguntamos: ¿Y cuánto tiempo ha estado trabajando con la mente, el espíritu y el alma al lado de este superman?

Muchos años. Empecé a trabajar a su lado el 1 de noviembre de 1988.

- ¿Y todos esos años sin un sí y sin un no?

- A un hombre tan bueno, tan sencillo y tan inteligente no se le puede negar nada aunque pasen 20 años más.

- Vale decir que esa convivencia, entre ese hombre sabio y esa mujer sencilla, ¿no aceptó quiebres ni rupturas?

- Le voy a contar una cosa para que se quede definitivamente tranquilo. Hace poco más de un año tuvimos una diferencia seria al discutir la forma en que haríamos un trabajo literario. A mí no me gustó su enfoque ni su obstinación y le dije que hasta ahí no más llegaba nuestro trabajo conjunto y nuestra amistad. "Me voy", le dije muy seria. "Me voy y de este asunto no hablemos hoy ni nunca más". Me quedó mirando sorprendido, sus ojos se nublaron y con voz temblorosa me sentenció: "Si me dejas ahora, me suicido".

Eso sería todo...

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