
Sábado 9 de febrero de 2008
No le faltan argumentos a Nabih Berri, presidente del Parlamento libanés, para justificar los aplazamientos, semana tras semana, de la elección de un Presidente de la República. Y tampoco les faltan circunloquios a los emisarios extranjeros para disfrazar el fracaso de sus misiones de intermediación en el Líbano.
Los protagonistas de la crisis libanesa se han vuelto maestros en los alegatos antagonistas que hacen que los problemas se sigan arrastrando. Todas las perífrasis y otras interpretaciones y contra-interpretaciones de los hechos, no obstante, son incapaces de ocultar una realidad cada vez más evidente: el estancamiento es total, reflejo que multiplica las numerosas crisis regionales a través de los vectores locales.
Para justificar el décimo tercer aplazamiento -del 21 de enero al 11 de febrero- de la sesión del Parlamento destinada a elegir a un Jefe de Estado, Berri optó por la amnesia voluntaria.
Afirmó querer darle una oportunidad al "diálogo" que apenas se ha entablado entre la mayoría y la oposición parlamentarias a propósito del plan para salir de la crisis, propuesto el 5 de enero por los 22 países miembros de la Liga Árabe.
Pero esto era olvidar, o fingir olvidar, que desde hace más de un año han fracasado todos los "diálogos" del mismo tipo, sin importar quién haya sido el iniciador: Amr Moussa, secretario general de la Liga Árabe, algunos miembros de las dos partes libanesas en conflicto, o incluso Bernard Kouchner, ministro francés de Relaciones Exteriores.
DEL DICHO AL HECHO
Moussa maneja los eufemismos a la perfección. En lugar de la palabra "estancamiento", él prefiere decir "puertas cerradas que podrían abrirse algún día", no sin haberse visto obligado a admitir, al término de su reciente tercera visita al país de los cedros, que "las dificultades anidan en todos los rincones y recodos del caso libanés", cuya solución "requiere todavía de mucho trabajo".
Pocas semanas antes, Bernard Kouchner había reconocido, después de siete misiones a Beirut, que los progresos logrados podían ser puestos a juicio en cualquier momento. No se equivocó.
La ironía de la historia, en el punto en el que está la crisis, es que la identidad del futuro Presidente de la República no es ningún problema. Por lo menos si nos atenemos a las declaraciones de la mayoría y de la oposición. En efecto, las dos partes han apoyado verbalmente al comandante en jefe del ejército, el general Michel Sleimane, como futuro Jefe de Estado.
Pero bastó que la mayoría gubernamental renunciara a sus candidatos iniciales y aceptara al general Sleimane como candidato de conciliación, para que éste se volviera sospechoso a los ojos de la oposición, aunque era uno de sus candidatos favoritos.
Las dos partes han manifestado también su apoyo al plan propuesto por la Liga Árabe. Pero del dicho al hecho, sus respectivos caminos han sido divergentes. Es un caso de exégesis.
REPARTOS CON PEROS...
El plan árabe dispone que, una vez electo Sleimane, se formaría un Gobierno de unidad nacional, en cuyo seno el Jefe de Estado tendría el papel de árbitro, a través de ministros seleccionados por él mismo.
Así, la mayoría se vería privada de la facultad de tomar decisiones unilaterales, y la oposición de la posibilidad de bloquearlas. Al menos oficialmente, las dos partes dijeron estar de acuerdo.
Pero, para los opositores, esto significa un reparto de las carteras ministeriales por partes iguales entre los tres componentes del Gobierno. Algunos de ellos, sin temer a las disonancias, incluso siguen reclamando su derecho a una minoría gubernamental de bloqueo. Y todos amenazan con multiplicar las formas de protesta si no se satisfacen sus demandas.
Por su parte, sus adversarios exigen un número de carteras correspondiente a la mayoría que representan, es decir, necesariamente superior al de la oposición. Después del episodio de las querellas constitucionales -que podrían volver a activarse-, esta batalla de cifras con la que se topa Moussa, como Kouchner antes que él, así como las invectivas intercambiadas entre los dos campos, son en gran medida reflejo de las tensiones externas.
EL FACTOR SIRIO
El plan árabe traducía un compromiso -al menos así lo creyeron los libaneses- entre Arabia Saudita y Siria, que desde hace tres años se llevan a matar a causa del Líbano, pero también de Irak y de Palestina. El régimen de Ryad pretende ser imparcial, pero apoya a la mayoría libanesa. Damasco aporta un apoyo incondicional a la oposición, cuya columna vertebral, el Hezbollah, revindica en voz alta una comunidad de intereses y una alianza estratégica con las autoridades sirias e iraníes.
La débil esperanza que suscitó en el Líbano el acuerdo sirio-saudita se debía a la convicción de que Damasco soltaría lastre, para garantizar el éxito de la cumbre árabe, que habrá de celebrarse en marzo, por primera vez en su territorio. Esa esperanza no tardó en evaporarse, revelando que el acuerdo sirio-saudita a propósito del Líbano estaba mal estructurado.
Por lo demás, Siria no se privó de decir, por voz de uno de sus ministros, que no sacrificaría sus propios intereses en el altar de la próxima cumbre árabe. Y algunos de sus amigos en el Líbano no vacilan en declarar cada vez que pueden que la elección de un Presidente de la república no reviste ningún carácter de urgencia, pues la presidencia está vacante desde el 24 de noviembre de 2007.El consejo de ministros reunido se ocupa del interinato, pero todos sus actos y gestos son criticados por los opositores, que lo consideran ilegítimo.
Hasta el momento, la crisis ha estado tachonada con riñas limitadas entre los partidarios de esas dos partes y de actos terroristas puntuales. Los más espectaculares de éstos a la fecha han sido el asesinato del general François Al-Haj, presunto sucesor del general Sleimane a la cabeza del ejército; los dos atentados contra un vehículo la fuerza provisional de la ONU en el sur de Líbano y otro contra la embajada estadounidense en Beirut. Sin mencionar las refriegas que causaron ocho muertos en Beirut el domingo pasado.
Al expresar sus temores de que se produzca un deterioro generalizado de la seguridad, el general Sleimane confió recientemente a unos visitantes: "Siento que estamos en presencia de una bomba de tiempo, y que me dedico a retrasar su explosión o más bien a desactivarla. Pues esa explosión no respetaría ni al ejército, ni a la resistencia (Hezbollah) ni a la patria".