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  "Pertenezco al bando de los inútiles"

  "Pertenezco al bando de los inútiles"

  Ubicuo como los ángeles, Santiago Elordi vive al mismo tiempo en Londres y en Santa Marta de Liray, en Colina. Creó junto a Cristián Warnken la empresa "La dicha verdadera", que hacía poesía por encargo para matrimonios y despedidas fúnebres, y ese periódico de títulos raros llamado "Noreste" que asoló los quioscos en los años ochenta. Ahora hace muchas cosas, pero sobre todo prefiere no hacer nada. Siempre que no sea domingo.

Domingo 10 de febrero de 2008

 Al fondo, dos caballos ligeros, ingleses: primer aproach. Después, una casa blanca y baja, puertas de derribo, todo de una pureza salvaje. En los noventa, Santiago Elordi (47) anunció el desembarco de los ángeles en un programa de radio, pero ahora todo eso le suena pretencioso. "¡Me parece insoportable!", dice con una voz casi tronante. Tiene pinta de niño bien, de colegio caro, y de tipo sin edad. Una edad interminable, de rockero. Él, que siempre fue visto como un enfant terrible. En fin, que después de la publicación de su libro "Los ingleses de Sudamérica", donde hay una carta de autoinvitación a Buckingham Palace dirigida a la Reina Isabel de Inglaterra acusa recibo de una crítica nula. "Primero que nada, me gustaría establecer que no hay crítica en Chile. Yo una vez conversé eso con Nicanor Parra. No hay crítica", asegura el poeta, convencido.

-¿Hay niebla en Londres?

-No mucha. Es una sociedad muy transparente y pluralista. Siendo muy clasista desde sus orígenes, convive con las diferencias. En Londres me siento como Pedro por mi casa, me siento bien cuando salgo a la calle, con los árabes, los hindúes, con la vieja del pub, y en los clubes privados donde no dejan entrar mujeres. Me da risa, me encanta la diversidad... Para mí el viaje es una actitud mental, un paradigma de la imaginación.

-¿Tienes el déja vu de los viajes?

-Sí. En el norte de Vietnam me sentí en el sur de Chile; en una esquina en Londres me siento como si estuviera ¡en Vicuña Mackenna!

-Hay un centro cómico en tu libro, que está en el título: "Los ingleses de Sudamérica". En Inglaterra, por supuesto, no existe esa categoría.

-No somos los ingleses de Sudamérica.

-¿Le vas a mandar esa carta a la Reina?

-Sí, la estamos traduciendo. Pienso que va a leer el poema de este chileno que le quiere hablar, porque en el fondo tiene una gran nostalgia, controlada, eso sí, de una cierta tradición, de ciertos elementos que le digan ésta es la cancha de juego y no es otra.

ENREDARSE LA VIDA

"A veces estoy muy retirado, escribiendo. He tenido vidas burguesas y vidas más locas y aventureras. Puedo estar en la cantina de Liray en la noche, con los huasos de acá, o en un club de Santiago, y después en la selva. Es una cosa que me sale natural. Cuando estaba en segundo, tercero medio, viajé con Gonzalo Ilabaca a Brasil, a Perú. Era difícil, hacíamos dedo a un gallo que se había robado el auto, otro quería comprar pitos y llegaba la policía, siempre estábamos metidos en problemas", cuenta.

-¿Era una opción problemática?

-¡La opción de enredarse la vida! Para conocer el mundo. Pero no quiero ser el poeta viajero tipo Blaise Cendrars, es muy peligroso hacer un mito de ti mismo. Ahora estoy escribiendo para una lectora que puede ser Kate [su mujer]. Algo que no sea muy meloso, que tenga cierto escepticismo. Creo que en los últimos 20 años vivimos el siglo de oro de la poesía chilena, y la crítica ni se ha dado cuenta.

-¿Los críticos te han ninguneado?

-Absolutamente.

-¿Te ha dado lata?

-Me ha molestado, lo he pasado por alto, he estado muy solo. Y he seguido trabajando. Londres es como la Torre de Babel, tienen a Shakespeare y 25 Premios Nobel: no están desesperados. Nosotros estamos en una avalancha aspiracional, triste. Todo es exportar paltas a China y cuánto ganaste en la pasada. Y son pobres las críticas y las propuestas creativas. Somos pencas.

-¿Dirías que la cultura chilena necesita una empresa tipo "La dicha verdadera"?

-Sí. Mira, en Italia, si un empresario se hace rico, regala 300 mil dólares a una fundación de pintura. Aquí se murió Angelini y se llenó la iglesia, ¿pero cuántos millones dejó para la cultura? En cultura se invierte poco, han pasado 20 años desde la dictadura y seguimos con el destapismo. ¡Parecemos imbéciles destapándonos, destapándonos de qué! Todavía seguimos que el sexo, que la cosa, que el poema que habla de los genitales. ¡Y eso es pa cabros chicos!

INÚTILES DEL MUNDO, UNÍOS

-En un poema hablas de los domingos. A pesar de las visitas inglesas, de escribir, de tus hijos y tu mujer, igual están los domingos.

-Los domingos son terribles. Me vienen todas las penas y digo: ¿qué hago yo escribiendo? ¿Por qué estoy haciendo poesía en un mundo donde no importa? ¿Cuál es mi destino económico, qué tengo? ¿Cuál es mi isapre? Los domingos quisiera tener un trabajo y saber que el lunes voy a cumplir un horario. Hay una especie de detención: nadie está trabajando, y yo puedo disfrutar de la vida mientras todos trabajan, me parece bien, me siento liberado, diferente. Pero el domingo, cuando todo está detenido y soy uno más de los detenidos, no. Es terrible.

-¿Cuánto importa que no haya recepción crítica?

-Para ser honesto, espero que lo que escribo tenga un feedback con el lector. Y eso es una trampa: los escritores se preocupan de tener un cuerpo teórico al lado. Además de escribir, tienes que hacer una carrera literaria y eso significa ir donde el crítico, o nunca vas a ser valorado por tu creación. Los escritores que han hecho carrera en Chile han tenido unos cuerpos teóricos que los avalan, y yo no. Hay que tener cuidado con esto del embajador cultural, representar a tu país; todo eso te quita rebeldía, creatividad, frescura, y yo quiero romper algo, decir algo. Mucho coctelito y mucho saludar a la gente no. Me interesa todo lo que sean empresas inútiles. Ése es mi rubro. La poesía es una empresa inútil.

-¿Inútiles del mundo uníos?

-Yo pertenezco al bando de los inútiles del mundo uníos, a los poetas de la nada, tengo tendencia a hacer cosas inútiles y me va bien en eso. Estoy terminando un documental sobre el ocio, y al final no se sabe si el andaluz tirado bajo el olivo es mejor que el alemán que se saca la cresta para ir a Andalucía solamente una semana. Que el espectador saque sus conclusiones. El ocio es sentarse con un amigo a conversar sobre ningún tema. Dejar que pase el tiempo, gozar los encuentros, normalmente acompañados de alcohol, que inhibe a los neurotransmisores útiles. Yo privilegio el alcoholismo en la creación.

-Con Cristián Warnken hicieron muchas cosas juntos. ¿Rompieron?

-Tomamos caminos distintos. En un momento fue un quiebre y ya no. Cada uno sabe donde está y hay respeto total.

TRAS LA RUTA DE FAWCETT

Elordi, junto a Kate Cambell y un equipo de cineastas, filmaron un documental sobre Percy Fawcett, un explorador que se perdió en 1925 en el Amazonas buscando El Dorado. El tipo inspiró el personaje de Indiana Jones, y a sociedades esotéricas y hippies que viven en el Mato Grosso. Elordi recorrió Brasil con un zapato huacho en la mochila: se lo calzaba a presuntos conocedores de la ruta de Fawcett. Pero este verano escribe una novela sobre un británico de 80 años que compra a una mujer en Camboya y al final llega a Chile. "Está basado en alguien que conocí, un gran bebedor que tiene en su bastón una probeta hasta el suelo, llena de whisky".

-¿Y lo del desembarco de los ángeles, tú lo creías?

-Un escritor, Bennett, dice que entre creer y no creer hay que creer en todo, pero no tanto tampoco. No me obsesionan ni los ángeles ni el mundo paralelo, ni la metafísica, ni el espíritu. Me asombra más la realidad, la volada que hay aquí. Antes la volada mía estaba siempre en otra parte. Ese tema ahora me parece insoportable; es pretencioso y trasnochado y mesiánico, no lo soporto. Me suena a autoayuda, a íconos fáciles para cosas que hay que entender con la razón también. Tengo un lado budista, pero un lado, nomás, y una parte escéptica, atea... Y me carga esa idea del escritor como el tipo que se inmola, que es un infeliz. Que si todos lo pasan bien, él no, no puede ir a jugar fútbol, ¡y la palabra felicidad le repele! Tampoco voy a decir que todo es fantástico y que hay ángeles, pero el culto al feísmo se impuso en Chile: hablar mal, hacer relaciones mediocres, el huachaquismo, no hay estilo para nada. Prefiero mil veces que la Reina me invite a comer a Buckingham Palace. LND

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