
Domingo 10 de febrero de 2008
Es verano y más de 100 personas hacen las dos colas que hay dispuestas en el ingreso Maratón del Estadio Nacional. Da la sensación de que la gente estuviera comprando entradas para ver un partido entre Perú y Chile por las eliminatorias al Mundial de Sudáfrica. Pero no todos los que aquí están son peruanos, como dice don José, el limeño que se pasea con un carrito de supermercado lleno de Inca Kola.
-También hay africanos -advierte sin dejar de moverse y renguear.
Miro para todos lados y, antes que pueda decir algo, don José arremete:
-Vinieron tempranito. Ya se fueron.
Don José dice que ya hizo su trámite de regularización y que agradece a Policía Internacional, a Migración, a la Presidenta Bachelet y a todos sus compañeros por esta amnistía que cubre a todos los extranjeros ingresados antes de octubre de 2007. Quedo observando a don José, que parece ser toda una personalidad por acá. De hecho, las mujeres que están a cargo de los puestos de comida lo saludan, bromean con él y le preguntan si tiene dinero que les cambie. Don José se remite a coquetear y a responder las bromas.
-¿Qué opina del conflicto de límites entre Perú y Chile que llevó a ambos países a La Haya? -consulto para salir de la anécdota, como habría escrito Juan Manuel Vial si hubiese despertado después de su zambra.
-Este problema es una cortina de humo lanzada por los políticos de mi país para tapar la corrupción.
-Si de usted dependiera, ¿cambiaría los límites o los mantendría tal como están?
-Los mantendría.
-De cambiarlos, habría más cebiche para Perú -apunto.
-Sí, pero yo vivo en Chile.
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| Jimmy Gicelis es capturado por la web cam de extranjería. |
Cómo quieren en Chile
Después de hablar con la señora Olga, encargada de uno de los puestos de comida, y de señalarme su esperanza que con la cédula de identidad se acaben las "batidas", o redadas, y la persecución de que son víctimas de parte de Policía Internacional, avanzo por la fila y llego hasta la caseta en donde un funcionario de Extranjería toma la respectiva foto a uno de los tantos inmigrantes, en este caso Jimmy Gicelis. Lo hace con una webcam, pero cuando converso con Jimmy, el funcionario, amable, le dice:
-Oye, ¿vai a dar la entrevista o contestar la pregunta que te hice?
Jimmy, quien trabaja como garzón en una pizzería de Las Condes, acata la orden de porque no quiere problemas. Cuando termina su trámite intento hablar nuevamente con él, pero me dice que tiene que volver al trabajo. En ese momento recuerdo lo que escuché el lunes pasado en la Plaza de Armas de boca de un chileno: "Estos cholos vienen a flojear o a quitarnos la pega". Imagino cómo se pueden hacer las dos cosas a la vez. Dejo de pensar en ello cuando observo a una mujer de tez blanca formada en la fila. Es delgada, luce lentes y no parece peruana, al menos eso dicta mi prejuicio. Al lado de ella hay un tipo escuchando "Billy Jean", de Michael Jackson. Me doy cuenta de que no son pareja. La mujer se llama Jessica y, para mi sorpresa, es brasileña.
-¿A qué te dedicas en Chile? -consulto.
-Soy casada.
Me sorprende la respuesta de la mujer, ya que no aparenta más de 30 años y ser casada nunca ha sido una ocupación... Aunque en los tiempos de mi madre sí.
-¿Te gusta el fútbol?
-Juego fútbol, al menos lo hacía en Brasil. Ahora voy al Estadio Palestino, a veces.
Si le gusta el fútbol pienso que a lo mejor ubica a Jorge "Mago" Valdivia, así que le pregunto por él.
-Buen profesional, pero muy altivo y agresivo en la cancha.
Puta, y yo que creía que era un crack. La ingenuidad del chileno frente al brasileño, ahora fuera del estadio.
Viva Colombia
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| Mario y Javier, los colombianos anti FARC, escoltan a una bella compatriota. |
-Es una bobada -asegura , porque los mismos papeles que estamos pasando son los que entregamos al entrar a Chile. Si yo no he salido de Chile en dos años, ¿cómo podría cambiar mi situación judicial en Colombia? Además, esto nos hace madrugar e ir al consulado, pagar más dinero y sacar más papeles.
Imagino que este requisito se explicaría por el eventual ingreso de miembros de las FARC, lo que supondría una discriminación hacia, como diría Hugo Chávez en algún discurso populista, nuestros hermanos colombianos. Y como la semana que pasó hubo una campaña mundial contra las FARC, le pregunto a Javier por eso.
-Las FARC antes eran rojas, le robaban a los ricos para darles a los pobres. Hoy las FARC les roban a los ricos para quedarse con el dinero.
-Ah, eran unos Robin Hood.
-Ahora son una narcoguerrilla.
-¿Una foto? -propone Esteban.
-Nooo, ¿para que luego alguien me declare objetivo militar?
Insisto, pero Javier agrega que no es sólo por él que no acepta la foto, sino por su familia que todavía está en Colombia. Para tranquilizarlo le digo que hace un tiempo leí una crónica de Alberto Salcedo Ramos, un compatriota suyo, que contaba la realidad de un pueblo llamado Tumaco, del que han salido casi dos mil futbolistas profesionales, entre ellos el legendario Willington Ortiz: "Luis Antonio Biohó consideraba que quien es incapaz de contonear la cintura al ritmo de un tambor, tampoco podrá eludir a sus rivales en la cancha. Desde entonces, los tumaqueños tienen un sentido musical del fútbol".
A veces no somos un solo continente
Llevo más de dos horas acá y la instrucción de mi editor es hallar ciudadanos que no sean americanos. "Ojalá rusos o africanos", me recomendó. Pero aún no encuentro a ningún ruso o africano. Los africanos vinieron en la mañana, fueron las palabras del peruano que rengueaba y que ahora retumban en mi oído bajo este sol abrasador. De pronto un mulato, o ya no un mulato, sino un hombre de color azul casi negro, se forma en la fila. El hombre es alto, tiene los ojos rojos y lo acompaña un diminuto peruano que las oficia como intérprete.-Me llamo Olipson Saintuma y soy de Haití dice.
A Olipson le cuesta hablar y entender español.
-Creo que si sigo escuchando español -agrega a modo de epigrama-, hablaré español.
El diminuto peruano sonríe, porque la interpretación consiste en descifrar un simple lenguaje de manos.
-¿Te gustaría volver a tu país y ver a tu familia?
-Tampoco.
Ahora quiero consultarle por su piel azul casi negra y sus ojos rojos, pero me abstengo y me alejo de él y abordo a unos abuelitos que, literalmente, se estrellan conmigo. ¡Crash!
-Disculpen.
Los abuelitos aceptan mis disculpas y enseguida se presentan como Fabiola y Mario Sáez, ciudadanos bolivianos que llevan viviendo cinco años en Chile y que, pese a su buen carácter, se ven molestos.
Salió una disposición del Ministerio del Interior que decía que las personas de la tercera edad podían regularizar su estadía presentando la cédula de identidad señala don Mario . Pero cuando llegamos a la ventanilla nos informaron que esto ya no es así y que necesitamos un certificado del consulado.
-Aquí -complementa doña Fabiola- debieron haber instalado tres o cuatro escritorios de informaciones. Y digo esto porque ambos somos jubilados de la Cancillería de nuestro país.
-Ah, ¿y cómo funciona la Cancillería de su país?
-Funcionaba -corrigen al unísono.
Quedo mirando a ambos abuelitos a la espera de que digan algo más.
-No se puede esperar nada distinto de alguien que es la máxima autoridad del país y que sólo alcanzó a terminar tercero básico -repone don Mario.
-Es como si acá un mapuche fuera Presidente -apunta doña Fabiola . ¿Se imaginan el descalabro?
Y el descalabro no lo imagino, sencillamente porque no existiría, tal como no existió mayor descalabro para la migración interna que vivimos hace muchos años. En "Arenas del Mapocho", de Ricardo Puelma, se cuenta cómo los huasos que sabían leer y escribir eran reclutados en el recién formado cuerpo de Carabineros. Si eso no descalabró a Chile, no veo qué pueda hacerlo. LND