
Domingo 10 de febrero de 2008
He muerto. Creo que he repetido esta frase al menos unas mil veces. Debe haber sucedido instantes atrás, algunos días, o tal vez ocurrió recién. No lo recuerdo. De lo que sí tengo certeza es que llevo repitiendo mi nombre en esta habitación oscura una infinidad de veces. Es imposible que me escuchen si estoy muerto. He muerto y no sé cómo sucedió. No creo que haya sido nada fantástico. Nada que no haya visto un pequeño traficante como yo. Los últimos años las venía haciendo de burrero. Burrero y traficante. Cantidades justas, transacciones seguras. Corría riesgos, pero mantenía una rutina de viajes casi inalterable: Calama-Santiago, Santiago-Calama. No levantaba sospechas. Grito: ¡Careca, Careca! Lo hago tan fuerte como si celebrara los goles de Juanito Covarrubias o del Fantasma Figueroa. A lo mejor me convertí en eso. Quizás sea un fantasma y ahora camine atravesando paredes. Imposible. Nunca creí en fantasmas. Nunca creí en nada, sólo en Cobreloa. Pero ahora estoy muerto. Eso es una certeza. Lo más probable es que me hayan dado un balazo. Una muerte fulminante. Pólvora. Seguro que fue por la espalda. Seguro que fue un pendejo. Maricones. Estos pendejos armados siempre van por la espalda. Creo saber por qué lo hicieron: nunca le vendí un puto papelillo a un pendejo. Jamás. No me interesaba. Mal negocio. No convenía. Todas mis ventas eran por plata segura y suficiente. Efectivo. Los pendejos sólo tenían para el rato.
Estoy en un cuarto que imagino frío, pese a que no siento nada en los huesos. Por el rabillo del ojo puedo ver más cuerpos. Estos cuerpos también están muertos. Muertos y desnudos. Yo también estoy desnudo. A ratos vienen tipos que sacan los cuerpos como si compraran en una baratija de ropa usada y los cargan como si estuvieran vacíos o fueran unos maniquís de hule. Siempre son los mismos y se la pasan diciendo que somos huecos. Huecos. Lo dicen y echan carcajadas. Hijos de puta, respondo. No saben a la de mujeres que me tiré en mi corta vida: a sus madres, a sus hermanas, a sus esposas e hijas. Hijos de puta: no soy hueco. No me escuchan. Eso sí, me miran con detención sobre mis ojos, supongo que la frente. Enseguida corroboran algo en una planilla. Debo tener anotados unos números. Desearía alzar el brazo y asustarlos. No puedo. He muerto. Creo que me van a trasladar. Me recogen y me llevan quizás dónde. Han tomado mi cuerpo con una ligereza que me sorprende. Ahora entiendo por qué nos dicen huecos. Me han quitado la voz, el alma y algunos recuerdos. Qué digo, si alma no tuve. Nadie la tiene. Nos pueden quitar el hígado, el páncreas, los pulmones y el corazón. El que se quede con mi hígado deberá cuidarlo. Era mi amuleto. Los riñones los perdí en una pelea. Ja. No sé cuántos son los que me llevan. Parece que sólo es uno. Parece que es el mismo que me ensacó dentro de esta bolsa oscura luego de abrirme. Si pasáramos frente a un espejo tal vez me vería una que otra cicatriz. O a lo mejor no me reconocería, aunque todavía podría pronunciar mi nombre: Careca. Si uno muere no tiene por qué perder su nombre. El tipo que me carga me deja caer con cuidado, como si aún siguiera con vida. Le dice algo a alguien. Un viejo me destapa y grita al cielo, medio loco. Hay flores. Flores y ramas. Pienso que si esto no es el cementerio, entonces es una pesadilla ordinaria, despertaré y seguiré mi vida.
No, he muerto y ya no hay vuelta atrás. Vuelven a cerrar la bolsa y alguien ordena que me suban al maletero del auto. Es el viejo quien lo dice. El viejo me habla pausado esperando que le responda. He muerto. Una vez llevé tres kilos de cocaína a un viejo que sonreía como éste. Después supe que ese viejo, al que vendí tres kilos de cocaína, había muerto. Tal vez lo vea. Ja. No sé dónde me trajeron, pero el viejo continúa hablando de mí como si nos conociéramos de siempre. Una mano descubre la mitad de mi cuerpo. Es otro lugar. Hay otras personas. Tres o cuatro. Uno de ellos lleva unos lentes gruesos, unos lentes que le encierran los ojos en una vitrina. Me describen. Sí, soy yo, Careca. Me registran como si mi pellejo tuviera bolsillos o compartimentos secretos. El viejo toma mi cabeza y se las enseña con una autoridad entusiasta. Les muestra un agujero. Parece que ese agujero lo tengo en la nuca. Escucho algunas conjeturas pero no soy capaz de retenerlas. He muerto. El viejo se va. Se despide de todos con algo de afecto. De mí también, aunque en un último instante su afecto pareciera transformarse en arrepentimiento o pésame. Si estuviera vivo le hubiera devuelto el saludo al viejo. El de lentes gruesos le dice algo que no entiendo. Otro tipo, uno que se mantuvo atrás, pero que parecía decidir todo, se me acerca. Creo que me va a besar. Me huele. Me toca y se retira asintiendo. Una chica me vuelve a cubrir con la bolsa. Me gustaron sus manos. Ya no veo. De nuevo me cargan en un auto. Me llevan con ellos. Viajamos. No creo que sea a Calama. No. Me sacan de la bolsa. Otro lugar. He olvidado mi nombre. El lugar está oscuro, pero alguien enciende la luz. Es el tipo que quería besarme. Me vuelve a mirar de cerca. Atrás de él está la chica. Me gusta su pelo. Apagan la luz y no veo nada. He muerto y ya no recuerdo cómo me llamo. Terminan por sacarme de la bolsa y me arrojan sobre un sofá verde claro. Si no me equivoco, se han cambiado de ropa. No lo sé. Se me ocurre que sí. Lo más probable es que hayan pasado los días. No lo sé. He muerto. La chica mira mi cuerpo desnudo. Me gustan sus ojos. No sé cómo tengo el pene, pero supongo que sigue ahí. Si lograra endurecerlo le diría a la chica que me lo chupe. Le tomaría la cabeza con una sola mano dándole empujoncitos mientras lo empalmo en su boca. Le ordenaría que sólo use sus labios, sin manos. La chica coloca sus manos en mis hombros. Entonces aprovecho de decirle que me lo chupe. No me escucha.
He muerto y no recuerdo mi nombre aunque me suena algo con caca. Imposible: sería algo absurdo y humillante llamarme así. Con mucha calma la chica logra vestirme un overol azul. Encima una chaqueta café. Unos zapatos café. Un gorro azul. Me embuten un cigarro encendido en la boca y me sacan una foto. Hablan de unos libros, de páginas de libros. A mí nunca me gustó leer. Prefería ver tele o dormir. Otra foto. Parece que estos imbéciles rellenaron mi cuerpo con páginas de libros. El de lentes me quita el cigarro y con sus dedos estira una sonrisa en mi cara. Me debo parecer al humorista que hacía ruidos de guerras, que imitaba a Rambo y de repente sacaba cables de su cuerpo. Hablan de unos títulos, de páginas. No sé. Han rellenado mi cuerpo con papeles. Otra foto. Da la impresión de que es tipo carné. No sé qué nombre habrán inventado para mí. No sé qué pretenden. El tipo que quería besarme grita que estamos listos. Nos vamos. Me llevan en andas hasta el auto y me sientan atrás, apoyado en una ventana. He muerto. La chica extiende un papel en blanco entre mis manos. Me gustan sus uñas. El de lentes aprieta entre mis dedos un pincel untado en un tono casi púrpura. El papel se mancha mientras nos movemos. El papel ya no es blanco. Se ríen. No sé de qué. He muerto. Nos bajamos en un museo. De la maleta descargan una silla de ruedas. Me suben a ella. Varias fotos. El tipo que quería besarme pide el papel que traía en las manos. Lo pega en una muralla. Otra foto. Ésa la saca una señora que paseaba a un perro. Volvemos al auto. El viaje es más rápido. Nos detenemos en una biblioteca. En una carnicería. En un banco. En un hospital. En el estacionamiento de un supermercado. Fotos. En una comisaría. Muchas fotos.
Supongo que cargar con un muerto es delito, pero los pacos no se dan cuenta de nada. Pienso que nadie me ha reclamado y que los pacos no buscan traficantes muertos. A un traficante lo busca otro traficante. En ninguna fotografía salgo sonriendo. En ninguna fotografía salgo solo. Siempre me acompaña alguien como si realmente les importara. Me acabo de dar cuenta de que la chica lleva una filmadora. Me gusta su cara. Me filma. He muerto. Está oscureciendo. Regresamos al mismo cuarto. Al mismo sofá. A lo mejor me ponen pijama. No. Se sientan cerca de mí. Sirven unos tragos. Si me ponen una piscola quizás resucite. Cigarros. Hablan bastante rato de un pintor. Tengo poca idea de pintura, de cuadros y esas cosas. Me aburre. Continúan hablando de sus cuadros. Parece que cuentan plata y revisan unas fotos. No, son unas pinturas. Quizás del pintor del que tanto hablaban. Me dejan sobre una colchoneta. Con una lona me cubren. Me destapan. Está claro. Es de día. Aparecen. Todos sonríen. Parece que me perfuman. Me limpian y perfuman. Me visten con un terno. Como si fuera al trabajo. Como si fuera a un funeral. Otra foto. La última, dice la chica. Me gustan sus labios. Esta vez me colocan de pie y me ordenan junto a ellos. La cámara debe ser automática porque nadie está detrás de ella. Se me ocurre que parecemos una barrera de fútbol, uno al lado de otro, como las que solía derribar a pelotazos en Calama. Si fuéramos una barrera la debería ordenar el Gato Osbén, o Fournier.
He olvidado mi nombre, he dejado de repetirlo. Estamos arriba del auto. Nos movemos. La chica y el de lentes se bajan. Se despiden. Me quedo con el tipo que quería besarme. Maneja tranquilo. Lento. Suena una melodía. No entiendo la letra, está en inglés. El tipo que quería besarme busca una dirección mientras maneja. Se detiene y se baja. Parece que hace una llamada telefónica. Sí. Habla por teléfono. Cuelga. Espera afuera. A veces me mira. Creo que espera a alguien. Aparece una camioneta. Aparece alguien. Es grande. Grueso. Tosco. Temible. Viste de negro y lentes oscuros. Si no estuviera muerto arrancaría. Si no estuviera muerto no habría llegado hasta acá. Los dos se acercan. Secretean. El tipo de negro me mira y parece estar de acuerdo. Me lleva con él. Entre los dos me suben al asiento trasero de su camioneta. Si no estuviera muerto tendría miedo. Me moriría de miedo. El tipo de negro le entrega un sobre al tipo que quería besarme. Lo despide. A lo mejor estoy en el purgatorio y ahora me llevan al infierno. Se me ocurre que el tipo de negro es el demonio. El diablo. Don Sata. Por primera vez creo que no he muerto. Sospecho sus intenciones. El horror parece darme bofetadas hasta revivirme. Mientras maneja, el tipo me manosea. Sube el volumen de la radio. La canción la conozco. No recuerdo su nombre, pero la conozco porque está en español. Su mano, la que debería estar en la palanca de cambios, se escabulle por debajo de mi pantalón. Se voltea para mirarme. Sonríe asomando la punta de la lengua. Es un trapo podrido. Quita su mano. Suena un estallido. Un impacto. Un zumbido permanente, como de la canción que sonaba. Nos estrellaron. Nos chocaron. Justo su lado. Justo su puerta. Parece que fue un carro de Bomberos. Lo partió en dos. No sé. Lo partió en dos o en tres. Una mitad de él salió disparada por el parabrisas. Otras partes de su cuerpo están desperdigadas por los asientos y el techo. Todo está salpicado de sangre. Y yo quedé donde mismo. LND
