
Domingo 10 de febrero de 2008
Luego de haber quedado "negra" la pobre Naty por el feroz condoro de sus compañeros, me imaginé que todo había pasado al olvido. Sin embargo, me entero por un diario que esta hot-teaneger fue aceptada en un nuevo colegio, donde espero los pingüinos hayan aprendido la lección de no usar celular.
Lo sorprendente es tomar conciencia de lo caradura de nuestra sociedad chilena. Nos golpeamos el pecho cada domingo para sacarnos la culpa de nuestro intrínseco doble estándar. Vivimos enjuiciando todo aquello que nos amenace y haga tambalear nuestro inestable piso. Estigmatizamos a adolescentes que con sus actos sólo muestran lo que han aprendido de nosotros, los adultos. Condenamos a los púberes y al mismo tiempo les bombardeamos día a día con interminables koalas y litros de silicona que chorrean por las pantallas de nuestros televisores.
Espacio donde a más grandes tetas, más pega aseguran nuestras divas tercermundistas.
Condenamos per se a Naty y en ello a todas las Natys chilenas, pequeñas pokemonas que, desde la intimidad de sus tribus, no hacen más que lanzarnos desgarradores gritos desde sus frágiles abandonos.
Tanto más luminoso sería acoger a nuestros hijos en su propia experiencia humana, entendiendo que sólo aprendemos desde la vivencia personal.
Es el momento de hacer nuestro propio acto de contrición, ver en nuestro interior qué hacemos mal en la educación de los adolescentes. ¿Qué entendemos por bueno o malo y cuál es el filtro? Pero desde nuestro profundo machismo sólo castigamos a la pequeña hembra de esta historia. Mientras, estos pequeños hombrecillos continúan su vida como héroes-porno que llevarán por siempre la "medalla al mérito" por haber sido los protagonistas de este hito cibernético estudiantil.
Y a la Naty la pasean por sicólogos, orientadores, curas y machis para sacarle el diablo del cuerpo. ¿No será el momento que padres, apoderados, profesores y directores de establecimientos educacionales sean quienes se hagan ver? Porque no hay que ser muy inteligente para entender que somos nosotros quienes debemos hacernos cargo de las confusiones juveniles. No hay otros.
Es muy fácil hacerse el tonto y mirar pa l lao; no hay peor ciego que quien no quiere ver. Debemos cambiar los códigos si realmente queremos crear generaciones sanas.
¿O ya olvidamos nuestros descubrimientos angélico-sexuales? ¿Dónde quedó el clásico jueguito del "doctor" en el que nuestro paciente no era otro que la prima, la vecina o la mejor amigui del barrio?
No recuerdo haber sido castigado. Más aún, nunca se enteraron mis adultos más cercanos, pues no era época de celulares.
Los enanos cachondos han existido siempre y si te pillaban era la niñita la extraña y el infante la chochería del papi. "¡Este cabro se las trae!", exclamaba orgulloso el jefe de hogar.
Así nos hemos ido desarrollando, a punta de formar pequeños machos que irán por la vida sintiéndose con derechos sobre nuestras féminas, quienes son vulneradas y filmadas sin derecho a pataleo.
¡Hasta cuándo nos lavamos las manos! ¡Hasta dónde debemos llegar para expandir nuestra conciencia! ¿Cuánto femicidio habremos de sumar para que se tome un real respeto por nuestras mujeres?
Los tiempos avanzan con una velocidad inusitada, pareciera que las horas tuvieran menos minutos y en nuestra loca carrera no tenemos tiempo de ver lo que sucede a nuestro lado; menos, de mirarnos a nosotros mismos.
Invito a reivindicarnos en nuestra Naty interna. Expandirnos en el amor hacia nosotros y los otros, sentir profundamente qué es lo que nos agita en el actuar del vecino. Es el momento de ver dentro de nosotros lo que está sucediendo en el afuera, la incongruencia es lo que nos lleva a tanta confusión. Seamos reales, en la verdad no hay mácula, sólo verdad. LND