
Domingo 10 de febrero de 2008

La idea que en Chile se está próximo o dentro de un fin de ciclo o etapa es algo que se comparte desde distintos ámbitos de la vida nacional y desde hace bastante tiempo. No obstante, hasta ahora ha sido fundamentalmente el Gobierno el único cuerpo dirigente que, en algún grado significativo, ha traducido tangiblemente ese diagnóstico. Y si bien más de alguno de los cambios gubernamentales esperados o anunciados como constituyentes de una "nueva etapa" se han visto frustrados, postergados o mediatizados, lo cierto es que los énfasis y progresos en materias de corte social configuran una matriz transformadora que apunta, precisamente, a la idea de superación de un período agotado o que está en vías de agotamiento.
Pero ni en los otros principales agentes de la política, ni en otros entes con rangos dirigentes
empresariales, entidades intelectuales, etc. se encuentran actividades consistentes y elocuentes que denoten provenir de políticas premeditadas y congruentes a lo que entraña el discurso de "fin de ciclo".
Para ser más precisos: en Chile es observable una preocupación más o menos generalizada de parte de las elites en cuanto a la declinación del dinamismo en muchas áreas o en cuanto a carencias múltiples para proyectarse hacia un nuevo período. Sin embargo, las respuestas no se condicen con tales preocupaciones. En lo grueso, son respuestas que pecan de criticismo, esto es, de una crítica exacerbada a supuestos culpables de preferencia, el Gobierno de un proceso que es, por excelencia, de raíz histórico-estructural. Por otra parte, cuando las respuestas incluyen proposiciones, éstas, normalmente, están hechas desde lo sectorial y corporativo. Por lo mismo, semejan más a demandas que a propuestas y, por cierto, omiten el contenido totalizador que implica un cambio de ciclo.
Lo que se está configurando a propósito del diagnóstico más o menos consensuado que anuncia una fase que finaliza y que requiere cambios es un cuadro con altas dosis de curiosidad y hasta de paradojas.
En primer lugar, devela elites que, en las formas, ostentan modernidad, pero que, en el fondo, están lejos aún de haberse modernizado culturalmente. La modernidad y el uso de lo moderno permiten que la declinación de un período histórico sea predecible y, por consiguiente, que no sea menester esperar hasta una crisis desembozada para empezar un nuevo ciclo.
Lo que en Chile están haciendo ciertas elites es a la inversa. Si se presta atención a la discursividad de sectores derechistas, a grupos de las elites empresariales, a las elites mercuriales y copesianas, etc., lo que parecieran estar buscando o deseando es crear, comunicacional y mediáticamente, una sensación de crisis, pero no anticiparse a una potencial crisis real.
Tal actitud y conducta pueden tener muchos nombres, pero para los efectos de este análisis baste decir que son premodernas. Es premoderno actuar para producir crisis o percepción de crisis , pues ello obedece a la vieja lógica premoderna que establecía que sólo a partir de crisis desatadas se hacen factibles los cambios.
En segundo lugar, el escenario descrito también es indicativo de otro fenómeno paradojal: cómo y quién hace cambios en Chile, dado el peso y desarrollo que ha alcanzado un conservadurismo que reúne rasgos transversales y casi estructurales. El sistema político y, dentro de él, el sistema electoral, es altamente reproductor de establishment, lo que conlleva a que la política en sí tienda a lo inercial. Merced a la concentración económica y a la fortaleza del capital financiero, mientras el país tenga buenos mercados y precios para el cobre y dos o tres productos más, no hay amenaza alguna de una crisis económica de efectos catastróficos, pero tampoco incentivos para apurarse en renovar las estructuras productivas.
El actor Gobierno con independencia de sus orientaciones ideológicas y sus voluntades está encerrado en los límites que fija el conservadurismo del establishment político y económico, amén del conservadurismo propio incubado en un personal que, en un alto porcentaje, tiene burocratizadas hasta las células grises.
La intelligentzia chilena, por su parte, se divide, en lo grueso, en dos tipos: una "marginal" sin influencia alguna, salvo dentro de algunas tribus igualmente marginales, y otra que funge, de facto, como funcionaria del establishment político o económico y que, por ende, teoriza y verbaliza los conservadurismos.
En definitiva, hoy por hoy no hay en Chile una masa crítica elitaria en disposición de arriesgarse a liderar un proyecto nacional que se haga cargo del diagnóstico que todos predican y que tenga como misión conducir un proceso de cambio que, por lo demás, se anda ejecutando por su cuenta, incrementando de paso una crisis de representación del conservadurismo político y elitario que sigue disfrutando del tradicional tecito simple y pensando y obrando con la misma fomedad del brebaje. LND
Publicado con autorización del Centro de Estudios Sociales Avance (www.centroavance.cl).