
Domingo 10 de febrero de 2008
En estos largos días de verano, cuando los chilenos pasamos buena parte de la existencia en torno a una parrilla, bien vale la pena recordar la dimensión heroica que, alguna vez, alcanzó el parrillero en esta carnívora nación que hemos sido siempre. Prueba indesmentible de esto último es que la primera gran huelga de verdad que vive Chile, una huelga que reviste casi, casi, características de huelga general revolucionaria, se desata en 1905 en Santiago y otras ciudades populosas, a raíz del alto precio de la carne, provocado a su vez por los elevados aranceles impuestos a la internación de ganado argentino. Pezoa Véliz hasta escribió un poema al respecto, llamado Epístola al Intendente.
Las agrupaciones obreras llaman, una soporífera tarde de enero del año en cuestión, a manifestarse contra el grave estado de la cosa cárnea. Se reúnen los parrilleros en la avenida de las Delicias. Y llegan a acuerdo en una serie de puntos que serán expuestos ese mismo día a la máxima autoridad. Como el Presidente vivía en La Moneda, como es lo lógico, hacia allí se encaminaron los dirigentes.
Al atardecer, bajo un crepúsculo rojo que, ahora y desde aquí, bien podríamos definir como presagioso, una delegación de obreros, con los sombreros en la mano, se apersonó en La Moneda llevando los acuerdos alcanzados en el desmañado cónclave al meticuloso Presidente don Germán Riesco, a quien su hijo nos describe como hombre muy blanco de tez, de cortos cabellos rubios, barba y bigote a la moda española, largas y pobladas cejas bajo las cuales brillaban penetrantes o sonreían maliciosamente sus claros ojos azules, que entrecerraba un tanto para vencer su ligera miopía.
El Presidente de la República, siguiendo una viejísima tradición republicana, y seguramente entrecerrando los ojos más de lo habitual, prometió a los obreros estudiar con cachazuda seriedad y prontitud el asunto. Y, tratando de hacer un mal chiste, se comprometió a tomar a la brevedad el toro por las astas.
A pesar de la palabra empeñada por el Mandatario, empezaron a sucederse, empujados por oradores improvisados, graves y crecientes excesos en algunas barriadas de la ciudad, los que alcanzaron carácter de insurrección caótica en lo que hoy es la Alameda. Al momento de acaecer, como se diría por entonces, estos alarmantes hechos, la capital se hallaba sin su habitual dotación de tropa regular, la que se encontraba realizando sus periódicas maniobras en unos campos que poseía por ahí, cerca de Santiago. Sólo los llamados pacos azules, la esperpéntica policía de entonces, intentaban en vano contener la efervescencia. Los actos vandálicos y los saqueos se sucedieron, tal como ocurre hoy en día en situaciones similares. Hay saqueo de comercios y daños a la propiedad pública y privada. Los guatones parrilleros están enyegüecidos, fuera de sí. Un incipiente lumpen urbano hace su debut. Son los bisabuelos, seguramente, de los mismos que ahora demuelen la ciudad por razones deportivas o políticas casi siempre difíciles de desentrañar. Llega el Ejército a cargo, nada menos que de Silva Renard, el mismo de la Escuela Santa María de Iquique. Setenta y tantos quedan despanzurrados en la calle por las descargas de fusilería.
Son los primeros mártires de la parrilla y el anticucho. Héroes olvidados de la única causa apasionada que existe en Chile. Pido esta tarde de domingo un minuto de silencio, en torno al carbón encendido y las chuletas y lomos lisos que se doran, por esos mártires beneficiados en 1905 por el desprolijo carnicero de Iquique. LND