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  Los funerales de la transición

  Los funerales de la transición

Domingo 10 de febrero de 2008

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89 kbEl 1 de enero es una mula. El año en realidad no termina hasta que llega el verano. Es por eso que en estos días tanta gente se equivoca al ponerle fecha a los cheques. Hay que llegar a las vacaciones o a pasar un par de fines de semana en la playa o en el peor de los casos hasta el insufrible Festival de Viña para dar por terminado el año que se fue. El verano marca el fin de la transición del año viejo al nuevo. Por eso es bueno mirar hacia atrás y ver a qué le prestamos atención durante ese proceso y a qué se la damos ahora.

A la hora de los recuentos, el verano pone las cosas en perspectiva; tal como ocurre cuando terminan las transiciones. Y ahora que murió Volodia Teitelboim y que el verano se enseñorea de mi tiempo miro hacia atrás y me doy cuenta que la transición política chilena terminó hace rato. Un detalle en el que no me había fijado mucho, ya que una transición pactada en la medida de lo posible, ejecutada en la medida de los cojones de sus actores y finalizada a punta de gestos vacíos, nunca me urgió demasiado.

¿Cuándo terminó la transición chilena? ¿Cuando Lagos le puso su firma a la Constitución? ¿Cuando Pinochet murió? ¿Cuando salió elegida una mujer como Presidenta de la República? ¿Antes? ¿Después? ¿Cuando el baile del koala llegó al Congreso? En realidad no importa. Esa transición contrahecha, que ha parido un país contrahecho, no murió de un ataque fulminante.

Se fue muriendo lento, como las sombras del atardecer que se van lento, según dice La Trampa. Se murió mucho antes, a golpe de globalización, de dictadorzuelos muertos en todas partes del mundo, de escándalos de corrupción, de apitutados, de empresarios que se golpean el pecho el domingo en la iglesia y ponen cara de indignación durante la semana cuando en la oficina les hablan del sueldo ético. Se nos fue a punta de funerales de símbolos.

Me desagradan los funerales. Los evito, a no ser que sienta que mi presencia va a ser realmente una demostración de afecto, de dolor y de solidaridad, y no un gesto ritual sin mayor sentido. Por eso no he ido a ninguno de los funerales "importantes" que marcaron la transición política chilena. Ni al del cardenal Silva Henríquez, ni al de Gladys Marín, ni al de Pinochet, ni al de Volodia, ni al de nadie. Mil, diez mil o cien mil personas no hacen que me sienta más cerca ni más lejos de un dictador, un cura o de un escritor comunista estalinista que persiguió a su propia disidencia. ¿Qué importancia tiene que la Presidenta vaya al funeral de Volodia Teitelboim? Mucha para sus familiares, poca para mí. Mucho menos para aquellos que hoy tienen 20 años y que se interesan más en sus acciones, sus páginas de Facebook, en su futuro estudiantil o laboral. Para esa generación, el cuento de la paridad de género es una realidad diaria y el discurso presidencial al respecto huele a feminismo sesentero, a hippie, a Cristóbal Colón y la tierra plana. Igual que Volodia.

Pero volviendo a lo de los funerales, no es menor que entre tanto símbolo que se ha ido desde el noventa hasta hoy, el que más impactó haya sido un comentarista deportivo. A fin de cuentas, Jaime Guzmán se demoró un buen trecho en tener su memorial, a cuya inauguración promete asistir la Presidenta y juran escupir todos los días varios miles de ciudadanos menos conocidos. El monumento a Gladys sigue en lista de espera. Probablemente, Volodia no lo tendrá nunca y Julio Martínez va camino de ser el nombre de al menos un estadio de fútbol.

Porque, a fin de cuentas, esto de los reconocimientos habla sobre los pueblos, nos guste o no. Y muchos de estos muertos célebres han tenido el día de su muerte los honores que se le negaron en vida. Una cosa es acercarse a saludar a Pinochet a su féretro y otra muy distinta es ir a verlo a su casa cuando estaba enfermo, y eso lo sabe buena parte de la derecha que le rehuyó como a la lepra mientras aún estaba vivo, pero que fue a saludarlo a la Escuela Militar el día de su funeral. Lo mismo puede decirse de Volodia, hoy ampliamente alabado aunque durante años fue eternamente ignorado. Como la Gladys y tantos otros. Tras la raya para la suma no deja de ser intrigante esta curiosidad veraniega. Porque la muerte más lamentada no ha sido la de ningún líder político o religioso, sino la de un comentarista deportivo bastante lúcido, que hizo de la filosofía de velador el bastión de su discurso, del sentido común su mejor arma, que convirtió su profesión en un eterno pontificado, que nunca se avergonzó de su mamonería y que jamás se metió en las patas de los caballos. LND

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