
Lunes 11 de febrero de 2008
OCURRIÓ HACE poco más de 60 años, en Nueva Delhi. El 30 de enero de 1948 Nathuram Godse, militante del partido ultraderechista hindú Hahasabha, llegó hasta la casa de Mohandas Gandhi justo a la hora en que éste solía dar su paseo público diario. Instigado por los discursos sectarios de quienes se oponían al sueño de una India multicultural y diversa, Godse apretó el gatillo y apagó la vida de uno de los líderes espirituales más grandes del siglo XX. Quienes motivaron el crimen, ocultos entre viejos rencores contra el Mahatma, permanecieron impunes como tantos otros criminales políticos y dictadores que han escapado de los procesos judiciales, pero no de los tribunales de la historia.
Poco antes de su muerte, un grupo de seguidores le pidió a Gandhi que resumiera su doctrina. Su respuesta fue un largo silencio. Al final del día tomó un lápiz y escribió: "Mi vida es mi mensaje". Una corta frase para resumir lo que en su autobiografía define como "La historia de mis experiencias con la verdad". A tantos años de distancia, Gandhi es cada vez más admirado en todo el mundo, pero también es un personaje distante y desconocido. La dificultad al acercarse a él radica en que sus ideas son inseparables de sus prácticas no violentas, que requieren mucho más que buena voluntad para hacerse realidad. Se requiere de una disposición que va contra el clima de satisfacción inmediata que rodea a nuestro tiempo. "El satyagraha significa luchar contra la injusticia sometiéndose voluntaria y personalmente al sufrimiento", explicaba al referirse al concepto que resumía su táctica y su estrategia de vida.
Satyagraha se ha traducido del sánscrito como "aferrarse a la verdad", entendido tanto en su sentido epistemológico (lo cierto, lo correcto) como en su sentido ontológico (lo que es, lo que permanece). No se trata de un equivalente oriental a la ley natural occidental. Para Gandhi, la verdad se debe buscar y descubrir de forma contextual, porque es la historia, y lo que ella nos hace experimentar, aquello que revela el fondo de las tramas de justicia e injusticia que mueven el mundo. Pero una vez que se ha captado "lo verdadero", el resto se hace relativo y la única obediencia absoluta que cada uno debe aceptar es la verdad primordial.
La fidelidad a este principio hizo de Gandhi un violador sistemático de las leyes, los decretos y los reglamentos injustos que encontró a su paso. Lejos de ser un pacifista ingenuo, o un moderado que aspiraba a solucionar todo por consenso, fue un continuo provocador de conflictos en todos los frentes y lugares por los que pasó, ya sea en contra del racismo en Sudáfrica o en contra del colonialismo inglés en India o incluso en contra de las contradicciones de su propio pueblo y cultura.
Es interesante preguntarse qué le habría pasado si hubiese nacido en nuestro tiempo. Sin duda, él y los suyos estarían hoy inscritos en la lista de organizaciones terroristas del Departamento de Estado de Estados Unidos. Tal vez hubiera tenido que hacer ayunos desde Guantánamo. Pero lo que sin duda más le hubiera costado vencer ahora es el endiosamiento del Estado de derecho, que ha identificado legalidad con justicia y formalidad jurídica con corrección moral. Este desfase cultural hace que la no violencia activa sea en la actualidad poco comprendida, incluso entre personas que ostentan cargos y roles políticos. Hace poco, una alta autoridad chilena afirmó muy relajadamente que "poner en riesgo la propia vida también es una expresión de violencia". Si eso fuera cierto, Gandhi hubiera sido un violentista extremo, porque buena parte de su vida la ocupó en huelgas de hambre que, verdaderamente, le llevaron al borde de la muerte.
Gandhi siempre se refirió a la no violencia activa como un método de los fuertes, porque realmente es imposible de aplicar si se trata de defender por esa vía una causa egoísta o injusta. Es entendible el optimismo que despierta escuchar "la no violencia, en su condición dinámica, significa sufrimiento consciente. No significa dócil sumisión a la voluntad del malhechor, sino entregar toda el alma contra la voluntad del tirano. Si se trabaja bajo esta ley una sola persona podrá desafiar a todo el poder de un imperio injusto para salvar su honor, su religión, su alma y sentar las bases para la caída o la regeneración de ese imperio". Lo fascinante de este análisis es que Gandhi lo hizo realidad, al derrotar sin balas ni cañones al mayor imperio de su tiempo, lo que rebasó la imaginación de los más fantasiosos novelistas. Por eso, al conocer la noticia de su muerte, Albert Einstein escribió: "Las generaciones venideras apenas podrán creer que semejante hombre de carne y hueso haya caminado sobre esta tierra".