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  Santiago Swinger

  Santiago Swinger

  Se ha convertido en una práctica silenciosa y una verdadera cofradía que gana adeptos en los tiempos de ponceo. Ansiosos de experimentar el sexo colectivo, en estos bares "liberales" las parejas se desinhiben y se entregan a sus instintos, transformándose muchas veces en un pulpo humano donde "agarrar" es el leit motiv de la noche con y sin condón.

Domingo 24 de febrero de 2008


Ubicado a cuadras del Metro Santa Isabel, en una casona de pisos de madera y paredes gruesas, SyO es completamente rojo, con espejos en los pasillos, globos con corazones y con una banda de sonido ad hoc, la balada ochentera "Dont dream it s over", de Crowded House.

El rumor de las conversaciones, los susurros y el choque de las copas de pisco sour amenizan el íntimo espacio. Soledad, la joven dueña que nos abre la puerta, luce el pelo rubio hasta la cintura. Está bronceada y viste una mini de mezclilla y sandalias con brillantes.

Cuando se voltea se le asoma el tatuaje de letras chinas que lleva en el cóccix y nos deja instalados en una mesa. Mientras esperamos van llegando las parejas habitués, que le estampan un beso como si fueran amigos de toda la vida. Ella se adelanta a decirnos que son una gran familia "táctil y cariñosa".

Cerca de las 12:30 aparece en SyO la pareja VIP de la noche: un chico moreno exuberante de cabello largo que viste camisa y chaqueta negra, y trae el pelo engominado. Su compañera mide un metro 70, es voluptuosa y pálida. Todos se sientan en las mesas y piden tragos, que les servirán para comenzar a soltarse.

Un hombre de unos 60 años está sentado junto a su pareja, una morena más gordita. Juntos inspeccionan con la mirada a todas las parejas del salón. A la 1:15 empieza el show. En el pequeño cuarto hay una barra para que los strippers hagan su show, o las mujeres bailen en el caño en la primera performance colectiva.

El espejo es cómplice de las miradas que se lanzan unos a otros. Son vistazos lascivos y curiosos que dan indicios sobre la potencial pareja con quien más tarde querrán compartirlo todo, completamente todo. Las mujeres parecen haberse puesto de acuerdo en llevar minis y tacos altos. Los hombres visten camisa y jeans y están prolijamente peinados con colas de caballo y gel. Óscar, el otro dueño de SyO, reconoce que al cruzar la puerta del local comienza un juego de seducción y, por ende, los parroquianos deben producirse, perfeccionando su apariencia con tostado de solárium y grandes escotes que despierten el apetito.

A Óscar, que es amable y sonriente, Soledad lo llama "mi bebé". También está encargado de animar el show de los strippers. "Pásenlo bien, pero recuerden que aquí no se permite el uso de drogas ni consumo de alcohol en exceso. Luego se bajará la luz y a portarse mal", aconseja antes de que lleguen las meseras con las copas de champagne y todos brinden por el Día de los Enamorados.

Comienza la música electrónica. Una enfermera baila con un pequeño delantal blanco, se contonea, se arrastra por el caño, se quita lentamente el minúsculo vestido y a través de un pequeño trikini verde se escapan sus enormes senos aceitados. Se aproxima a las parejas que la rodean, se sienta en las piernas de los hombres y en el regazo de mujeres. Deja que le toquen los senos, la pelvis.

Aquí no hay restricción. Se acerca a una mujer morena de cabello negro, le separa las piernas y mete su cabeza simulando sexo oral. La stripper sigue coqueteando con el público y, por momentos, queda atrapada de la pelvis y de los senos por una especie de pulpo humano de manos femeninas y masculinas, que no la dejan marcharse. Las parejas están hacinadas en la pequeña habitación y la temperatura sube con cada una de las escenas.

La bailarina besa con pasión a una chica pálida y la arrastra de la mano hasta el escenario junto a su novio. La mujer se saca la falda, la camiseta y queda sólo con ropa interior negra de encajes exhibiendo su abdomen, más flácido y más pálido que el de la stripper, pero más ansioso.

El moreno se apoya en el espejo, esperando lo que todo hombre desea. Ambas le bajan el pantalón y se pelean el pene para practicarle sexo oral -sin condón-, mientras el público se agita cada vez más. Él intenta penetrar a la rubia de espaldas, y su cadavérica compañera roza con su sexo la cara del moreno. La rubia se mueve sobre el hombre, diestra y con el pelo despeinado. Las mujeres lo rodean y no queda nada sin tocar: pecho, trasero... Ellas también se besan. Todos aplauden.

OJOS BIEN CERRADOS

Sigue el turno del bailarín cowboy que se contonea con energía moviendo los flecos de su pantalón de cuerina que deja al descubierto su soutien, el colaless masculino. Un lento de Ricky Martin es la música de fondo con la que el cowboy acaricia a las mujeres, piernas, muslos, rozándolas con la punta de los dedos.

El bailarín toma en brazos a una morena veinteañera. Es la segunda vez que visita el local, su novio la mira con una risa nerviosa, y con la mano en la boca se muerde las uñas. El vaquero recuesta a la chica en el sillón de cuerina negra, le abre las piernas, le quita la camiseta, le toca los senos y sigue bajándole el pantalón hasta que se escapan sus caderas grandes y su pelvis trémula. La deja agitada para su novio, quien la abraza y la besa apasionadamente.

Ahora sube a la tarima una rubia de pelo crespo, se saca la mini y se incorpora al baile del cowboy. La morena vuelve a la carga alentada por su novio. El cowboy dirige manos, dedos y da vuelta a la morena y golpea sus nalgas con su miembro. Simula penetrarla, la palpa. En ese momento otra chica se les une. Son tres contra uno y todos se mueven en un suave vaivén al ritmo de los clásicos de Ricky Martin y Luis Fonsi. A ratos parece una película de David Lynch, parece un sueño erótico.

Las chicas de frente morena y rubia se tocan los senos, uniendo sus pelvis y besándose al son de Sade y "No ordinary love". Todos miran, las parejas se besan, se excitan, se tocan. El vaquero sigue intentándolo, toma a la chica morena, mientras su novio está cada vez más nervioso. Ella ya no advierte la presencia de su chico y se entrega a las manos de dos mujeres que la desean.

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51 kbSoledad y Óscar, los dueños de SyO, recuerdan que comenzaron en el negocio swinger hace dos años. Los locales Más que Dos y La Casona son los bares de intercambio de parejas más conocidos de Santiago. Recuerdan que la idea del local la importaron de Argentina, país que cuenta con este tipo de espacios desde hace más de dos décadas.

Para entrar, una pareja debe pagar 12 mil pesos y llamar con anticipación al celular de Óscar. Si no se atreve en una primera oportunidad, no es obligatorio que intercambie parejas. Puede conformarse con sólo mirar. El voyeurismo y la exhibición también calientan.

SALAS PRIVADAS

A las 2:30 de la madrugada, en SyO suena la canción de Queen "I want to break free", que parece el grito de guerra de las 20 parejas que bailan a oscuras. Se han apagado las luces para que todos se muevan con libertad y puedan conocerse mejor, tocarse en tríos o en cuartetos, y tal vez visitar una de las salas privadas de cortinas de mostacillas y espejos. Una de las parejas conversa apoyada en el marco de la puerta.

La chica sostiene un cigarro y junto a su amigo miran a las duplas. Se detienen en la más receptiva, en la más atractiva para esa noche. Una rubia de pelo ondulado, de unos 40 años, mira a su pareja: un chico de cabello largo y de barba que azota su cinturón contra el suelo. Lo invita con complicidad y comienza a bailar en el caño. Él la levanta e introduce su cabeza en la entrepierna de ella.

Todos miran mientras una mujer le toca el trasero a la rubia. Otra pareja baila y un tercero comienza a acariciar a otra chica de falda de jeans, mientras su novio rodea su espalda y le besa el cuello y los hombros. Una cuarta mujer vestida de pantalones y polera café mira paciente y en un santiamén se mezcla con otra, entregándose a la música y a sus instintos.

La mujer de café le sube la falda a su compañera y le besa las nalgas, los muslos...

MÁS QUE DOS

Eduardo, un ingeniero en informática, es el dueño del bar Más que Dos. Define su local estratégicamente alejado de la ciudad como un pub "liberal" más que swinger. Sólo se puede llegar previo correo a www.masque2.cl. Su éxito radica en la seguridad que se otorga a los clientes, algo de lo que las primeras fiestas swingers carecían, aunque hasta ahora persisten las aprensiones, especialmente entre novatos.

"La gente cree que apenas entre al local tiene que estar desnudo y usar una máscara y una capucha como en la película Ojos bien cerrados . La verdad es que nadie obliga a nadie", asegura su dueño.

El 14 de febrero, en Más que Dos la clave de la noche es "Valentín". En esta casona el único indicio que existe de se trata de un local erótico es una pequeña luz de neón sobre el techo. Su portón de metal negro impide ver lo que hay dentro. Vicky abre la puerta. Es la esposa de Eduardo, una treintañera de visos rubios y dientes blancos.

Al entrar nos golpea el olor a incienso y la canción "Baby", de Bebel Gilberto. Hay parejas de distintas edades, jóvenes veinteañeros y una sesentona que pide Tom Collins al mesero. Ella lleva un peinado de bucles con un vestido floreado, y el hombre, una camisa blanca y su pelo cano engominado. Las parejas son más atractivas y menos ansiosas que en SyO, pero más tímidas. Muchos de ellos asisten por primera vez.

En las mesas hay tablas de frutas y palmitos. Se escucha la música y el animador llama a bailar a los strippers: "Directamente salido de la serie CSI llega para ustedes El investigador ", y aparece un chico vestido de negro bailando al ritmo de música tecno para luego pasar a una balada de David Bisbal, lo que indica que deberá desnudarse. Toma de la mano a una rubia delgada del público, la sienta en una silla y baila para ella.

La rubia mira quieta como él le acaricia los hombros, le abre un poco las piernas, luego la toma en brazos para apoyarla en el suelo y encima suyo se quita el soutien. Desnudo, se le sienta en la cintura y pone una capa encima para que ella pueda tocarle su verga sin que nadie vea. La deja en la mesa, junto a su novio. Inmediatamente después aparece Nicole, la stripper vestida de enfermera, la misma del bar swinger SyO. Ella es más activa con el público y se pasea por las mesas y saca a participar a una pareja sentada al fondo del salón. Ambos aceptan salir.

Una mujer morena de pelo liso le quita los pantalones al hombre cuarentón, quien no se pone nervioso con las dos féminas que lo manosean sin darle tregua. Su mujer no tiene pudor de sus caderas anchas, su piel pálida ni del contraste entre las jóvenes. Ella se olvida de su sobrepeso y de las 50 personas que la observan y besa apasionadamente a la stripper. Se sienta sobre la pelvis de su marido y la rubia acerca su trasero a la cara del seducido.

Las chicas se tocan senos, espalda, trasero y cabello. Termina la música, los tres se levantan aún mareados, con la ropa en la mano, y el público celebra. Ahora el animador comunica que se bajarán las luces para que los asistentes puedan bailar y "conocerse". Las parejas avanzan de la mano hasta la pequeña pista, se suben al escenario, se retiran a las salas privadas de duchas, cadenas y camas redondas. Suena un reggaeton, las parejas se besan, se tocan presurosos, y comienza el manoseo debajo de las faldas, de las poleras y camisas.

Son las tres de la mañana. En una de las salas, separadas sólo por una cortina roja, las mujeres están montadas sobre los hombres, se van a la cama redonda, a sillones de cuerina impulsados por el olor a incienso, la música y el calor húmedo. Los telones rojos se van cerrando, mientras suena el coro "Estoy pegado a vos como por un imán", de Miranda.

Comienza entonces el "soft swinger" como le dicen ellos a mirarse entre parejas teniendo sexo . No resisten observar, sobre todo a la chica que tiene sexo con dos hombres. Uno la toma por la espalda, mientras que al mismo tiempo le practica sexo oral a un chico alto y delgado que está rendido sobre el sillón con la cabeza hacia atrás.

Ya no se distinguen caras, sólo un festival de gemidos, movimientos ondulantes, espaldas desnudas, mujeres montadas en machos rozagantes. Hombres y mujeres que quizás, con sólo un consentimiento de miradas, traspasarán la delgada línea de la curiosidad y de la experimentación sexual, con la seguridad cierta de que ese "encuentro" quedará en la más estricta privacidad. ¿Y usted se atrevería a ser swinger?

La Nación

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