
Lunes 25 de febrero de 2008
Pregúntele a cualquier periodista que sepa de regímenes brutales: con la tortura las cosas no se hacen a medias.
Las víctimas no conocen la ambigüedad. La memoria permanece fresca toda la vida y, más que dolor, sienten desprecio por sus torturadores.
Se le podría preguntar a Baudouin Kayembe, el valeroso propietario de un semanario, que me ayudó cuando cubrí los sucesos del Congo en los 60.
Pero él murió en la tortura. Por 40 años, los amigos de Baudouin nunca perdonaron a Mobutu Sese Seko, el responsable, ni a las autoridades estadounidenses que lo mantuvieron en el poder. Vi esto reiteradamente en África, Asia y Medio Oriente. Pero nada se equipara a la "guerra sucia" de Argentina, su versión propia de la "guerra contra el terrorismo".
Los verdugos del Gobierno favorecían particularmente "el submarino". Sostenían las cabezas de los sospechosos bajo el agua hasta que los pulmones estaban a punto de reventar. A veces, esperaban demasiado tiempo. Como generalmente ocurre con la tortura, esta era contraproducente.
Se obtenía poca información útil de inteligencia. Los sobrevivientes hablaban con todo aquel que los escuchara. Las sociedades decentes reaccionaban. Y a Argentina le costó décadas reponerse.
Cada vez que entrevisté a víctimas, escuchando sus amargas palabras y viendo temblar sus manos, sentí un arranque de gratitud por el pasaporte azul en mi bolsillo izquierdo. Los estadounidenses repudiábamos la tortura, como individuos y nación. Cuando se la denunciaba, reaccionábamos. La tortura fue una de las razones que invocamos para derrocar a Sadam Hussein.
Hoy, los estadounidenses hemos inventado el "waterboarding", que suena como un juego pero que es el "submarino" argentino: cruel y, para personas que se respetan a sí mismas, desacostumbrado. Por supuesto, estamos lejos de los militares argentinos que dieron muerte a miles en una larga pesadilla de terrorismo oficial.
Pero ¿qué estamos preparados a aceptar? Nuestra justificación es la misma que se usó en Argentina: lo que Dick Cheney llama interrogatorio duro se necesita para proteger a gente inocente del terrorismo. Nuestro Gobierno contrata para estos interrogatorios duros a mercenarios privados que no reconocen lealtades.
Ni siquiera los argentinos hicieron eso. George W. Bush niega que torturemos, lo que agrega hipocresía a nuestros pecados. Su secretario de Justicia se niega a calificar de tortura al "waterboarding" y a prohibir su uso.
Como sea que piensen los estadounidenses, en otras partes el juicio es tajante. Cuando nuestras más altas autoridades excusan la tortura (y hasta la aplauden) no es sorpresa que las filas terroristas se incrementen y que mucha gente nos desprecie. Incluso si la tortura brindase información útil ¿cuál es el costo a largo plazo?
Al emplear esta forma de terrorismo, no podemos reclamar un nivel moral más alto. No hace mucho, participé en un panel en la Universidad Tufts con un coronel blanco retirado de la policía sudafricana y un líder del Congreso Nacional Africano a quién él solía torturar. Ambos coincidieron: los métodos brutales erosionaban la humanidad de los policías mientras fortalecían la resolución de los activistas. Al final perdieron los torturadores.
El debate sigue y sigue. Acabo de escuchar en la radio pública al ministro de la Corte Suprema estadounidense Antonin Scalia: ¿qué pasa si un sospechoso sabe cosas que podrían salvar muchas vidas? Métodos extremos pueden ayudar en casos específicos. Eso está bien para una hipótesis de escuela de derecho, argumentaron otros; pero no funciona de esa manera.
Los policías no saben lo que un sospechoso puede decirles, o si está mintiendo para evitar torturas. Las autoridades insisten en que las medidas excepcionales se reservan para ocasiones muy específicas. Pero una vez que se permite la tortura, esta se generaliza.
Para alguien que no tenga claro si algo es o no tortura, he aquí una prueba simple: pruébela. No bajo circunstancias controladas, cuando usted sabe que se detendrá. Pruébela de verdad. Consígase a algún sádico que no responda ante nadie. Póngase a su merced el tiempo suficiente para ver la irrelevancia de un debate estéril a larga distancia.
¿Entra realmente el agua en los pulmones? ¿Importa algo eso? Lo que define a la tortura es el daño interno que causa, la marca indeleble en los circuitos mentales. Los terroristas están allí y tenemos que desbaratarlos. Esto requiere inteligencia en todos sus sentidos.
Necesitamos trabajo policial y castigos duros cuando se justifiquen, pero debemos comprender la realidad humana. Si actuamos en forma ciega, pasando por alto las injusticias que alientan al terrorismo, enfrentaremos a crecientes filas de enemigos desesperados por hacernos pagar de alguna manera dramática. Si combatimos al mal con inhumanidad ¿en qué nos convertimos?
*Herald Tribune