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  Hechos confusos

Jueves 28 de febrero de 2008

"Confusos hechos": así decía el titular de un vespertino informando sobre la ocurrencia de ciertos eventos en los que aparecían envueltos miembros de una orden religiosa y funcionarios de inteligencia del pasado régimen militar.

No viene al caso abundar en lo que sucedió en esa ocasión, hace ya muchos años. Lo que sí resulta particularmente interesante es examinar el título de la crónica que daba cuenta de lo ocurrido, porque revela el uso descuidado de las palabras y la falta de rigor conceptual del titulador.

Calificar de "confusos" ciertos hechos manifiesta una severa confusión de planos. Los hechos -los que sean- simplemente son y no pueden ser confusos. Lo que sí puede resultar "confusa" es la información de que se dispone, la versión que se maneja o la interpretación que se formula.

Lo que haya ocurrido debe haber ocurrido de esta o aquella manera. Sólo nuestro desconocimiento de la totalidad de los antecedentes sobre lo acontecido puede dar forma a una versión o una interpretación.

Pero una vez que se dispone de toda la información -o de un monto significativo- la versión puede ser ordenada y organizada de modo que describa los hechos de forma aproximadamente fiel. Los hechos han estado siempre allí. La información es la que adolece de carencias.

La "confusión" no es un rasgo o una propiedad de los hechos, sino una característica eventual de los datos. El responsable del título "Confusos hechos" confundió los planos y atribuyó a hechos un rasgo de la información cuando no está completa. Pudo haber titulado "Confusas versiones".

Cuando la información no está completa ni resulta fidedigna, las versiones pueden generarse arbitrariamente sin mayor obstáculo. Se desatan porque se plantea la necesidad de completar la información, tentación a la que se cede con suposiciones, opiniones o preferencias.

Si la información apropiada no está, se la inventa. Cuando el sida hizo su aparición, la información sobre sus mecanismos de contagio era casi igual a cero. La gente no tenía experiencias o referencias confiables para compensar la ausencia de información.

En tal circunstancia, se multiplicaron las ocurrencias sobre los mecanismos de contagio; además del contacto sexual, aparecieron la saliva, el apretón de manos, el aliento o la cercanía física. Así se explica que el intento de ubicar un sanatorio para enfermos de sida en Santiago encontrara, en esa época, fuerte oposición ciudadana. Cuando la información logró la difusión apropiada, las hipótesis sin base desaparecieron aunque no los temores.

Disponer de la información apropiada y a tiempo es una condición crucial, la única que evita el carácter confuso de las versiones.

La falta de información es, como se sabe en las ciencias del comportamiento, la base para la aparición de los rumores. La falta de información puede generarse por dificultades mayores para la recopilación de antecedentes (por ejemplo, un desastre natural con consecuencias destructivas en la infraestructura de comunicación) o el ocultamiento deliberado de los datos. El secreto es el fundamento de las conspiraciones.

De entre ellas, pocas tan bien guardadas como las costumbres libertinas del Presidente estadounidense John Kennedy. En política, ninguna tan exitosa por tantos años como la experiencia soviética bajo Stalin, época en la que una bien tramada conspiración hizo posible que una generación de intelectuales europeos creyera que allí se estaba construyendo una sociedad justa y libertaria.

Sólo después de la muerte de Stalin pudo conocerse la realidad de una de las experiencias totalitarias más sangrientas de la historia. Y en este recuento, no podría dejar de señalarse Colonia Dignidad. A falta de información fidedigna, se tejieron muchas versiones sobre su naturaleza y sólo el paso de las décadas permitió develar su secreto.

En todos estos casos, los hechos estaban allí. Sólo que la información disponible no permitía conocerlos. Sería un profundo equívoco decir que en todos ellos ocurrían cosas confusas.

La confusión sólo puede existir en las impresiones y percepciones. Esto lo sabía aquel sabio zen que insistía en hacer ver que la luna no puede ser confundida con el dedo que apunta hacia ella.

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