
Viernes 7 de marzo de 2008
Una de las verdades más irrebatibles de la era preapocalíptica era esta frase. Está científicamente comprobado. Cualquier sabandija zanjaba la más elevada o ruin discusión con esa sentencia.
Y todos a callar, porque el tipo la había leído en una revista de medicina en la sala de espera de su dentista.
Es de los tiempos antiguos, de cuando las verdades científicas tenían credibilidad, y creaban paradigmas que los ignorantes seguíamos a pies juntos.
Ahora sabemos que no es así, que cualquier crápula contrata a un grupo de profesionales de alguna disciplina conocida como científica y encarga un estudio que demuestra alguna verdad relacionada con el producto que fabrica, o al que le construye la imagen o un posicionamiento público.
Respecto de las drogas existe ese manoseo, siempre sibilino, para demostrar la tesis del ponente, que puede ser el Estado mediante sus instituciones, como en el bando del 16 de febrero de este año, firmado por los ministros de Salud, Agricultura, Interior y Justicia, que decretó que la marihuana estaba entre las llamadas drogas duras, al mismo nivel de la cocaína, empatando el pito silvestre a las drogas químicas que hasta ahora parecía que estaba científicamente demostrado que mataban.
En el bando opuesto, los marihuaneros alegan que sus petardos no sólo no matan sino que les relajan y les dan una visión más hermanable de la humanidad y de los desastres de sus vidas.
O algo así, que cuando me lo explicaron como que se iban en volá. El asunto tiene que ver con la manipulación de las supuestas verdades científicas, porque nadie en su sano juicio podría equiparar la hierba a las drogas duras por muchos estudios que encarguen a sus científicos asalariados.
Es una cuestión zanjada por las políticas públicas en el mundo desarrollado que se basan en la prevención y en la transparencia de las instituciones con sus ciudadanos y no en la represión burda. Menos en la criminalización de los usuarios, que es donde apunta ese bando.
Lo que si está científicamente comprobado en el mundo entero es que nadie se ha iniciado en el consumo de drogas sin haber empezado con el alcohol, pero es una droga que los mismos ministerios firmantes regulan, recaudan y legislan, o sea, que su credibilidad en la protección de la salud pública respecto de estas drogas es cuando menos dudosa.
El copete que mata es menos malo mientras más impuestos genera igual que el tabaco procesado con aditivos químicos, pero al pendejo que planta una mata de hierba en el patio de su casa y se la fuma con su polola, sólo un edicto del Estado lo podría convertir en drogadicto peligroso.
Y la reflexión amorosa de esta semana llegó de una periodista del laboratorio que fabrica y distribuye el Nastizol, una de mis drogas favoritas contra el dolor de cabeza producido por salir a trabajar cada día.
Informa que podemos seguir zampándonos ese Nastizol de mis amores porque estaba erróneamente incluido entre los prohibidos por la Agencia Nacional de Vigilancia Sanitaria de Estados Unidos del Imperio por contener fenilpropalamina, una droga que mata vía hemorragias cerebrales y que hasta ahora estaba científicamente demostrado que sanaba dolores de cabeza.