
Domingo 9 de marzo de 2008
El miércoles comenzó el remate de los muebles del viejo bar City, lo que quiere decir el bar del Hotel City, que por 69 años funcionó en pleno centro de Santiago, en Compañía 1052, a media cuadra de la Plaza de Armas.
El bar, un restaurante al fondo del pasillo que fue bastante bueno hasta la década del setenta , y el hotel contiguo, al que se accedía por un pasaje lateral, aún muestran su fachada Art Déco. Abrieron sus puertas en 1938, cuando el auge del Frente Popular instaló a don Pedro Aguirre Cerda en La Moneda.
Por esas razones misteriosas que les dan diferentes vigores y hasta oropeles distintos a las cosas inanimadas, el hotel siempre operó con mediocridad, nutriéndose con pequeños y medianos empresarios que venían del norte y sur del país a hacer algún trámite a la capital.
En el restaurante, sin embargo, se concentró hasta que el vendaval del ,73 se llevó a la punta del cerro tantas cosas, entre otras al Congreso Nacional, media cuadra hacia el poniente una cocina más digna que mediocre, a la que acudían abogados, periodistas que entonces vestían de traje y corbata y uno que otro juez o ministro de la Corte de Apelaciones.
El centro era el centro, y la cercanía a tiro de piedra del Congreso, el Palacio de los Tribunales y el diario "El Mercurio" nutrían de buena clientela al City. En los comedores, de albo mantel y de una atención ceremoniosa y correcta, se servían paltas reina, jamón planchado, que entonces era casi un lujo, y un notable fricassé de sesos o de criadillas.
Pero la joya de la corona era la cazuela de ave, aromática y contundente, que se llevaba a la mesa en elegante y pesada sopera rococó, con un remoto parecido a la porcelana de Delft, y se servía con cucharón de plaqué.
Sin embargo, el imán del centro era el bar, extraña mixtura decorativa (estilo ecléctico, dirían ahora los jóvenes comentaristas de restobares) de mesas y sillas vagamente alemanas, faroles de arte entre chinesco y madrileño y ventanas y guardas Art Déco.
Lo que caracterizaba sin embargo a todo el mobiliario era el tono rotundo y oscuro de las mesas y sillas del bar, totalmente construidas en pino Oregón y capaces de durar como duraron, sin deterioro alguno, casi siete décadas.
Se jugaba cacho en las mesas del sector izquierdo, tras la puerta giratoria de entrada hacia Compañía, y aunque se bebía una más que aceptable coctelería de tipo variado, el pisco sour era el caballito de batalla más socorrido.
Al mediodía, más de un caballero el recientemente fallecido Julito Martínez, entre otros ofrecía, con galantería propia de la época, el pisco sour a alguna dama, a veces distinta, pero siempre de melenita clara. A Julio lo vimos con estos ojos, además, ordenar casi siempre un platito con canapés surtidos.
¿Por qué se escribe aquí del bar City? Porque es casi con absoluta seguridad el último bar clásico de un Santiago que se fue y cuyas características y costumbres es justo recordar con nostalgia. El City, como lo fue también el Roxi de calle Moneda, el Nuria de Agustinas y el maravilloso bar del viejo Hotel Crillón en Agustinas, eran remansos de paz, sitios frescos y casi silenciosos.
Con música suave, cuando la había, y ademanes respetuosos de parte tanto de clientes como de garzones. A mediodía se bebía un cóctel que exigía destreza y elaboración por parte del barman (ahora se llaman bartenders y hacen malabarismos lanzando la coctelera al aire, por concurso) y luego, ya cerca de las dos de la tarde, el público se retiraba a almorzar con la mayor parsimonia.
Se ingería gin fizz, Tom Collins, bitter batido o a la francesa, pichuncho, todavía vaina y mucho pisco sour muy bien hecho. El whisky, es verdad, era entonces para ocasiones muy especiales, porque la importación era un lujo.
Era muy raro un parroquiano sin traje y corbata y las zapatillas de goma; la camisa afuera y, más aún, el gorrito de futbolista habrían sido considerados una herejía.
Dicen que el cierre se produjo por alza desmesurada del canon de arrendamiento, ante lo cual el operador decidió decir "no va más". Ya los bares de caballeros no son negocio y el centro ya no es el centro. Cuando existía el City en gloria y majestad, hasta uno que otro futbolista que concurría era un caballero.