
Domingo 9 de marzo de 2008
El alegre ritmo tropical, aliñado también por uno que otro bolero de Lucho Gatica, es la cadencia de fondo en que dandies de medio pelo, peinados con el amoldado humedecido del jockey de mecánico y detrás de unos lentes ahumados, pasean buscando sonrisas.
Gestos que indican que una invitación a la jarana es siempre carta segura para descargar el Kino acumulado, después de la pega.
Eso lo saben muy bien las "niñas" de la calle Emiliano Figueroa, quienes, debido a su experiencia libidinal, ad portas lo senil, tienen la maestría hot de quien con una sola señal de culo y cigarrillo manchado de labial indica la puerta precisa detrás de la cual comienza, no digamos el placer, sino más bien un paraíso muy particular.
Emiliano Figueroa, además de ser históricamente un Presidente de Chile que duró apenas dos años en La Moneda, es también el nombre de esta reducida arteria donde los que van esperan no cometer del mismo modo el injurioso desacierto en este caso sexual de "acabar" antes de lo presupuestado.
Y aunque la diversión dure poco, si se sabe aprovechar a concho la instancia que ofrece esta parte nostálgica de Santiago, no se pierde para nada la inversión. Es que si se buscan aventuras que contar a lo Joaquín Edwards Bello en su famosa novela "El Roto" , esta "lúdica" zona roja a la chilena es el lugar más recomendable.
Un pedazo del sustrato irreal de la metrópoli que se niega a morir, a perderse en detrimento de la gran aparición de saunas que han arrancado de raíz la clientela de los clásicos barrios puteros de calle Maipú, Seminario, Puente o San Camilo.
Pero aunque este sitio tiene el plus de permanecer como el remanso fiel de la bravura que tuvieron estos lugares en los años treinta, la cosa de todos modos se ha enchulado.
Atrás quedó la época en que los poetas y escritores de la Generación del 38, como Miguel Serrano o Eduardo Anguita, transitaban por aquí mismo, siguiendo las relucientes líneas del tranvía, hablando de la vida y de la literatura hasta la madrugada. Hoy, el espectáculo con desnudistas mórbidas y víctimas de las estrías posparto se apodera del iluminado recorrido.
La cumbia fue sustituida por un ritmo tropical puertorriqueño, que saturando la calle hace mover coquetamente a sus decadentes musas, las que, sentadas en las entradas colindantes con la cercana calle 10 de Julio, esperan, acompañadas de cafiches ancianos, en lo que puede decirse es una imagen casi familiar de esas fotos antiguas.
Aquí mientras el tiempo arrecia sobre estas ventanas oscuras, y la silueta de una puta coja persiguiendo a un cliente se mueve entre la penumbra, la imagen de la última calle clásica de remolienda de Santiago va borrándose de a poco.