No es que su actual pareja sea igualita a la antigua. Ni que sea hiperactivo o ande por el mundo sin hacerle mucho caso a la idea del sueño europeo de los jerarcas de la UE. Tampoco son sus ansias mediáticas. No pues, la culpa, simplemente, la tiene París.
Hace un tiempo, en un profundo análisis de los primeros meses del Gobierno de Sarkozy -que sólo puede ser en un asado bien regado-, Cristóbal y Andrés quedaron atónitos y enrabiados con mi declaración de que la cultura francesa era fascista y, peor, machista.
Afirmé que nada bueno ni malo había salido de París y que la supuesta revolución ciudadana no era más que un trozo de papel nunca respetado y mucho menos implementado.
"¡Bah! Fraternité, egalité, leseras y palabras sin sentido", dije mientras las protestas subían de temperatura. "¿Cómo me explican que existe un ‘mercado de filósofos’? ¿O que los best sellers franceses son de puros hombres que se dedican full time a pensar, repensar y masticar en una avalancha aburridísima sobre la levedad del cangrejo?".
El ejemplo más potente era que sólo los hombres de la intelligensia parisina se abocan a lo de "pensar": no hay ninguna Sartre ni Foucault ni menos una Henry-Levy. A la mujer la relegaban, porque alguien debía criar a los hijos y parar la olla. "Es culpa de la dictadura de la cultura", sentencié.
Andrés agarró el micrófono: "Estás diciendo una barbaridad. Este mundo no sería lo mismo sin Francia. Nos dio la civilización".
Cristóbal interrumpía con una larga lista de connotados literatos, dando testimonio sobre el legado de la famosa cultura francesa que, aseguraba, salvó al mundo.
Pero no me convencían y se pusieron a revelar las bondades de le garçonniere, institución gala por excelencia que no es más que un departamento que se usa para los affaires. Un arreglo que no tiene nada de escandaloso, porque la vida de cada uno se supone privada.
O sea, es una tradición tan burguesa que, como todo lo burgués, aspira a ser un capital para subirle los bonos al macho. Tanto, que hasta que apareció Sarkó, un Presidente francés no podía ni soñar ser respetado ni menos elegido si es que no existían rumores de que tenía al menos una amante. Era su plus electoral.
El Sarkó, hijo de inmigrantes y lo más fuera de lo común de la esfera de poder en París, destronó a Ségol ne con una campaña basada en el cambio absoluto. Su mandato reposaría en que iba a hacer y deshacer todo. No podía contrastar más con su oponente, víctima de haber hecho todo lo que correspondía y un poco más.
Obvié las protestas y señalé qué, justamente, como mujer, con estudios en la ENA y un marido ad hoc, Segó no fue electa porque era lo que no cabe en una garçonniere: mujer profesional, madre y con ambiciones propias. Andrés estaba indignado: "Nunca he escuchado que acusaran a los franceses de fascistas si son la cuna de la independencia cívica del mundo".
Y yo respondí: "El Estado está en todas partes, la cultura francesa no deja respirar y hace creer que con tal que tengas una garçonniere -o aspires a una- la cosa está equilibrada. Basta ver las películas esotéricas del cine francés para darse cuenta de que su vida es una lata".
Cristóbal, observando cómo la champaña se acababa, recordó la resistencia a los nazis y dijo que la ex esposa de Sarkó "es preciosa. Una ex modelo".
Ahora que el mediático Sarkó tiene una nueva mujer, recordé el incidente. Pongo énfasis en "tener", que supone ser propietario de alguien. Desde su primer flechazo en la casa de un publicista hasta las primeras fotos, la primera boda, y el primer mensaje de texto fugado a la prensa, su affaire alimenta a la prensa internacional, obsesionada con los atributos superficiales de la modelo.
Los podrían acusar de ser un legado nefasto de la cultura francesa: todo el machismo expuesto en los flashes de los paparazzi, lo que no impide que sea un buen negocio tanto para Sarkó como para la prensa.
Aunque de vez en cuando se reconozca la profesión de Bruni -"es una cantautora" se señala jocosamente- en seguida se cita la lista de ex amores. Usualmente Mick Jagger y el mito de que fueron sorprendidos por su esposa, la tejana y también modelo Jerry.
Se ha tejido la imagen de una "comehombres", que no vacila en "quitarle el marido" a otra si le bajan ganas. Ser modelo puede ser trágico para cualquiera que carezca de buena autodefensa. Las descalificaciones pueden quebrarte, porque la sentencia es inmediata: sirves o no sirves para vender tal o cual producto.
La Carla es una mujer culta y supo -como la camada de las súper modelos de los ’80- manejar sus atributos al son del negocio de la moda y la política. La idea de que la mujer bonita es alguien hueco y tonto remonta a la percepción de que lo bello es moldeable y por ende, falso.
Y como toda superficialidad puede desecharse. Eso es cierto. Pero las modelos que sobreviven a la competencia animalesca de las pasarelas de Milán, París, Nueva York, y ahora, Londres, saben que no son ellas las que figuran en las imágenes. Conocimiento bastante exclusivo, porque ni los consumidores ni los políticos reparan en enjuiciar el significado de cada imagen. Algo muy parecido al sistema cultural francés: si hay mercado, hay demanda, y hay que vender o venderse bien.
El buen Presidente de Francia cree que con tal de llevar la modelo a la garçonniere, ha cimentado su derecho cultural, porque según sus cálculos, su penetración en la sociedad sería más beneficiosa. Pero con la irrupción de Bruni, la cultura francesa se encuentra ante una verdadera revolución.
Aunque se crea lo opuesto, ella no está para encubrir la gestión del outsider Sarkó ni para ser analizada en libracos filosóficos. Ella está para romper el mito de las modelos y de paso, el mito democrático francés. Simplemente porque es una mujer de carne y hueso que piensa lo que supera la imaginación más sabrosa de los filósofos. Y contra eso no puede competir ni el best seller más rebuscado.
*curvaspoliticas.blogspot.com