
Viernes 14 de marzo de 2008
Italia vive con desencanto la campaña para las elecciones legislativas del 13 y 14 de abril, al perder Romano Prodi una moción de confianza en el Senado el pasado 24 de enero. Como en 1998, su mandato concluye de modo prematuro por problemas internos en la coalición gubernamental. Ahora Prodi dice basta y que se dedicará a sus nietos. En un país normal, un ministro de Justicia dimite si su esposa se ve involucrada en un caso de corrupción y él mismo está bajo seria sospecha. Pero en Italia no. Clemente Mastella tuvo la desfachatez de hacer caer a todo el Gobierno y pasarse al campo contrario, favorito en los sondeos (aunque esto ya no está tan claro tras las deserciones en la coalición berlusconiana). Italia necesita y merece más de su desacreditada clase política.
Con tantos partidos políticos en la mesa, muchos de ellos con estrechos intereses a defender y ninguna responsabilidad global, resulta casi imposible reducir el gasto público. Italia vive un rápido envejecimiento de la población, pero su deuda pública todavía supera al Producto Interior Bruto anual. Nadie sabe cómo hará frente al pago de pensiones, y aun así el esforzado intento de Romano Prodi de reformar el sistema se vio dinamitado por sus propios aliados. El estancamiento económico, la dejadez en sus infraestructuras, la corrupción que no cesa y las montañas de basura en la región de Nápoles avergüenzan a los italianos. La última humillación es que España les haya superado en renta per cápita. Y es que en los últimos diez años, Italia creció una media de 1,4% anual, y España 3,6%. Nadie debería extrañarse si en las elecciones de abril muchos ciudadanos deciden aprovechar la fortaleza del euro y visitar Nueva York, o cualquier otra parte, o incluso quedarse en casa, y dejar que la casta de políticos se apañen entre ellos.