
Viernes 14 de marzo de 2008
Todos los brasileños lo dirán: su país existe gracias a Napoleón. El Brasil moderno es el avatar feliz de un exceso de orgullo imperial. Nació como nación porque Bonaparte obligó a la familia real portuguesa a huir al otro lado del océano, hacia su inmensa colonia. Cien días más tarde, la dinastía de los Braganza llegaba a Río. Fue hace dos siglos, el 7 de marzo de 1808.
En 1806 el Emperador, en la cúspide de su poderío, decreta el bloqueo continental contra Inglaterra. Sólo Portugal se resiste. No puede resolverse a traicionar a Albión, su vieja protectora. Napoleón se indigna contra el insolente paisito y le lanza un ultimátum. En Lisboa reina un regente, Don Juan, el futuro Juan VI el Clemente. Su madre, la reina María, se sumió en la demencia desde la muerte de su hijo mayor: se había negado, por motivos religiosos, a vacunarlo contra la viruela. Don Juan tiene 40 años. Tomará la decisión correcta: exiliarse más allá de los mares. El éxodo es un viejo proyecto, citado cada vez que el reino estaba en gran peligro. Esta vez hay que ejecutarlo de prisa. En la confusión, los 60 mil volúmenes de la biblioteca real y la platería de las iglesias quedan en los muelles. En un destello de lucidez, la "reina loca" grita al cochero que la lleva al puerto: "¡Menos rápido! Van a creer que huimos". El 29 de noviembre en la mañana ha dejado de llover, el sol brilla, se levantó el viento. Se da la orden de partida, la flota desciende por el Tajo y se aleja.
A propósito de Don Juan, Napoleón escribirá: "Es el único hombre que se burló de mí". Toda la elite portuguesa huye. Entre 5 mil y 15 mil, según los historiadores. Su periplo es una pesadilla. Una invasión de piojos obliga a las mujeres a rasurarse el cráneo. Tras 25 días, don Juan desembarca en Salvador de Bahía. Por primera vez, un soberano de Europa pisa el suelo de América. La fiesta dura una semana, durante la cual miles de súbditos vienen a besar la mano del príncipe. Esta escala es un golpe político. Don Juan reafirma su autoridad alrededor de una ciudad, Salvador, primera capital de Brasil y nostálgica de ya no serlo. El regente toma allí una decisión crucial: abrir los puertos al comercio mundial. El fin del monopolio colonial es el precio que se paga por su apoyo a Inglaterra. Cien días después de haber dejado Lisboa, la flota echa anclas en Río. La familia desembarca al día siguiente en gran alborozo.
Tres siglos después de su descubrimiento por Pedro Álvares Cabral, Brasil seguía siendo tierra inexplorada. Sus tres millones de habitantes apenas se sienten "brasileños". La llegada del príncipe transforma la colonia en metrópolis. Río se agranda, se embellece y se refina. Se abre a las mercaderías y a las ideas. Don Juan implanta un Estado organizado. Da a Brasil su unidad política, económica y lingüística. Mientras la América española se desgarra, Brasil se emancipa en calma de la tutela portuguesa. En 1815 el regente proclama "el reino unido de Portugal, de Brasil y de Algarbe", haciendo de Río la igual de Lisboa. Se convierte en el Rey Juan VI. Un año después de su regreso al país natal, su hijo Pedro proclama la independencia (7 de septiembre de 1822) y se convierte en el primer emperador de Brasil.
Brasil celebra el 7 de marzo con orgullo el bicentenario de la llegada de Don Juan. En el último carnaval, varias escuelas de samba hicieron de ello el tema de sus desfiles. Uno de los refranes, coreados por la muchedumbre, terminaba por un feliz "¡Hasta luego Napoleón!". Hasta luego y gracias.