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  Un gran vacío sobre nuestra identidad

  Este problema se relaciona de modo muy definitivo con nuestro pasado, en particular con los orígenes biétnicos de nuestra cultura, los que se encuentran en la Conquista y el aporte araucano.

Viernes 14 de marzo de 2008

Una vez más podemos comprobar, de acuerdo con una encuesta bicentenario que hace un tiempo se comentó en El Mercurio, que los chilenos, incluso los más interesados en estudiar el problema de nuestra identidad, no han reflexionado ni se han documentado lo suficiente sobre el verdadero significado de esta palabra. Y creemos que quien mejor describió este verdadero problema (porque no es posible definirlo como muchos otros asuntos que tienen que ver con la sensibilidad y con el alma humana), ha sido el filósofo mexicano Luis Villoro. También lo ha hecho el novelista y ensayista de ese país Carlos Fuentes. Entre nosotros, quien vio el incordio con gran claridad fue el filósofo y músico Eduardo Carrasco. Por eso sería bastante importante que los interesados en el asunto, tal vez el más significativo para un país y una cultura, se preocuparan de verdad de abordarlo en profundidad, de modo de no seguir discutiendo a partir de vaguedades.Lo único que se han conseguido por este camino ha sido desorientar y equivocar el camino.

Luis Villoro expone de una manera muy acertada: "La identidad es algo que puede faltar, ponerse en duda, confundirse, aunque el sujeto permanezca. Su ausencia atormenta, desasosiega; alcanzar la propia identidad es, en cambio, prenda de paz y seguridad interior. La identidad responde, en este segundo nivel de sentido, a una necesidad profunda, está cargada de valor. Los enunciados descriptivos no bastan para definirla".

Este problema se relaciona de modo muy definitivo con nuestro pasado, en particular con los orígenes biétnicos de nuestra cultura, los que se encuentran en la Conquista y el aporte araucano, hoy mapuche, en nuestro espíritu y nuestra cultura. Es decir, hemos negado nuestro pasado y al hacerlo también hemos dado la espalda a nuestra verdadera identidad. Desde la Colonia y luego a partir de la Independencia nos hemos declarado eurocentristas: europeos y no latinoamericanos como nos correspondía de forma indefectible por nuestra trayectoria. Es decir, hemos traicionado nuestro pasado, porque nos avergonzamos de tener ancestros indígenas y hasta hoy no hemos solucionado la gigantesca deuda histórica con los mapuche. En cambio, los tratamos como si fueran enemigos, sin percibir que fuimos nosotros los que les robamos sus tierras, los que los hemos explotado y tratado de exterminar, como ocurrió durante la llamada pacificación de la Araucanía, el mayor genocidio sobre ese pueblo que vio la historia nacional. Estamos llegando de manera peligrosa al momento en que para un mapuche puede ser mejor morir que seguir viviendo carente de dignidad.

Este último aspecto lo vio con una gran nitidez Eduardo Carrasco cuando dijo: "En Chile ser indio no es un prestigio, se desprecia a los países donde hay más presencia indígena, cuando en realidad esos países tienen mucha más identidad que el nuestro y si existe algún elemento de identidad nuestro, seguramente también tendría que ver con lo que nosotros tenemos de indios. Hay una historia de falsificación en ese sentido. El chileno siempre se ha proyectado en una imagen falsa. Por eso es que cuando la gente se pone a pensar qué somos, no encuentra lo que somos. No porque no seamos nada, sino porque eso que somos no se quiere reconocer".

Estas sabias palabras deberían aparecer en algún texto de historia para la enseñanza media. Fueron recogidas en una entrevista que le hizo la periodista Faride Zerán, en el diario La Época en agosto de 1995.

Vale la pena citar las sabias y concisas palabras de Carlos Fuentes, a quien se mencionó como un aporte en el debate: "Todo el problema de la identidad de América Latina se da en torno a un punto fundamental: reconocer la existencia de nuestra diversidad y nuestro mestizaje. Ahí radica toda nuestra riqueza". Por tanto, si se trata del agudo, significativo y dramático problema de nuestra identidad y de su falta o de su falsedad, conviene hacer un giro radical y estudiar y aceptar la verdadera historia, como lo han hecho la mayoría de los países mestizos de América Latina.

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