Los reality shows, la comida rápida, la renuncia a la profundidad, el espectáculo del cine y el fútbol, las nuevas maneras de acercarse a la literatura son ejemplos que Alessandro Baricco (1958, Turín) grafica para hablar de esta nueva especie que mira la vida desde una superficie sin pasado.
El autor de títulos como "Seda" o "Next" estuvo en enero en Santiago, donde vio la adaptación al teatro de su novela "Sin sangre", y habló de esta tribu. En una de sus charlas ejemplificó a los bárbaros. "Van a las librerías, compran libros de new age, Cómo cocinar hamburguesas, Cómo superarse, dos biografías, una de Teresa de Calcuta y la otra de Paris Hilton, y quizá un libro de Baricco". Aquí reproducimos fragmentos del volumen (menos los subtítulos) que llega a Chile en abril.
SUPERFICIE DE LO EXISTENTE
Los bárbaros tienen una lógica. No son una célula enloquecida. Son un animal que quiere sobrevivir y que tiene sus ideas sobre cuál es el mejor hábitat donde conseguirlo. El punto exacto en el que se dispara su diferencia es la valoración de lo que puede significar, hoy en día, adquirir experiencia. Podríamos decir: encontrar el sentido. Es ahí donde ellos ya no se identifican con el manual de buenas maneras de la civilización que les toca, y que, a sus ojos, ofrece únicamente retorcidas no-experiencias. Y vacíos de sentido. Es ahí donde se dispara esa idea suya de hombre horizontal, de sentido distribuido en la superficie, de surfing de la experiencia, de redes de sistemas de paso: la idea de que la intensidad del mundo no se da en el subsuelo de las cosas, sino en el fulgor de una secuencia dibujada en la velocidad, en la superficie de lo existente.
CIVILIZACIÓN DEL LIBRO
¿Cuál es la idea de calidad que han impuesto los bárbaros? ¿Qué demonios quieren leer? ¿Qué es, para ellos, un libro? ¿Y qué nexo existe entre lo que ellos tienen en la cabeza y lo que nosotros identificamos aún como industria editorial de calidad?
Creo que lo primero que puedo decir es que los bárbaros no han barrido la civilización del libro que encontraron: si alguien teme un genocidio más o menos consciente de esa tradición, es probable que identifique un riesgo posible, pero no una realidad ya en curso. Me he limitado a preguntar por ahí qué pasa con esa literatura, por ejemplo, que nosotros los viejos seguimos considerando de "calidad".
El dictamen de los técnicos, incluso de los más escépticos respecto a la orientación que está tomando el mercado de los libros, es que esa literatura se ha beneficiado de la ampliación del mercado: vende un poco más, a veces mucho más, en la práctica nunca mucho menos. Ni las grandes superficies, ni el cinismo de las editoriales y de las distribuidoras han conseguido minarla.
No me extiendo, porque éste no es un libro sobre los libros, pero las cosas son así. Hoy en día, un escritor de calidad como (Antonio) Tabucchi vende más de lo que lo podría hacer, objetivamente, un Fenoglio en su época. Lo que nos lleva a pensar lo contrario es la perspectiva, el juego de las proporciones: mientras que el Tabucchi de este contexto ha aumentado de manera discreta sus ventas, todos los demás libros, los que a nosotros los viejos no nos parecen de calidad, han ampliado su campo de influencia enormemente. (...)
Si observáis una clasificación de las ventas, encontraréis un número increíble de libros que no existirían si no surgieran, digamos, de un lugar externo al mundo de los libros: son libros de los que se ha hecho una película, novelas escritas por personajes televisivos, relatos escritos por gente más o menos famosa; cuentan historias que ya han sido contadas en otra parte, o explican hechos que ya sucedieron en otro momento o de otra manera. (...)
La hipótesis que podemos aprehender es ésta: los bárbaros utilizan el libro para completar secuencias de sentido que se han generado en otra parte. Lo que rechazan, lo que no les interesa, es el libro que remite, por completo, a la gramática, a la historia, al gusto de la civilización del libro: todo esto lo consideran algo pobre de sentido. No puede insertarse en ninguna secuencia transversal, y por tanto debe de parecerles terriblemente apagado. O, por lo menos, no es ése el juego que saben hacer.
MATAR AL 10
Naturalmente, buena parte de esa idea de espectacularidad guarda relación con las técnicas de narrar, con la televisión, las tomas, el tipo de comentarios, la escritura deportiva en los periódicos, etc., pero hay algo que guarda relación también con la naturaleza misma del juego, con su técnica, con su forma de organización.
Por lo que a nosotros se refiere, la pregunta es ésta: si a los bárbaros les resulta necesaria una espectacularidad de los gestos, ¿cómo es posible que hayan llegado al absurdo de eliminar precisamente el aspecto más espectacular de ese juego, es decir, el talento individual, o incluso la marca del artista, esto es, el número 10? ¿Por qué golpean precisamente el aspecto en el que ese gesto parece asumir su dimensión más elevada, más noble, más artística?
No es una pregunta únicamente futbolística, porque, como a estas alturas empezaréis a comprender, se trata de un fenómeno que podremos encontrar en casi todas las aldeas saqueadas por los bárbaros. Se dirigen directamente adonde se encuentra el corazón más elevado del asunto y lo destruyen. (...)
En el fútbol, para quien entiende del tema, esto está escrito muy claramente. Si renuncias a (Roberto) Baggio es porque has creado un sistema de juego menos cerrado, en el que la grandeza del individuo es, digamos, redistribuida entre todos, y en el que la intensidad del espectáculo se encuentra diseminada. En los límites de un juego en equipo, el viejo fútbol vivía de muchos duelos personales y de una división esencial de las tareas.
LA WEB CHORREA TINTA
Tal vez los blogs han dinamitado la literatura, incluso la han sustituido; pero no es verdad, es tan evidente que no es verdad, que por eso tampoco nos quedamos tranquilos y terminamos con la pregunta de las preguntas, que insoslayablemente se le hace a todos los Nobel, y que es si el libro tiene algún futuro todavía, si un objeto tan antiguo y obsoleto puede resistir aún algunos años más; pero la respuesta también entonces es implacable, y dicen que no se ha inventado todavía nada mejor, algo tecnológicamente más refinado y formidable, porque ninguna pantalla es mejor que la luz reflejada de la tinta, e intentad llevaros a la cama el ordenador portátil y leer ahí a vuestro Flaubert o a vuestro Dan Brown, intentadlo, qué asco.
Por tanto, el desarrollo tecnológico no existe. Aunque en el fondo nos disgusta. Así resultaría todo más comprensible, si la humanidad leyera ya sobre un único soporte gomoso, sin hilos, en el que, según nuestros deseos, aparecieran los periódicos, los libros, los cómics, y los links de todas las clases, y fotos y películas; así resultaría más sencillo entender por qué a Faulkner ya no lo lee nadie. Resultaría más comprensible el animal, mientras que así, sin las patas traseras, parece sólo una broma grotesca, y por tanto un apocalipsis sin causa.
EL ECLIPSE DEL CINE
En las películas hollywoodenses todavía nos entretenemos midiendo su rasgo espectacular, y valorando en qué medida su presencia perjudica el sentido, la inteligencia, la profundidad. Pero, incluso ahí, se trata de un razonamiento un tanto académico, que desentona con nuestra instintiva adopción de esas mismas películas como mitología de nuestro tiempo.
Por otra parte, el cine (forma de expresión privilegiada de la cultura bárbara: televisión, video, videojuegos proceden de ahí), y por otra parte, el cine es casi un símbolo sintético y totémico del proceder bárbaro: cómo restablecer en una unidad velozmente perceptible una trayectoria que pasa por puntos tan distintos entre sí.
Pensad, aunque sólo sea en el punto de vista, el ángulo en que se sitúa la cámara: ¿cómo es posible transformar en una única mirada (la tuya) ese ir y venir por puntos distintos, diseminados en el espacio? En la realidad, nadie ve así. Pero en el cine sí vemos así. Y nos resulta más bien natural. Esa naturalidad necesita de cierto eclipse de la inteligencia: el rasgo espectacular del cine (en este caso, el montaje) es el doping artificial que genera esa naturalidad.
CONSUMIR PASADO
Si hay, pues, algo que haga enfurecer a la civilización es el tipo de relación que los bárbaros mantienen con el pasado. No tanto con la historia pasada: es con la cultura del pasado. (...)
Yo lo resumiría así: el pasado es uno de los lugares privilegiados del sentido: hay que comprender que nunca ha terminado, y que revive en cada gesto que sabe rescatarlo del olvido. Saber rescatarlo del olvido es un asunto de esfuerzo, rigor, estudio e inteligencia. La idea de los bárbaros, a este respecto, es radicalmente opuesta. La resumiría así: el pasado, como dice la misma palabra, es pasado. Fin de la discusión.
Bien mirado, el pasado no se encuentra ausente en absoluto del imaginario colectivo de los bárbaros. Digamos que está presente, y mucho, pero de una manera peculiar. El pasado está en la mente de los bárbaros como las cosas viejas o antiguas están en los cómics o en las películas de ciencia ficción. (...)
Se repite sin cesar el axioma según el cual la utilización del pasado que hacen los bárbaros se corresponde con la que hace la civilización como una hamburguesa de McDonald’s se corresponde con un asado. La gente finge creérselo. Pero en el fondo sabe que el axioma verdadero es otro: el pasado de los bárbaros se corresponde con el de la civilización de la misma manera que comer una hamburguesa de McDonald’s se corresponde con mirar un asado. En esta intuición, la gente constata la convicción, típicamente bárbara, de que el pasado es útil sólo cuando y donde puede convertirse, de inmediato, en presente. Cuando uno puede consumirlo, comerlo, transformarlo en vida. La relación con el pasado no es un principio estético, no es una forma de elegancia: es la respuesta a un hambre. LCD