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  El gran dilema de Obama

  Si su estilo no es capaz de sobrevivir a una campaña, difícilmente podría sobreponerse a los insalvables dilemas que terminan acompañando al ejercicio del poder.

Martes 25 de marzo de 2008

La promesa de mejores días para la sociedad estadounidense no habría logrado un nivel de receptividad tan impresionante si no hubiera sido realizada por un político que proyectara un grado de sinceridad y carisma tan excepcional como el de Barack Obama. La movilización de millones de ciudadanos que, por lo común, no tienen interés o desconfían de la política, ha sido histórico en lo que podría haber sido otro simple proceso de primarias del sistema político norteamericano.

Este inmenso entusiasmo popular tampoco sería posible si el primer candidato negro con posibilidades en la historia de EEUU no invitara a neutralizar el poder de los grandes intereses que habrían estado tras las decisiones políticas y económicas más dañinas para la convivencia nacional de los últimos años. En gran parte, Obama está remeciendo los cimientos de la política de su país gracias a su rol de outsider. Es decir, a su autodefinición como un político ajeno a la ambición de poder por el poder y a la conducta maquiavélica que esta relación fomenta.

No obstante, ese mensaje "revolucionario" podría convertirse en una promesa imposible de cumplirse si Obama decide apostar todo al logro de su nominación como candidato demócrata en esta oportunidad, y no, dentro de cuatro u ocho años, como propone la senadora Hillary Clinton. Desafortunadamente para los planes de Obama, sus últimas derrotas en los populosos estados de Texas y Ohio (pese a no alterar mayormente la distancia entre ambos candidatos) han expuesto de forma más seria las debilidades de su candidatura.

En particular fue el duro revés en un estado estratégico para el Partido Demócrata, como Ohio, lo que intensificó la duda sobre los prospectos de un triunfo presidencial basado, más bien, en victorias en estados pequeños y algunos de nulo valor para un candidato liberal. Lo paradójico es que la posibilidad de derrotar a Clinton, en este nuevo contexto, requiere que Obama se convierta en un insider. Es decir, un político calculador que se aferre a las matemáticas, a las reglas del partido (para evitar que se incluyan los resultados muy adversos en Florida y Michigan) y a usar sus contactos más influyentes para presionar a los superdelegados que aún no han hecho pública sus preferencias.

A partir de ahora, Obama se vería entonces forzado a enterrar al mensajero de "los nuevos tiempos", y recurrir en mayor grado a las tácticas que han pavimentado el camino al poder de sus adversarios. Coincidentemente, las revelaciones de su doble juego en temas muy importantes para su imagen, como su posición en el tratado de libre comercio, su asociación con un siniestro personaje de negocios en Chicago (el caso Obama-Rezko) y su contradictoria posición en el retiro de las tropas de Irak, ya han comenzado a mostrarlo como un político más tradicional. De la misma manera, es fácil constatar un aumento en la utilización de estrategias comunicacionales menos "inspiradoras", especialmente destinadas a deteriorar la imagen de Clinton.

Gran dilema, porque los millones de apasionados obamistas necesitan también mantener el sueño del advenimiento de alguien inquebrantable en la misión de mejorar los valores éticos y morales en la forma de hacer política. Y si ese estilo de liderazgo no es capaz de sobrevivir a una campaña electoral intensa, difícilmente podría sobreponerse a los colosales e insalvables dilemas que terminan acompañando al ejercicio del poder.

 

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