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Miércoles 26 de marzo de 2008
Pungas, choros y carteristas de poca monta, junten miedo, ha nacido el primer superhéroe chileno, nuestro como las marraquetas. Un hombre de verdad que sangra si le pegas y llora si le hieres. Hecho de pura fibra pero con corazón de abuelita. Su nombre es Mirageman y tiene más gracia que Superman y más estilo que Batman.
Quién pensaría que una idea febril, los músculos de Marko Zaror y una buena dosis de patadas voladoras darían como resultado una cinta tan buena. Ernesto Díaz, ha hecho la película que ha querido y los resultados son elogiables: humor, tensión y un personaje rebosante de gracia, una cinta que tiene todo para que el espectador salga del cine sintiéndose más seguro, odiando a Don Graf por incompetente y con ganas de matricularse en la primera academia de artes marciales que encuentre.
Y eso es más que suficiente. Hace tiempo que una película chilena no demostraba que el talento es tener una idea bien clara y el humor suficiente para tomar en serio una historia como ésta. Díaz tiene un talento envidiable, es como esos alumnos que sin tener el mejor promedio, pasa todos los ramos y se gana el premio al mejor compañero, es decir un tipo inteligente que sabe que más vale tener pocos recursos pero administrarlos bien.
En la cinta, Maco (Zaror) es un guardia de seguridad en un cabaret. Años atrás, un violento asalto lo ha dejado huérfano y a cargo de su traumatizado hermano (Ariel Mateluna). Una noche se enfrenta cara a cara con unos delincuentes que asaltan a una familia, salva a la chica (María Elena Swett, como una trepadora periodista amarillista), y prensa mediante, se convierte en un superhéroe mal vestido pero con el temple para enfrentar desde pandilleros reggaetoneros y hasta una red de pedofilia.
La historia es, en su estructura, igual que cualquier película de héroe por azar, pero sus jocosos toques la hacen original y divertida. Bebe sin pudor del cómic y las cintas de artes marciales, se burla del romanticismo adolescente de Spiderman y de los valores morales del cuarto poder.
Puede que a ratos se hiperventile y que sus discretas actuaciones hagan honor a un cine clase B, pero es sencillamente una cinta que sabe muy bien cuál es el terreno donde va a dar la pelea. No tiene más pretensiones que hacer una comedia enterita, genuinamente divertida y, como pocas, rigurosa en su forma y estética, porque Díaz no plagia, homenajea con sus tiros de cámara setenteros y su banda sonora ad hoc.
Su honestidad es arrolladora, éste es un héroe que debe tomar el Transantiago a riesgo de llegar tarde a la acción, su fiel compañero es un Seudo Robin entrenado en las pinchangas de barrio cuyo único superpoder es tener dos motos prestadas. Le pegan, pega de vuelta, le roban la ropa, salva al país, no se olvida de tomar su batido proteico y contesta todos los mails donde le ruegan por ayuda. Con superhéroes como este podemos estar tranquilos, que vengan los ladrones porque Mirageman ha llegado para quedarse.