
Domingo 30 de marzo de 2008
Si existiesen los diez mandamientos del empresariado chileno, uno de los más importantes sentenciaría: "Defenderás el reemplazo de los trabajadores en huelga tanto como a tu propia vida". Y si así fuese, a estas alturas el resto de los empresarios miraría con recelo a Juan Claro.
Porque en varias de las tantas reuniones de la Comisión de Equidad y Trabajo, el ex presidente de la CPC se mostró abierto a negociar la eliminación de los rompehuelgas. Cuando por primera vez oyeron eso, el resto de los integrantes del consejo quedó sorprendido, sobre todo los representantes de la derecha más dura. Hasta entonces, ningún miembro del sector privado había hecho en público semejante planteamiento. Lo hizo el año pasado el líder de los empresarios, Alfredo Ovalle, pero lo obligaron a retractarse. Un reto de Bruno Philippi bastó para que se desdijera de tamaña metida de pata.
A diferencia de Ovalle, Claro aún no se retracta y lo más probable es que no lo haga. De hecho, ha reforzado su postura en las últimas sesiones de la Subcomisión de Institucionalidad y Relaciones Laborales, que él integra. "Si me preguntan si estoy dispuesto a un sistema distinto de reemplazo en huelga a cambio de temas de flexibilidad, diría depende", planteó en uno de los últimos encuentros.
Fue él quien propuso, en la comisión, terminar con la multiplicidad de razones sociales que utilizan muchas de las grandes compañías chilenas. De hecho, sus propuestas han sido menos ortodoxas de lo que se podría esperar. Por algo, Claro es el hombre de los acuerdos y el dirigente que inauguró la era del fair play entre los empresarios y el Gobierno. Incluso, algunos miembros del Consejo de Equidad dicen que muchas veces le sale su lado humanista, ese que en los años ochenta lo hacía militar en la convicción de que el ser humano era el más central de los valores. Cuando pensaba que su misión era humanizar la Tierra.
Pero no hay que olvidarse que si está en la comisión es en representación de los empresarios. Y tantas otras veces ha salido a flote su lado más duro. No debe ser fácil conciliar un pasado humanista con un presente enraizado en el capitalismo.
Encandilado por el gurú
Claro es una de esas personas a las que les toca nacer, vivir y morir en el seno de la elite. Su abuelo materno fue el Presidente radical Gabriel González Videla, y su padre, José Claro Vial, fundó la Compañía General de Electricidad, firma que en algún momento fue la segunda en importancia del país. También tiene uno de esos nombres largos que tanto le gustaba a la antigua elite. Se llama Juan José Héctor Gabriel Claro González, en honor a sus cuatro abuelos.
Desde joven supo de pérdidas significativas. Su madre murió cuando él tenía 18 años, un día después del nacimiento de su hermano Andrés, el filósofo que hoy suele recibir en su departamento de París a personajes como Patricio Fernández y Rafael Gumucio. Años después, su hermano Pablo quien sufría de esquizofrenia se fue de la casa y los rumores dicen que se perdió en la cordillera. Otro de sus hermanos, José quien era benefactor de las terapias tripartitas para el sida murió en su departamento.
Probablemente, estas situaciones dolorosas acercaron a Claro al pensamiento de Silo, el gurú mendocino padre del humanismo y quien
según sus seguidores es uno de los pensadores "más provocativos de esta época". El ex presidente de la Sofofa era uno de sus incondicionales. Cuando bordeaba los 30 años, y después de residir en Valdivia junto a su esposa, la sicóloga Marta Guzmán, se sintió atraído por el pensamiento humanista que pregonaba Mario Rodríguez, el nombre real de Silo. Eso era a fines de los setenta.
Contra la bomba
Según él mismo ha dicho, en su juventud fue hippie y usó el pelo largo. Pero era de esos hippies que salían del Saint George's y que más tarde ocupaban cómodos cargos gerenciales. De hecho, ya a mediados de los setenta Claro se dedicaba a las exportaciones no tradicionales y luego ingresó a Derco, la empresa de la familia Del Río. Poco después se incorporó a Friosur como gerente general.
Al parecer, siempre tuvo facilidad para moverse en mundos aparentemente opuestos. Porque mientras de nueve a cinco ocupaba cargos gerenciales, el resto del tiempo se metía con todo a profundizar el pensamiento de Silo.
Apenas comenzaron los años ochenta, el empresario ingresó a la Comunidad para el Desarrollo Humano, que era la chapa que utilizaba el humanismo durante la dictadura. "Lo que hacíamos era desarrollar toda forma no violenta de transformación de la sociedad, a través de la educación y de acciones que permitían la construcción de una sociedad basada en los principios de Silo", explica Pía Figueroa, una de las humanistas más cercanas a Claro en esos años.
Su principal bandera era la no violencia. Se oponían a cualquier tipo de violencia, tanto la que ejercía el régimen militar como la de los grupos opositores. "Todo eso era inédito, requería coraje y una postura muy osada, porque no éramos una organización política", agrega Figueroa.
Todos esos principios cautivaron al nieto regalón de González Videla. Cuenta uno de sus amigos humanistas que "desde muy joven la propuesta de Silo resonó en Juan, sobre todo el mensaje de humanizar la Tierra y de buscar un mundo más justo, que todos tuviéramos las mismas oportunidades". No hay que olvidar que eran los años calientes de la guerra fría y la amenaza de la bomba estaba a la vuelta de la esquina, así que la lucha contra la bomba nuclear era otra de sus banderas.
Humanismo, no política
"Yo que doy de mis manos lo que puedo, que recibo la ofensa y el saludo fraterno, canto al corazón de que el abismo oscuro renace a la luz del ansiado sentido". Ésta es una de las meditaciones de Silo que Juan Claro internalizaba en sus años en la comunidad. Era parte de lo que se conoce como trabajos guiados, en que leía algún "texto inspirador" que cada uno iba internalizando y que les servía para guiarse a sí mismos. Es que una de sus máximas era que cualquier cambio en el mundo empezaba por uno mismo.
Muchas de estas acciones de desarrollo personal prácticas de relajación, meditaciones eran lideradas por el empresario, al igual que el trabajo con otras comunidades. Todas estas acciones las realizaban en las casas de los mismos humanistas, principalmente en el sector alto de Santiago, de donde provenía la mayoría de ellos, ya que este movimiento surgió en la elite y sólo más tarde se extendió a otros sectores. "Éramos un grupo grande y donde ingresábamos por invitación de amigos", precisa uno de los seguidores de Silo.
Antes de ser líder de los empresarios, Claro lo fue de los humanistas. Fue el presidente de la comunidad por un par de años, desde que en 1981 fue elegido por unanimidad entre todos los socios, y uno de sus logros fue conseguir la personalidad jurídica de la organización.
En 1983, sin embargo, algunos de los miembros del grupo, como Tomás Hirsch, Francisco Granella y Cristián Reitze, encargaron un estudio que sirvió de base para que el movimiento se incorporara a la política. En mayo de ese año se creó el Partido Humanista, pero a Claro no le gustó el cariz político que tomó el humanismo desde entonces y abandonó la comunidad al terminar el año. Le picaba más el bichito empresarial: al año siguiente se fue a Puerto Chacabuco a levantar una pesquera. "La decisión de formar un partido no coincidía con sus proyecto, pero su decisión de dejar de participar fue sin quiebres ni confrontación", asegura uno de sus cercanos.
El humanista Claro no tardó en darse vuelta la chaqueta y en 1984 se pasó, según sus seguidores, al lado oscuro de la fuerza, cuando Pinochet lo llamó para integrar la Comisión Económico Social, que presidieron Gustavo Cuevas Farren y Beltrán Urenda.
La pataleta empresarial
Dice Tomás Hirsch que Claro sigue siendo un humanista. De hecho, hace poco almorzaron juntos. "Juan se formó en el siloísmo y esos valores los mantiene porque son parte de su formación. En todo caso, siempre sus pares lo han visto como un espécimen raro, porque tiene un lenguaje diferente, una agenda orientada a la equidad social y es distinto a la mayoría de los empresarios del país", sostiene el ex candidato presidencial de Juntos Podemos.
No es el único que le tira flores a Claro. Desde la izquierda del espectro político hasta la extrema derecha, sólo hay halagos para el ex presidente de Emel. Hasta antes de aparecer en la arena mediática ningún empresario había despertado tantas simpatías como él. Se echó a medio Chile al bolsillo cuando, en su cargo de presidente de la Sofofa, promovió una serie de reformas reactivadoras que Ricardo Lagos hizo suyas bajo el nombre de la Agenda Pro Crecimiento.
Hasta antes de Claro, lo normal era que los líderes empresariales soltaran como si nada frases como ese célebre "Presidente, déjenos trabajar tranquilos", que Ricardo Ariztía le espetó a Lagos en una Enade. Por el contrario, como presidente de la CPC, Claro inauguró la era de colaboración y el entendimiento entre el Gobierno y el empresariado. Después de él vinieron Philippi, Sommerville y Ovalle. Desde entonces prefieren ser amigos en vez de enemigos.
Al interior de la Consejo de Equidad, Claro uno de los dos representantes del empresariado junto a su primo Felipe Lamarca, que también actuó como su padrino en la dirigencia empresarial también está asumiendo el rol de buscador de acuerdos. La subcomisión en la que está es la más conflictiva de las tres y la que menos consensos ha logrado. Pero en las últimas semanas el empresario se ha encargado de buscar puentes entre las propuestas de los integrantes más liberales y las de los más progresistas. Aunque aún no lo ha conseguido, le ha puesto empeño. Por algo la Presidenta Bachelet lo consideró entre el grupo de expertos.
En los ocho meses de trabajo ha liderado propuestas para terminar con la infinidad de razones sociales y para negociar el término de los rompehuelgas; eso sí, a cambio de mayor adaptabilidad, que es el eufemismo que han utilizado en la comisión para hablar de la flexibilidad laboral. "Él sabe que los reemplazantes en huelga son una ficción, por eso estuvo dispuesto a entregarlo desde un principio. Lo conozco y es un tipo serio. Sabe negociar muy bien", afirma uno de los integrantes de la subcomisión.
Otro de los expertos plantea que "si bien Juan tiene buenas intenciones, está apresado por el sector de donde viene. Tiene una mirada progresista respecto al mundo sindical, porque sabe que juega un rol importante en el país, pero al final se contradice cuando dice que a los sindicalistas hay que llevarlos de la mano". Tal vez por esta misma contradicción pasado humanista, presente capitalista ha sido extremadamente duro al discutir temas como la sindicalización y la negociación colectiva.
Reflejo de su alma más capitalista fue la pataleta que protagonizó en una de las sesiones de la comisión, cuando en medio de un intenso debate con los consejeros más progresistas disparó enfático: "Nos quieren quitar la libertad a los empresarios". Minutos más tarde repitió la queja. Uno de los testigos sostiene: "Me pareció insólito que lo hiciera. No necesita decir ese tipo de estupideces, porque es una persona cuerda. Pese a eso, sigue siendo un baluarte dentro de la comisión. Entiende razones justificadas y tiene una visión de país. Si fuera Presidente de Chile sería espectacular". LND